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Autor Tema: PPCC: Pisitófilos Creditófagos. Primavera 2024  (Leído 517048 veces)

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Re:PPCC: Pisitófilos Creditófagos. Primavera 2024
« Respuesta #2175 en: Mayo 26, 2024, 08:34:21 am »
https://www.pressreader.com/spain/expansion-nacional-sabado/20240525/page/60/textview

Inmigración: un alivio transitorio para las pensiones


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Re:PPCC: Pisitófilos Creditófagos. Primavera 2024
« Respuesta #2177 en: Mayo 26, 2024, 08:52:16 am »
https://www.pressreader.com/spain/Cinco-Dias/20240525/page/27/textview

Vivienda ultima un plan para monitorizar pisos turísticos


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Re:PPCC: Pisitófilos Creditófagos. Primavera 2024
« Respuesta #2180 en: Mayo 26, 2024, 09:16:22 am »

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Re:PPCC: Pisitófilos Creditófagos. Primavera 2024
« Respuesta #2181 en: Mayo 26, 2024, 09:40:00 am »
Citar
El declive demográfico de la humanidad
La fecundidad de la humanidad ha caído por debajo del nivel necesario para mantener la población constante en el largo plazo

Jesús Fernández-Villaverde · 2024.02.18

Niños juegan en el Parque del Retiro de Madrid. (EP/Alejandro Martínez Vélez)

2023 fue, muy probablemente, un año único en la historia de la humanidad. Por primera vez en nuestra existencia como especie, los seres humanos ya no nos reemplazamos. Es decir, la fecundidad de la humanidad ha caído por debajo del nivel necesario para mantener la población constante en el largo plazo. Fíjese, querido lector, que no me refiero a la fecundidad en las economías avanzadas, sino a la de todos los seres humanos, incluyendo África y el mundo musulmán, dos regiones donde la fecundidad todavía sigue siendo relativamente alta. El declive demográfico de la humanidad ha comenzado.

Este hito excepcional en nuestra historia colectiva requiere cierta explicación. La tasa de fecundidad (o fertilidad) en un año X en una población es el número medio de hijos que nacen de una mujer si esta vive hasta el final de su edad fértil y, en cada año fértil, da a luz según la fertilidad media de las mujeres de precisamente esa edad en el año X. De una manera más rápida y solo un poco imprecisa, una tasa de fecundidad de 2,5 en una población significa que esperamos que una mujer que pertenezca a esa población tenga 2,5 hijos de media.

La tasa de fecundidad es particularmente útil cuando la comparamos con la tasa de reemplazo de una población, es decir, con la cantidad de niños que tienen que nacer para mantener la población constante a lo largo del tiempo. Muchos lectores estarán familiarizados con la idea de que la tasa de reemplazo es 2,1. Esta es la cifra más manejada en los medios de comunicación e incluso en artículos de investigación. ¿Por qué 2,1? En una población que no practique abortos selectivos (esto es, que no se aborte más a las niñas que a los niños) nacen aproximadamente 105 niños por cada 100 niñas. En una economía avanzada con una esperanza de vida alta, unas 98 de esas 100 niñas sobreviven toda su edad fértil. Imaginemos un país A con 1.000 mujeres en edad fértil. Si estas 1.000 mujeres dan a luz a un total de 2.100 hijos (una tasa de fecundidad de 2,1), 1.076 serán niños y 1.024 niñas. De esas 1.024 niñas, 1.000 sobrevivirán su edad fértil y darán a luz, a su vez a 2.100 hijos, manteniendo el tamaño de la población constante a lo largo del tiempo.

El problema, claro, es que en mi cálculo he empleado dos hipótesis que son razonables para las economías occidentales, pero no para muchos otros países. Primero, que no se practiquen abortos selectivos. Tristemente este no es el caso en muchas partes de Asia (aunque la situación va remediándose). En China nacen 115 niños por cada 100 niñas. Por tanto, la tasa de reemplazo en China es aproximadamente 2,19, no 2,1. Segundo, muchas menos mujeres sobreviven a su edad fértil fuera de las economías avanzadas. En un país con alta mortalidad femenina, la tasa de reemplazo puede incluso llegar a ser 2,6 (y en siglos pasados hasta 4). Aunque no tenemos datos muy precisos sobre la razón de nacimientos niños/niñas o sobre la tasa de mortalidad entre las mujeres jóvenes en muchas partes de África y Asia, mis cálculos son que la tasa de reemplazo de la humanidad es aproximadamente 2,22.

Según los datos más recientes de las Naciones Unidas, la tasa de fecundidad de la humanidad en 2023 fue de 2,31. Sin embargo, los números de nacimientos de las Naciones Unidas están "inflados". Por ejemplo, para China, las Naciones Unidas predijeron 10,66 millones de nacimientos en 2023, cuando, según la Oficina Nacional de Estadística de China (el "INE" Chino), solo se produjeron 9,02 millones de nacimientos (y, casi seguro, la cifra real esté más cercana a 8,5 millones que a 9 millones, pues las autoridades provinciales de China tienen incentivos a exagerar el número de nacimientos). No es China el único caso. Comprobando uno a uno todos los países para los que he encontrado datos nacionales, los nacimientos que predice las Naciones Unidas son más altos por un factor significativo*. Ajustando la tasa de fecundidad mundial para que refleje unos datos de nacimientos más exactos, en 2023 habremos estado aproximadamente en 2,2. Es decir, por debajo de la tasa de reemplazo de 2,22. Como explicaba antes, esto no había pasado nunca, ni durante las guerras mundiales ni en epidemias masivas.

Pero entonces, ¿por qué sigue creciendo la población mundial? Por la inercia de las generaciones pasadas. Hay muchas mujeres a nivel mundial en edad fértil y, aunque de media no tengan suficientes hijas para reemplazarlas en la próxima generación, la población sigue creciendo durante unos años. Un ejemplo ilustra esta "inercia". Imagínese dos parejas: los Sánchez y los García. Los Sánchez tienen dos hijos y los García dos hijas. Y, por causalidad, los dos hijos Sánchez se casan con las dos hijas García. Las dos nuevas felices parejas solo tienen un hijo cada una. Como los abuelos todavía no se han muerto, la población Sánchez-García ha crecido de ocho (los cuatro abuelos y los cuatro hijos) a diez (los cuatro abuelos, los cuatro hijos y los dos nietos). Pero los Sánchez-García no se están reemplazando: cuando se mueran los abuelos, la población Sánchez-García bajará a seis. Bueno, pues eso es lo que está pasando en el planeta ahora mismo: los nietos ya han llegado, pero los abuelos, que son más que los nietos, siguen vivos. De manera más rigurosa: la tasa bruta de natalidad del planeta (los nacimientos que tenemos en un año) anda por el 16 por mil (16 nacimientos por cada 1.000 habitantes del planeta), pero la tasa bruta de mortalidad anda por el 7,5 por mil (7,5 defunciones por cada 1.000 habitantes del planeta), con un crecimiento de 8,5 por mil. La tasa bruta de natalidad irá reduciéndose de manera muy rápida en las próximas décadas, reflejando la caída de la tasa de fecundidad que ya se ha producido y la tasa bruta de mortalidad subirá a medida que la población envejezca, por mucho que avance la esperanza de vida (aunque vivamos 95 años de media en vez de 85, habrá tanta gente de 95 años que la mortalidad se disparará: en Japón la tasa bruta de mortalidad es el 12,7 por mil). Una extrapolación sencilla de la evolución de la tasa bruta de natalidad y mortalidad durante las últimas décadas nos dice que ambas tasas se cruzarán (y por tanto la población mundial caerá) en algún momento cerca de 2055.

 A mis lectores habituales no les sorprenderá esta predicción. Hace unos años publiqué en este medio una trilogía de artículos sobre el futuro demográfico de la humanidad (primer, segundo y tercer artículo) que fue bastante popular (y que invito a leer a los lectores que no las siguieron en su día). Estas últimas semanas he dado varias charlas y seminarios en universidades y bancos centrales sobre el futuro demográfico de la humanidad. Preparando estas charlas, he revisado mis trabajos sobre demografía y economía. Mi conclusión, que me ha llevado a escribir esta entrada, es que en 2021 me quedé "corto". Si en estos tres artículos enfatizaba los brutales cambios demográficos que se avecinaban e insistía en que estos cambios eran más rápidos de lo que nadie se pensaba, ha resultado que han sido incluso más acelerados de lo que yo pensaba en mis momentos más "radicales".

Pongo varios ejemplos. En la La 'regla del 85': el inusitado futuro demográfico de la humanidad mencionaba el caso de Corea del Sur como ejemplo de fecundidad extremadamente baja y explicaba que 2020 hubo 272.410 nacimientos (los números finales resultaron ser unos poquitos menos: 272.337). Pues en 2023 hubo 229.102 (número provisional, lo mismo cambia arriba o abajo un par de centenares). Es decir, que de 2020 a 2023 los nacimientos en Corea del Sur se han reducido un 16% adicional y la tasa de fecundidad ha pasado de 0,84 a 0,74 (sí, no es una errata: ¡0,74 hijos de media por mujer!). No solo sorprende esta continua caída, sino que no se ve efecto "rebote" alguno de los posibles embarazos retrasados por las restricciones asociadas al Covid entre 2020-2022.

Pero no es solo el caso de Corea del Sur. Mi segundo ejemplo era China. Mencionaba entonces que en 2020 hubo 10.050.000 nacimientos en el país y predecía: "es probable que las muertes en China superen a los nacimientos en 2023 o 2024". De nuevo, me quedé corto. Los nacimientos en 2020 fueron ajustados a la baja a 10.020.000, mientras que en 2023 fueron, como explicaba unos párrafos más arriba, 9.020.000; o sea, un millón menos, que ahí es nada. Por eso la población china ya se redujo en 2022 (un año antes de lo que yo esperaba) y seguirá reduciéndose sin parar durante décadas (por mucho que el gobierno esté ahora fomentando la natalidad).

En Iberoamérica, el gran gigante demográfico, Brasil, está en una tasa de fecundidad de 1,50. Enumerando los siguientes países por tamaño de su población: México anda por 1,90, Colombia por 1,52, Argentina por 1,30 y Perú por 1,90. Los casos más extremos son Cuba y Uruguay, donde las muertes ya superan los nacimientos. El invierno demográfico que se le avecina a Iberoamérica (que encima envía emigrantes al resto del mundo) es tremendo.

Llegado a este punto en todas y cada una de mis charlas (o artículos) alguien me comenta: "Sí, muy bien, ¿pero qué pasa con África/el mundo musulmán/Haití?" (bueno, lo de Haití solo me lo preguntan en charlas con audiencias de Iberoamérica).

Empecemos con el mundo musulmán, pues los datos para esta región son más fiables que para el resto de África y Haití. La fecundidad en esta región también está cayendo muy deprisa, mucho más de lo que yo vaticinaba en 2021. En mi artículo mencionaba el caso de Turquía, con sus 1.112.859 nacimientos y tasa de fecundidad de 1,76 en 2020. Bueno, pues Turquía ha tenido 934.215 nacimientos y una tasa de fecundidad de 1,51 en 2023, una reducción de 0,25 en solo tres años. A esta velocidad, Turquía va a tener los niveles de fecundidad de España o Italia antes de 2030 y empezará a perder población alrededor de 2035. De hecho, si uno multiplica el número de nacimientos en Turquía en 2023 por 85 (la esperanza de vida en los países más avanzados), ya nos sale que Turquía está por debajo del nivel de nacimientos necesario para mantener su población actual.

¿Es Turquía una excepción en el mundo musulmán? No: solo va unos pocos años por delante de la región. La tasa de fecundidad en Irán está en 1,70 y en Túnez en 1,50. Incluso en países con tasas de fecundidad más altas, como Egipto, esta tasa ha caído del 3,5 en 2014 al 2,58 en 2023, una reducción de casi un hijo por mujer en solo una década. A la velocidad actual, la tasa de fecundidad en Egipto caerá por debajo de la tasa de reemplazo en 2027, prácticamente mañana desde el punto de vista demográfico. En el caso de Indonesia, donde no tenemos datos fiables, una economista del Banco Mundial experta en este país me comentaba hace unos días que se estaban cerrando muchísimos colegios de educación primaria porque ya no hay suficientes alumnos.

Hay más dudas para África (y Haití) porque los datos de nacimientos en estos países son de muy mala calidad. Pero todo lo que observamos es que la fecundidad también está cayendo muy deprisa y que de hecho puede ser ya bastante más baja de lo que estiman las Naciones Unidas. Por ejemplo, en Kenia, donde hay una encuesta de hogares relativamente fiable, la tasa de fecundidad ha caído de 4,8 hijos en 2009 a 3,4 hijos en 2019, con áreas como la zona metropolitana de Nairobi ya por debajo de 2,1 en 2023. De nuevo, extrapolando el pasado, y dado lo que hemos visto en otros países, Kenia puede estar por debajo de la tasa de reemplazo para 2035 (y no descartaría que incluso antes).

En todo caso, no necesitamos que la tasa de fecundidad en África caiga de manera dramática para que la población mundial decrezca a partir de 2055: con cientos de millones de personas muriendo en Asia durante las próximas décadas, los nacimientos en África no serán suficientes para compensar estas defunciones y la población total caerá.

¿Y Haití? Pues los datos de nacimientos son de una fiabilidad ínfima, pero dado lo que observamos en otras estadísticas (como número de estudiantes en los colegios), deben de andar por una tasa de fecundidad de 2,6, una tasa alta pero no muy encima de la de reemplazo, dado su alto nivel de mortalidad entre las mujeres jóvenes. Con todo, con 11,5 millones de habitantes, no se trata de una población que marque la diferencia, ni siquiera en el contexto de Iberoamérica.

No voy hoy a analizar todas las consecuencias de esta caída de la fecundidad mundial. En mi trilogía anterior ya enumeré muchas de ellas, desde las positivas (menor presión en los recursos naturales) a las negativas (problemas de sostenibilidad de la deuda pública). Hoy quería resaltar, en cambio, una idea muy sencilla pero absolutamente clave: la necesidad de empezar a pensar de una manera diferente sobre las medidas correctas de crecimiento económico.

En un trabajo reciente de investigación, La Riqueza de las Naciones (Trabajadoras), Gustavo Ventura, Wen Yao y yo argumentamos que las cifras que empleamos habitualmente para discutir el crecimiento económico, como el crecimiento del PIB o el crecimiento del PIB per cápita, son cada vez más engañosas. El motivo es sencillo. La caída de la fecundidad y el subsiguiente envejecimiento implica que la razón entre la población en edad de trabajar y la población total se reduce. Lo que esto significa es que podemos tener una situación donde, mientras el PIB por adulto en edad de trabajar sigue creciendo con fuerza, el PIB per cápita o total no lo hace.

De nuevo un simple ejemplo clarifica esta idea. Imaginémonos un país con cuatro personas: tres trabajadores y un jubilado. Cada trabajador produce 100 unidades de bienes y servicios. El PIB total es 300 y el PIB per cápita 75. De repente, al envejecer la población, uno de los tres trabajadores se jubila y los dos trabajadores restantes incrementan su producción a 150. El PIB total sigue siendo 300 y el PIB per cápita 75, lo que parece sugerir estancamiento económico cuando, en realidad, este país lo está haciendo francamente bien: su productividad ha crecido un 50%.

El caso paradigmático de cuán engañosa se ha vuelto la noción de crecimiento del producto per cápita es el de Japón. Entre 1990 y 2019, el PIB de Japón creció a un ritmo anual del 0,93%, muy por debajo del 2,49% de Estados Unidos. Este comportamiento aparentemente decepcionante ha motivado ríos de tinta analizando los orígenes del deslucido crecimiento de Japón y proponiendo mil remedios diferentes.** La realidad es que todos los libros y artículos de investigación al respecto han sido una enorme pérdida de tiempo.

Si analizamos el PIB por adulto en edad de trabajar desde 1990 a 2019, Japón ha crecido a un ritmo anual del 1,44%, mientras que Estados Unidos ha crecido a un ritmo muy similar del 1,56%. Lo que es aún más sorprendente, si nos centramos en el período 2008-2019 (es decir, después del estallido de la crisis financiera), Japón tiene la tasa de crecimiento más alta en términos de adulto en edad de trabajar entre los países del G7 más España.*** No hay nada particularmente misterioso en el crecimiento del PIB total de Japón: es una mera consecuencia de una caída anual en la población en edad de trabajar de alrededor del 0,5%. Es más, personalmente creo que, dado el invierno demográfico que vive, Japón ha funcionado realmente bien durante los últimos 25 años. Más que un ejemplo de todo lo que hay que evitar en política económica, Japón es probablemente un ejemplo de cómo digerir la caída de la fecundidad de la manera más exitosa posible.****

En nuestro estudio también documentamos cómo la inmigración no parece ser la solución de casi nada. Países como Canadá o España, que han traído muchos inmigrantes desde 1990, han crecido menos que Japón en términos de PIB por adulto en edad de trabajar. Simplemente, hay más trabajadores en Canadá y España, con lo cual el PIB total crece más, pero el PIB por adulto en edad de trabajar no crece más.

Me responderá alguno: ¿no ayudan los inmigrantes a la sostenibilidad de las cuentas públicas? Pues no. Vivimos en un estado del bienestar. Los estados del bienestar se basan en que el 10% de la población de más renta transfiere renta al 60% de menor (los que están entre el 61% y el 90% se quedan más o menos igual), bien directamente con transferencias o indirectamente con servicios públicos. Cada inmigrante que llega a una economía avanzada y se coloca en el 60% de menor renta (es decir, casi todos excepto los de muy alto nivel de capital humano) tiene un valor añadido negativo para el estado del bienestar. Sí, los inmigrantes te generan flujo de caja positivo hoy para la seguridad social (pagan cotizaciones), pero en el futuro hay que pagarles una pensión y una sanidad pública. En Dinamarca lo han contabilizado con detalle y, efectivamente, traer inmigrantes les sale a perder.

Decidir cuál es la política de inmigración adecuada para un país es un tema muy complejo en el que entran juego factores que no solo son económicos (yo mismo soy un inmigrante en Estados Unidos), pero la idea de traer inmigrantes para solucionar la sostenibilidad del estado del bienestar es hacer un pan como unas tortas. De nuevo, los japoneses, a pesar de los millones de artículos en la prensa occidental criticándoles por no permitir inmigrantes, lo han entendido mucho mejor que nosotros. Otra posibilidad, claro, es una política de fomentar la natalidad, pero, de nuevo, en esta política entran muchísimas consideraciones que hoy quiero dejar de lado.

Termino aquí. La transformación demográfica de la humanidad que estamos experimentando es sencillamente inusitada. Nunca habíamos caído por debajo de la tasa de reemplazo como especie: hemos empezado un declive demográfico como especie que nunca habíamos visto. ¿Qué consecuencias traerá esta caída en 10, 50 o 100 años? ¿Qué pasará con Corea del Sur? ¿Desaparecerá como nación?¿Se revertirá la caída de la fecundidad? ¿Se quedarán mis predicciones desfasadas en solo unos años como han quedado tantas otras predicciones demográficas? El tiempo nos dirá.

Finalmente, una pequeña nota: intentaré volver en mi siguiente entrada en Marzo a la serie de la economía de la inteligencia artificial. El interés que despertaron mis charlas durante las últimas semanas (este artículo es un resumen menos técnico de las mismas) me ha sugerido compartir estas ideas hoy.



* Mi hipótesis es que los números de nacimientos de las Naciones Unidas están "inflados" por dos motivos. Primero, porque la fertilidad está cayendo más deprisa de lo que nadie se esperaba, lo que deja las predicciones atrás. De hecho, las Naciones Unidas las van ajustando a la baja con cada nuevo informe que publica. Seguro que cuando salga la nueva predicción de las Naciones Unidas este verano, el crecimiento de la población predicho será mucho menor que el que se anunció en la última predicción de 2022. Segundo, porque las Naciones Unidas se ha pasado 70 años hablando de la "explosión" de la población y plegar velas ahora es complejo para su credibilidad.

** Paramos nuestro análisis en 2019 para evitar contaminar los datos con los efectos del Covid y poder contar con cifras finales, no provisionales, de PIB y población. Si uno añade los datos provisionales de 2020-2023, no cambia prácticamente nada.

*** En nuestro artículo discutimos en detalle cómo considerar los efectos del retraso de la edad de jubilación en estas cifras (en Japón trabaja mucha gente mayor de 65 años, en España muy poca). Me salto los detalles, pero básicamente nada de importancia cambia en nuestro análisis. De hecho, Japón lo está haciendo incluso mejor que el resto de los países del G7 una vez que uno considera estos factores adicionales.

**** El caso de Japón no dice también que la creencia que los avances tecnológicos solucionarán todos los problemas demográficos se enfrenta con la dureza de los datos. Como explicaba en otro artículo, la productividad del trabajo ha crecido en las economías punteras en los mejores momentos de su historia al 1,9% anual (otra cosa distinta es cuando las economías están en proceso de desarrollo, "convergiendo" hacia la frontera tecnológica mundial). Con una población en edad de trabajar cayendo al 1,0% o 1,5%, es prácticamente imposible que el PIB crezca a más del 1% anual, por muchas veces que uno repita "inteligencia artificial". Es pura contabilidad.
Saludos.

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Re:PPCC: Pisitófilos Creditófagos. Primavera 2024
« Respuesta #2182 en: Mayo 26, 2024, 11:09:57 am »
Para mi lo estúpido es no dar la posibilidad que sea una mezcla entre lo humano y lo natural. Es decir, ¿8000 millones de personas arramplando con todos los recursos naturales, contaminación de todo tipo vertida al medio y miles de millones de máquinas, no han contribuido en nada a que el clima cambie?. Pregunto.




Así es, y tan estúpidos como los que lo achacan al factor antropogénico :biggrin:
Banalidad del mal es un concepto acuñado por la filósofa alemana H. Arendt para describir cómo un sistema de poder político puede trivializar el exterminio de seres humanos cuando se realiza como un procedimiento burocrático ejecutado por funcionarios incapaces de pensar en las consecuencias éticas.

sudden and sharp

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Re:PPCC: Pisitófilos Creditófagos. Primavera 2024
« Respuesta #2183 en: Mayo 26, 2024, 11:23:57 am »
"Afirmaciones extraordinarias requieren pruebas extraordinarias."




VAMIS A MORIR... TODOS. Vale, pero empieza a argumentar o probar, y muy bien. No nos vale la votación de un conjunto de hexpertos.

Que lo prueben. (Y mientras tanto se pueden tomar las medidas que se acuerden razonables... sin histéricos.)

R.G.C.I.M.

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Re:PPCC: Pisitófilos Creditófagos. Primavera 2024
« Respuesta #2184 en: Mayo 26, 2024, 11:26:12 am »
VAMOS A MORIR TODOS!!!!

Me encanta.  😁
Era lo último que iba quedando de un pasado cuyo aniquilamiento no se consumaba, porque seguía aniquilándose indefinidamente, consumiéndose dentro de sí mismo, acabándose a cada minuto pero sin acabar de acabarse jamás.

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Re:PPCC: Pisitófilos Creditófagos. Primavera 2024
« Respuesta #2185 en: Mayo 26, 2024, 11:27:04 am »
"Afirmaciones extraordinarias requieren pruebas extraordinarias."




VAMIS A MORIR... TODOS. Vale, pero empieza a argumentar o probar, y muy bien. No nos vale la votación de un conjunto de hexpertos.

Que lo prueben. (Y mientras tanto se pueden tomar las medidas que se acuerden razonables... sin histéricos.)

Fuck Man!!!
Sinchronicity!!!!!!!
Wow!
Era lo último que iba quedando de un pasado cuyo aniquilamiento no se consumaba, porque seguía aniquilándose indefinidamente, consumiéndose dentro de sí mismo, acabándose a cada minuto pero sin acabar de acabarse jamás.

senslev

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Re:PPCC: Pisitófilos Creditófagos. Primavera 2024
« Respuesta #2186 en: Mayo 26, 2024, 11:32:17 am »
https://surplusenergyeconomics.wordpress.com/2024/05/07/277-at-the-limits-of-monetary-possibility/

Citar
#277: At the limits of monetary possibility
Posted on May 7, 2024
HOW DOES THIS END?

On two occasions in modern times, central banks have found themselves obligated to pour huge amounts of newly-created money into the system. The first instance was the global financial crisis of 2008-09, and the second was the coronavirus pandemic of 2020-21.

Neither of these events was anticipated, though the first one certainly should have been. You would have to be very brave indeed to bet against another out-of-the-blue shock forcing central bankers back into flooding the economy with liquidity.

In fact, the very structure of the financial system makes a future shock inescapable. Over the past twenty years, and depending on the definitions used, each dollar of growth in the global economy has been accompanied by between $3 and $8 of newly-created financial liabilities.

Simply stated, the financial system has been allowed to grow far more rapidly than the underlying economy itself, and this creates a wholly unsustainable set of trends which will lead to a drastic reset of the relationship between the economy and the financial system.

This has happened because we’ve been trying to counter, whilst at the same time denying, structural deterioration in the global economy.  Driven by the depletion of oil, natural gas and coal resources, the material costs of energy have been rising relentlessly, and, contrary to widespread assurances, renewables cannot provide a new source of abundant low-cost energy to the economy.

In essence, we’ve been trying to overcome material economic deceleration with monetary stimulus, a technique that cannot work, but for which no alternative exists.

As you may know, we have a limitless capability for the creation of money, but the banking system can’t lend energy or other natural resources into existence, and central banks cannot conjure them out of the ether.

Building the next crisis

The main driver of super-rapid monetary expansion hasn’t been central bank money-creation. Rather, the central banks have acted as the last line of defence when credit excess, generated elsewhere, has threatened to fracture the system.

Not later than 2007, the global credit mountain had reached a scale at which it could no longer be serviced at normal rates of interest. The purpose of subsequent rate-slashing, reinforced by QE, was to prevent the servicing of this credit mountain from becoming completely unaffordable.

But making credit cheap to service also means making it cheap to obtain. We need, but have yet to find, new tools for managing the supply of credit to the economy in ways that do not exacerbate systemic risk.

As the world’s stock of credit has grown, the system has simultaneously become both more complex and more dangerously inter-connected.

In the modern economy, in which most money is loaned into existence, each unit of money is tied to a corresponding obligation. Accordingly, whenever we try to use credit expansion to stimulate the flow of activity in the economy, we simultaneously add to the stock of financial commitments.

Meanwhile, tightening the regulation of conventional banks has pushed ever more of the process of credit expansion into the unregulated, and higher-risk, “shadow banking” (NBFI) system, where even quantitative data is neither complete nor timely.

The next financial crisis is likely to originate in some esoteric part of the system that most members of the public have never even heard of. When this happens, the current policy of countering inflation by raising rates, and reversing QE into QT, will, by force of necessity, have to be thrown into reverse.

We’ve always known that the unanchored fiat money system creates a temptation for the authorities to resort to excess money-creation, thereby undermining the purchasing power of money.

Less thought seems to have been devoted to the possibility, which has now become a probability, of them being compelled to expand the stock of money by failure somewhere within the top-heavy, super-complex, dangerously interconnected and excessively-stressed financial system itself.

Hitting the panic-button

Both the 2008-09 and the 2020-21 interventions were inflationary, as the creation of new central bank money always is. The difference, though, was the point at which this inflation showed up.

During and after the GFC, the inflationary effects of QE were largely confined to capital markets, creating the “everything bubble” in asset prices. During the pandemic, however, newly-created money was channelled, via enormous government deficits, into the broader economy of households and businesses.

By convention, soaring asset prices aren’t included in headline definitions of inflation, and it was only when QE largesse was redirected to households that measured consumer price inflation took off. This taught everyone something that many had understood all along, which is that, notwithstanding routine assurances to the contrary, central bank money creation is inherently inflationary.

Our attitudes to these differing forms of inflation are inconsistent. When asset prices soar, the (generally older) owners of assets rejoice at the increase in their paper wealth, whilst scant attention is paid to the plight of younger people, whose aspirations to acquire homes and other assets get priced ever further out of their reach.

When consumer price inflation takes off, on the other hand, households experience hardship, voters get angry, and officialdom sits up and takes notice.

This is why, since 2021, most central banks – with the noteworthy exception of the Bank of Japan – have adopted counter-inflationary, restrictive monetary policies, implemented by raising policy interest rates, and by reversing QE into QT.

This plan hasn’t yet faced a serious challenge. The collapse of SVB was a minor event, whilst the Truss-Kwarteng mini-budget was just a little local idiocy – but both set the hands of central bankers quivering over the QE-button.

In one sense, though, the Truss-Kwarteng fiasco was instructive – the Bank of England wasn’t forced to intervene by a falling currency alone, or by surging gilts yields, but by the implications for another part of the system, which, in this instance, was pension funds made vulnerable by the use of LDI (liabilities-driven investment), with its dependency on gilts prices as collateral. We could call this a ‘second-hand’, ‘second-order’ or unintended consequences type of risk.

This is a prime example of complexity risk in the sprawling, interconnected system of global credit.

The theory of restrictive monetary policy is that inflation can be brought back under control by cooling the rate of borrowing. One of the attendant risks is that raising the cost of capital could trigger a market crash by puncturing the “everything bubble”, which was created through the provision of vast amounts of recklessly cheap capital. Another is that these policies might simply fail to bring headline inflation under control.

What we are waiting for – whether we acknowledge this or not – is the next really big test of central bankers’ resolve. We don’t, and probably can’t, know exactly where this will come from – but we do know that it will.

Found in translation

Through these various gyrations, monetary policy has become the only game in town. Where investors, analysts and commentators once concentrated on a host of issues as diverse as OPEC oil price intentions, political or geopolitical stresses, trade balances or the direction of economic activity, the debate has shifted to the new centre-ground of interest rate forecasting.

This, as Ann Pettifor has said, “is tricky terrain for economists, because – remarkably enough – they are not routinely trained in the theory of money and banking. You can get through an economics degree, even an economics career, without pausing to think seriously about either”.

“To understand how grave an intellectual vacuum this leaves”, she continued, “imagine the chaos if physicists working on space projects had not been trained in the theory of gravity – a concept that is fundamental to physics in the way that money is fundamental to the economy”.

This isn’t territory onto which any non-specialist should lightly venture. But Surplus Energy Economics uses a concept which we can claim to be unique, and which can add value to the debate.

This is the concept of two economies. Instead of referencing “the” economy, and interpreting it entirely in monetary terms, we recognise that the “financial economy” of money, transactions and credit exists in parallel with the “real economy” of material products and services.

This understanding enables us to recognize that inflation, and numerous other economic processes, are functions of changes in the relationship between the monetary and the material economies.

From this perspective, we can define prices as “the monetary values ascribed to material products and services”. We can go on to state that “money has no intrinsic worth, but commands value only as an exercisable claim on the output of the “real” or material economy”.

Effective interpretation, then, requires the conjoined analysis of the monetary and the material.

Each of these two economies has its own identifiable processes. The real economy operates by using energy to convert raw materials into products. (This definition also embraces services, because no service can be provided without physical artefacts, and there is no such thing as an ‘immaterial economy’).

The critical processes in the financial economy are the creation, deployment and elimination of money as credit, and the interplay between the flow and stock of money in the system.

We need to be aware that the monetary and the material economies have an in-built tendency towards equilibrium, because the value of money exists only as a claim on the material. If, put at its very simplest, we double the flow of money in the system, but are unable to increase the size of the material economy, then the rate of exchange between the two must halve, to bring them back into balance.

In short, if we create excess claims in the system, these excesses must be eliminated in a process that can be thought of as value destruction. This occurs either through formal default or through the informal or soft default of monetary devaluation through inflation.

The dynamics of self-delusion

What, then, has actually been happening to the “two economies” in the comparatively recent past?

The answer, simply stated, is in three parts.

First, material prosperity has carried on growing, though the rate of increase has slowed to a microscopically small amount.

Second, the flow of monetary activity measured as GDP has grown at a higher and seemingly-satisfactory rate.

Third, though, the stock of financial commitments – the aggregate of debts and quasi-debts – has soared, drastically out-pacing the economy itself.

We can quantify these trends, with all data used here stated at constant 2023 values, in dollars converted from other currencies at market exchange rates.

Since 2002, global debt has increased by $143tn, or 130%. But broader financial assets – which are the liabilities of the government, household and private non-financial corporate (PNFC) sectors of the economy – have grown by about 150%, or $360tn, over that same period.

This latter number can only be an estimate, because some jurisdictions choose not to report financial assets data to the Financial Stability Board. The FSB is a monitoring organisation, not a regulatory one. The estimates cited here are likely to be understatements because, whilst most sizeable economies are included in the FSB data series which start in 2002, only two of the world’s specialised, hugely-leveraged financial centres – Luxembourg and the Cayman Islands – supply data to the FSB.

Over that same period, global real GDP expanded by $45tn, or 74%. This means that each dollar of reported growth between 2002 and 2023 was accompanied by $3.20 of net new debt, or by about $8 of net new broad financial assets.

The resulting trajectories are unsustainable, as the accompanying charts illustrate – debt is fast out-pacing GDP, broader liabilities are in turn out-growing both debt and GDP, whilst material prosperity is far adrift even of financial flow, let alone of monetary stock,



Moreover, the stock and flow data series aren’t really discrete, since credit expansion results in an increase in the aggregate of financial transactions which are measured as GDP.

Put another way, we are lending money into existence, and then counting the spending of that newly-created credit as “activity” for the purposes of measuring the size of the economy, whilst ignoring questions about the servicing or repayment of debt.

On this basis, we’re entitled to conclude that we’ve been manufacturing “growth” through the breakneck expansion of credit, and that this “growth” could only be regarded as genuine if we assumed that debt and broader liabilities need never to be honoured.

If it takes somewhere between $3 and $8 of new debt or quasi-debt to generate a dollar of GDP growth, paying off debt incurred in the present from growth generated in the future is a mathematical impossibility.

An example here is the United States which, during 2023, generated reported real growth of $675bn on the back of a $2.4tn fiscal deficit.

America, of course, is in a privileged position, able to borrow readily from other countries because of the reserve status of the dollar, and the use of USD in energy and other critically-important commodity markets.

Even the US, though, can hardly carry on adding government debt at a rate of $1 trillion every hundred days before the markets, and the public, start to ask hard questions about the real character of economic “growth”, and recognise that – whether in America or elsewhere – our growing mountains of debt and quasi-debt can never be honoured ‘for value’ from the proceeds of “growth”.

To tie these various numbers to underlying reality, SEEDS calculates that global material economic prosperity increased by less than 8% between 2002 and 2023, a period in which aggregate liabilities expanded by close to 170%, and non-government liabilities by an estimated 180%.

These numbers look a bit better in PPP- rather than market-converted terms, because the purchasing-power parity FX convention attaches proportionately greater weight to economies such as China, India and Russia.

But the fact remains that credit expansion is driving reported growth at rates which, whilst they far exceed underlying material reality, can never catch up with the rates at which debt and quasi-debt are growing. SEEDS undertakes these calculations by backing out the inflationary credit-effect element in GDP growth, and deducting the all-important Energy Cost of Energy, or ECoE, from the resulting calculation of underlying or ‘clean’ economic output.

We could, at some later date, explore the process of credit creation within the regulated banking and the unregulated “shadow banking” (NBFI) sectors. But it suffices, for now, to know that we have long been fabricating economic “growth” by allowing the stock of credit, and therefore of money, to drastically out-grow any meaningful measure of the flow of value within the economy.

Together, the scale and complexity of the bloated credit system mean that – probably at some esoterically-technical level – something is going to break, forcing the central banks into trying to prop up the system by flooding the economy with money.

But we can’t “print” our way to monetary stability, any more than we can borrow our way to prosperity.

This, unfortunately, is going to have to be learned the hard way.
Banalidad del mal es un concepto acuñado por la filósofa alemana H. Arendt para describir cómo un sistema de poder político puede trivializar el exterminio de seres humanos cuando se realiza como un procedimiento burocrático ejecutado por funcionarios incapaces de pensar en las consecuencias éticas.

senslev

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Re:PPCC: Pisitófilos Creditófagos. Primavera 2024
« Respuesta #2187 en: Mayo 26, 2024, 11:55:10 am »
Ya he puesto diversas fuentes que tratan sobre el cambio climático. Las vuelvo a poner. Los datos, la interpretación de los datos y la honradez de quien los interpreta, asumiendo el conocimiento correspondiente, ya no es mi problema.

Esto es como la inflación, según ppcc no hay inflación o es inflación falsa, bueno, pues mi percepción es otra. ¿Hace más calor que antes y el clima ha cambiado?, sí, esa es mi percepción, ¿comparándolo con qué?, pues con el tiempo que llevo vivo básicamente.

https://www.rankia.com/blog/game-over

Ejemplo de la AMOC:

https://www.rankia.com/blog/game-over/6253442-manipulacion-mediante-mala-ciencia-ficcion-climatica

https://www.youtube.com/@thegreatsimplification/featured

https://dothemath.ucsd.edu/

https://escholarship.org/uc/energy_ambitions
« última modificación: Mayo 26, 2024, 13:13:30 pm por senslev »
Banalidad del mal es un concepto acuñado por la filósofa alemana H. Arendt para describir cómo un sistema de poder político puede trivializar el exterminio de seres humanos cuando se realiza como un procedimiento burocrático ejecutado por funcionarios incapaces de pensar en las consecuencias éticas.

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Re:PPCC: Pisitófilos Creditófagos. Primavera 2024
« Respuesta #2188 en: Mayo 26, 2024, 12:15:04 pm »
Claro, senslev... pero es que el problema es otro.



Quieren certidumbre. ¿Para qué? Para posicionarse en Bolsa. Tú futuro, tu bienestar les importa un carajo. Quieren imponer algo, y les da igual qué... Sólo quieren apostar a caballo ganador.

Entonces: Bolsa, ni tocar. Medidas consensuadas y razonables. Ciencia, toda la que se pueda. Paciencia. (Y barajar, je, je.)

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Re:PPCC: Pisitófilos Creditófagos. Primavera 2024
« Respuesta #2189 en: Mayo 26, 2024, 12:21:11 pm »
Citar
El declive demográfico de la humanidad
La fecundidad de la humanidad ha caído por debajo del nivel necesario para mantener la población constante en el largo plazo

Jesús Fernández-Villaverde · 2024.02.18

Niños juegan en el Parque del Retiro de Madrid. (EP/Alejandro Martínez Vélez)

2023 fue, muy probablemente, un año único en la historia de la humanidad. Por primera vez en nuestra existencia como especie, los seres humanos ya no nos reemplazamos. Es decir, la fecundidad de la humanidad ha caído por debajo del nivel necesario para mantener la población constante en el largo plazo. Fíjese, querido lector, que no me refiero a la fecundidad en las economías avanzadas, sino a la de todos los seres humanos, incluyendo África y el mundo musulmán, dos regiones donde la fecundidad todavía sigue siendo relativamente alta. El declive demográfico de la humanidad ha comenzado.

Este hito excepcional en nuestra historia colectiva requiere cierta explicación. La tasa de fecundidad (o fertilidad) en un año X en una población es el número medio de hijos que nacen de una mujer si esta vive hasta el final de su edad fértil y, en cada año fértil, da a luz según la fertilidad media de las mujeres de precisamente esa edad en el año X. De una manera más rápida y solo un poco imprecisa, una tasa de fecundidad de 2,5 en una población significa que esperamos que una mujer que pertenezca a esa población tenga 2,5 hijos de media.

La tasa de fecundidad es particularmente útil cuando la comparamos con la tasa de reemplazo de una población, es decir, con la cantidad de niños que tienen que nacer para mantener la población constante a lo largo del tiempo. Muchos lectores estarán familiarizados con la idea de que la tasa de reemplazo es 2,1. Esta es la cifra más manejada en los medios de comunicación e incluso en artículos de investigación. ¿Por qué 2,1? En una población que no practique abortos selectivos (esto es, que no se aborte más a las niñas que a los niños) nacen aproximadamente 105 niños por cada 100 niñas. En una economía avanzada con una esperanza de vida alta, unas 98 de esas 100 niñas sobreviven toda su edad fértil. Imaginemos un país A con 1.000 mujeres en edad fértil. Si estas 1.000 mujeres dan a luz a un total de 2.100 hijos (una tasa de fecundidad de 2,1), 1.076 serán niños y 1.024 niñas. De esas 1.024 niñas, 1.000 sobrevivirán su edad fértil y darán a luz, a su vez a 2.100 hijos, manteniendo el tamaño de la población constante a lo largo del tiempo.

El problema, claro, es que en mi cálculo he empleado dos hipótesis que son razonables para las economías occidentales, pero no para muchos otros países. Primero, que no se practiquen abortos selectivos. Tristemente este no es el caso en muchas partes de Asia (aunque la situación va remediándose). En China nacen 115 niños por cada 100 niñas. Por tanto, la tasa de reemplazo en China es aproximadamente 2,19, no 2,1. Segundo, muchas menos mujeres sobreviven a su edad fértil fuera de las economías avanzadas. En un país con alta mortalidad femenina, la tasa de reemplazo puede incluso llegar a ser 2,6 (y en siglos pasados hasta 4). Aunque no tenemos datos muy precisos sobre la razón de nacimientos niños/niñas o sobre la tasa de mortalidad entre las mujeres jóvenes en muchas partes de África y Asia, mis cálculos son que la tasa de reemplazo de la humanidad es aproximadamente 2,22.

Según los datos más recientes de las Naciones Unidas, la tasa de fecundidad de la humanidad en 2023 fue de 2,31. Sin embargo, los números de nacimientos de las Naciones Unidas están "inflados". Por ejemplo, para China, las Naciones Unidas predijeron 10,66 millones de nacimientos en 2023, cuando, según la Oficina Nacional de Estadística de China (el "INE" Chino), solo se produjeron 9,02 millones de nacimientos (y, casi seguro, la cifra real esté más cercana a 8,5 millones que a 9 millones, pues las autoridades provinciales de China tienen incentivos a exagerar el número de nacimientos). No es China el único caso. Comprobando uno a uno todos los países para los que he encontrado datos nacionales, los nacimientos que predice las Naciones Unidas son más altos por un factor significativo*. Ajustando la tasa de fecundidad mundial para que refleje unos datos de nacimientos más exactos, en 2023 habremos estado aproximadamente en 2,2. Es decir, por debajo de la tasa de reemplazo de 2,22. Como explicaba antes, esto no había pasado nunca, ni durante las guerras mundiales ni en epidemias masivas.

Pero entonces, ¿por qué sigue creciendo la población mundial? Por la inercia de las generaciones pasadas. Hay muchas mujeres a nivel mundial en edad fértil y, aunque de media no tengan suficientes hijas para reemplazarlas en la próxima generación, la población sigue creciendo durante unos años. Un ejemplo ilustra esta "inercia". Imagínese dos parejas: los Sánchez y los García. Los Sánchez tienen dos hijos y los García dos hijas. Y, por causalidad, los dos hijos Sánchez se casan con las dos hijas García. Las dos nuevas felices parejas solo tienen un hijo cada una. Como los abuelos todavía no se han muerto, la población Sánchez-García ha crecido de ocho (los cuatro abuelos y los cuatro hijos) a diez (los cuatro abuelos, los cuatro hijos y los dos nietos). Pero los Sánchez-García no se están reemplazando: cuando se mueran los abuelos, la población Sánchez-García bajará a seis. Bueno, pues eso es lo que está pasando en el planeta ahora mismo: los nietos ya han llegado, pero los abuelos, que son más que los nietos, siguen vivos. De manera más rigurosa: la tasa bruta de natalidad del planeta (los nacimientos que tenemos en un año) anda por el 16 por mil (16 nacimientos por cada 1.000 habitantes del planeta), pero la tasa bruta de mortalidad anda por el 7,5 por mil (7,5 defunciones por cada 1.000 habitantes del planeta), con un crecimiento de 8,5 por mil. La tasa bruta de natalidad irá reduciéndose de manera muy rápida en las próximas décadas, reflejando la caída de la tasa de fecundidad que ya se ha producido y la tasa bruta de mortalidad subirá a medida que la población envejezca, por mucho que avance la esperanza de vida (aunque vivamos 95 años de media en vez de 85, habrá tanta gente de 95 años que la mortalidad se disparará: en Japón la tasa bruta de mortalidad es el 12,7 por mil). Una extrapolación sencilla de la evolución de la tasa bruta de natalidad y mortalidad durante las últimas décadas nos dice que ambas tasas se cruzarán (y por tanto la población mundial caerá) en algún momento cerca de 2055.

 A mis lectores habituales no les sorprenderá esta predicción. Hace unos años publiqué en este medio una trilogía de artículos sobre el futuro demográfico de la humanidad (primer, segundo y tercer artículo) que fue bastante popular (y que invito a leer a los lectores que no las siguieron en su día). Estas últimas semanas he dado varias charlas y seminarios en universidades y bancos centrales sobre el futuro demográfico de la humanidad. Preparando estas charlas, he revisado mis trabajos sobre demografía y economía. Mi conclusión, que me ha llevado a escribir esta entrada, es que en 2021 me quedé "corto". Si en estos tres artículos enfatizaba los brutales cambios demográficos que se avecinaban e insistía en que estos cambios eran más rápidos de lo que nadie se pensaba, ha resultado que han sido incluso más acelerados de lo que yo pensaba en mis momentos más "radicales".

Pongo varios ejemplos. En la La 'regla del 85': el inusitado futuro demográfico de la humanidad mencionaba el caso de Corea del Sur como ejemplo de fecundidad extremadamente baja y explicaba que 2020 hubo 272.410 nacimientos (los números finales resultaron ser unos poquitos menos: 272.337). Pues en 2023 hubo 229.102 (número provisional, lo mismo cambia arriba o abajo un par de centenares). Es decir, que de 2020 a 2023 los nacimientos en Corea del Sur se han reducido un 16% adicional y la tasa de fecundidad ha pasado de 0,84 a 0,74 (sí, no es una errata: ¡0,74 hijos de media por mujer!). No solo sorprende esta continua caída, sino que no se ve efecto "rebote" alguno de los posibles embarazos retrasados por las restricciones asociadas al Covid entre 2020-2022.

Pero no es solo el caso de Corea del Sur. Mi segundo ejemplo era China. Mencionaba entonces que en 2020 hubo 10.050.000 nacimientos en el país y predecía: "es probable que las muertes en China superen a los nacimientos en 2023 o 2024". De nuevo, me quedé corto. Los nacimientos en 2020 fueron ajustados a la baja a 10.020.000, mientras que en 2023 fueron, como explicaba unos párrafos más arriba, 9.020.000; o sea, un millón menos, que ahí es nada. Por eso la población china ya se redujo en 2022 (un año antes de lo que yo esperaba) y seguirá reduciéndose sin parar durante décadas (por mucho que el gobierno esté ahora fomentando la natalidad).

En Iberoamérica, el gran gigante demográfico, Brasil, está en una tasa de fecundidad de 1,50. Enumerando los siguientes países por tamaño de su población: México anda por 1,90, Colombia por 1,52, Argentina por 1,30 y Perú por 1,90. Los casos más extremos son Cuba y Uruguay, donde las muertes ya superan los nacimientos. El invierno demográfico que se le avecina a Iberoamérica (que encima envía emigrantes al resto del mundo) es tremendo.

Llegado a este punto en todas y cada una de mis charlas (o artículos) alguien me comenta: "Sí, muy bien, ¿pero qué pasa con África/el mundo musulmán/Haití?" (bueno, lo de Haití solo me lo preguntan en charlas con audiencias de Iberoamérica).

Empecemos con el mundo musulmán, pues los datos para esta región son más fiables que para el resto de África y Haití. La fecundidad en esta región también está cayendo muy deprisa, mucho más de lo que yo vaticinaba en 2021. En mi artículo mencionaba el caso de Turquía, con sus 1.112.859 nacimientos y tasa de fecundidad de 1,76 en 2020. Bueno, pues Turquía ha tenido 934.215 nacimientos y una tasa de fecundidad de 1,51 en 2023, una reducción de 0,25 en solo tres años. A esta velocidad, Turquía va a tener los niveles de fecundidad de España o Italia antes de 2030 y empezará a perder población alrededor de 2035. De hecho, si uno multiplica el número de nacimientos en Turquía en 2023 por 85 (la esperanza de vida en los países más avanzados), ya nos sale que Turquía está por debajo del nivel de nacimientos necesario para mantener su población actual.

¿Es Turquía una excepción en el mundo musulmán? No: solo va unos pocos años por delante de la región. La tasa de fecundidad en Irán está en 1,70 y en Túnez en 1,50. Incluso en países con tasas de fecundidad más altas, como Egipto, esta tasa ha caído del 3,5 en 2014 al 2,58 en 2023, una reducción de casi un hijo por mujer en solo una década. A la velocidad actual, la tasa de fecundidad en Egipto caerá por debajo de la tasa de reemplazo en 2027, prácticamente mañana desde el punto de vista demográfico. En el caso de Indonesia, donde no tenemos datos fiables, una economista del Banco Mundial experta en este país me comentaba hace unos días que se estaban cerrando muchísimos colegios de educación primaria porque ya no hay suficientes alumnos.

Hay más dudas para África (y Haití) porque los datos de nacimientos en estos países son de muy mala calidad. Pero todo lo que observamos es que la fecundidad también está cayendo muy deprisa y que de hecho puede ser ya bastante más baja de lo que estiman las Naciones Unidas. Por ejemplo, en Kenia, donde hay una encuesta de hogares relativamente fiable, la tasa de fecundidad ha caído de 4,8 hijos en 2009 a 3,4 hijos en 2019, con áreas como la zona metropolitana de Nairobi ya por debajo de 2,1 en 2023. De nuevo, extrapolando el pasado, y dado lo que hemos visto en otros países, Kenia puede estar por debajo de la tasa de reemplazo para 2035 (y no descartaría que incluso antes).

En todo caso, no necesitamos que la tasa de fecundidad en África caiga de manera dramática para que la población mundial decrezca a partir de 2055: con cientos de millones de personas muriendo en Asia durante las próximas décadas, los nacimientos en África no serán suficientes para compensar estas defunciones y la población total caerá.

¿Y Haití? Pues los datos de nacimientos son de una fiabilidad ínfima, pero dado lo que observamos en otras estadísticas (como número de estudiantes en los colegios), deben de andar por una tasa de fecundidad de 2,6, una tasa alta pero no muy encima de la de reemplazo, dado su alto nivel de mortalidad entre las mujeres jóvenes. Con todo, con 11,5 millones de habitantes, no se trata de una población que marque la diferencia, ni siquiera en el contexto de Iberoamérica.

No voy hoy a analizar todas las consecuencias de esta caída de la fecundidad mundial. En mi trilogía anterior ya enumeré muchas de ellas, desde las positivas (menor presión en los recursos naturales) a las negativas (problemas de sostenibilidad de la deuda pública). Hoy quería resaltar, en cambio, una idea muy sencilla pero absolutamente clave: la necesidad de empezar a pensar de una manera diferente sobre las medidas correctas de crecimiento económico.

En un trabajo reciente de investigación, La Riqueza de las Naciones (Trabajadoras), Gustavo Ventura, Wen Yao y yo argumentamos que las cifras que empleamos habitualmente para discutir el crecimiento económico, como el crecimiento del PIB o el crecimiento del PIB per cápita, son cada vez más engañosas. El motivo es sencillo. La caída de la fecundidad y el subsiguiente envejecimiento implica que la razón entre la población en edad de trabajar y la población total se reduce. Lo que esto significa es que podemos tener una situación donde, mientras el PIB por adulto en edad de trabajar sigue creciendo con fuerza, el PIB per cápita o total no lo hace.

De nuevo un simple ejemplo clarifica esta idea. Imaginémonos un país con cuatro personas: tres trabajadores y un jubilado. Cada trabajador produce 100 unidades de bienes y servicios. El PIB total es 300 y el PIB per cápita 75. De repente, al envejecer la población, uno de los tres trabajadores se jubila y los dos trabajadores restantes incrementan su producción a 150. El PIB total sigue siendo 300 y el PIB per cápita 75, lo que parece sugerir estancamiento económico cuando, en realidad, este país lo está haciendo francamente bien: su productividad ha crecido un 50%.

El caso paradigmático de cuán engañosa se ha vuelto la noción de crecimiento del producto per cápita es el de Japón. Entre 1990 y 2019, el PIB de Japón creció a un ritmo anual del 0,93%, muy por debajo del 2,49% de Estados Unidos. Este comportamiento aparentemente decepcionante ha motivado ríos de tinta analizando los orígenes del deslucido crecimiento de Japón y proponiendo mil remedios diferentes.** La realidad es que todos los libros y artículos de investigación al respecto han sido una enorme pérdida de tiempo.

Si analizamos el PIB por adulto en edad de trabajar desde 1990 a 2019, Japón ha crecido a un ritmo anual del 1,44%, mientras que Estados Unidos ha crecido a un ritmo muy similar del 1,56%. Lo que es aún más sorprendente, si nos centramos en el período 2008-2019 (es decir, después del estallido de la crisis financiera), Japón tiene la tasa de crecimiento más alta en términos de adulto en edad de trabajar entre los países del G7 más España.*** No hay nada particularmente misterioso en el crecimiento del PIB total de Japón: es una mera consecuencia de una caída anual en la población en edad de trabajar de alrededor del 0,5%. Es más, personalmente creo que, dado el invierno demográfico que vive, Japón ha funcionado realmente bien durante los últimos 25 años. Más que un ejemplo de todo lo que hay que evitar en política económica, Japón es probablemente un ejemplo de cómo digerir la caída de la fecundidad de la manera más exitosa posible.****

En nuestro estudio también documentamos cómo la inmigración no parece ser la solución de casi nada. Países como Canadá o España, que han traído muchos inmigrantes desde 1990, han crecido menos que Japón en términos de PIB por adulto en edad de trabajar. Simplemente, hay más trabajadores en Canadá y España, con lo cual el PIB total crece más, pero el PIB por adulto en edad de trabajar no crece más.

Me responderá alguno: ¿no ayudan los inmigrantes a la sostenibilidad de las cuentas públicas? Pues no. Vivimos en un estado del bienestar. Los estados del bienestar se basan en que el 10% de la población de más renta transfiere renta al 60% de menor (los que están entre el 61% y el 90% se quedan más o menos igual), bien directamente con transferencias o indirectamente con servicios públicos. Cada inmigrante que llega a una economía avanzada y se coloca en el 60% de menor renta (es decir, casi todos excepto los de muy alto nivel de capital humano) tiene un valor añadido negativo para el estado del bienestar. Sí, los inmigrantes te generan flujo de caja positivo hoy para la seguridad social (pagan cotizaciones), pero en el futuro hay que pagarles una pensión y una sanidad pública. En Dinamarca lo han contabilizado con detalle y, efectivamente, traer inmigrantes les sale a perder.

Decidir cuál es la política de inmigración adecuada para un país es un tema muy complejo en el que entran juego factores que no solo son económicos (yo mismo soy un inmigrante en Estados Unidos), pero la idea de traer inmigrantes para solucionar la sostenibilidad del estado del bienestar es hacer un pan como unas tortas. De nuevo, los japoneses, a pesar de los millones de artículos en la prensa occidental criticándoles por no permitir inmigrantes, lo han entendido mucho mejor que nosotros. Otra posibilidad, claro, es una política de fomentar la natalidad, pero, de nuevo, en esta política entran muchísimas consideraciones que hoy quiero dejar de lado.

Termino aquí. La transformación demográfica de la humanidad que estamos experimentando es sencillamente inusitada. Nunca habíamos caído por debajo de la tasa de reemplazo como especie: hemos empezado un declive demográfico como especie que nunca habíamos visto. ¿Qué consecuencias traerá esta caída en 10, 50 o 100 años? ¿Qué pasará con Corea del Sur? ¿Desaparecerá como nación?¿Se revertirá la caída de la fecundidad? ¿Se quedarán mis predicciones desfasadas en solo unos años como han quedado tantas otras predicciones demográficas? El tiempo nos dirá.

Finalmente, una pequeña nota: intentaré volver en mi siguiente entrada en Marzo a la serie de la economía de la inteligencia artificial. El interés que despertaron mis charlas durante las últimas semanas (este artículo es un resumen menos técnico de las mismas) me ha sugerido compartir estas ideas hoy.



* Mi hipótesis es que los números de nacimientos de las Naciones Unidas están "inflados" por dos motivos. Primero, porque la fertilidad está cayendo más deprisa de lo que nadie se esperaba, lo que deja las predicciones atrás. De hecho, las Naciones Unidas las van ajustando a la baja con cada nuevo informe que publica. Seguro que cuando salga la nueva predicción de las Naciones Unidas este verano, el crecimiento de la población predicho será mucho menor que el que se anunció en la última predicción de 2022. Segundo, porque las Naciones Unidas se ha pasado 70 años hablando de la "explosión" de la población y plegar velas ahora es complejo para su credibilidad.

** Paramos nuestro análisis en 2019 para evitar contaminar los datos con los efectos del Covid y poder contar con cifras finales, no provisionales, de PIB y población. Si uno añade los datos provisionales de 2020-2023, no cambia prácticamente nada.

*** En nuestro artículo discutimos en detalle cómo considerar los efectos del retraso de la edad de jubilación en estas cifras (en Japón trabaja mucha gente mayor de 65 años, en España muy poca). Me salto los detalles, pero básicamente nada de importancia cambia en nuestro análisis. De hecho, Japón lo está haciendo incluso mejor que el resto de los países del G7 una vez que uno considera estos factores adicionales.

**** El caso de Japón no dice también que la creencia que los avances tecnológicos solucionarán todos los problemas demográficos se enfrenta con la dureza de los datos. Como explicaba en otro artículo, la productividad del trabajo ha crecido en las economías punteras en los mejores momentos de su historia al 1,9% anual (otra cosa distinta es cuando las economías están en proceso de desarrollo, "convergiendo" hacia la frontera tecnológica mundial). Con una población en edad de trabajar cayendo al 1,0% o 1,5%, es prácticamente imposible que el PIB crezca a más del 1% anual, por muchas veces que uno repita "inteligencia artificial". Es pura contabilidad.
Saludos.

Pues a mí no me parece mal que baje la población mundial, de forma natural, no por genocidios, guerras, o similares.

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