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https://elpais.com/economia/2026-05-16/la-crisis-de-la-vivienda-eleva-el-hacinamiento-a-niveles-record-somos-cuatro-en-una-habitacion-y-con-una-sola-cama.htmlCitarVIVIENDAS ALQUILER>La crisis de la vivienda eleva el hacinamiento a niveles récord: “Somos cuatro en una habitación y con una sola cama”España es el segundo país europeo donde más ha crecido la sobreocupación residencial desde 2019, solo detrás de IrlandaMadrid - 16 MAY 2026 - 18:38|ACTUALIZADO: 16 MAY 2026 - 18:40CESTEn el cuarto piso de un edificio sin ascensor en Sevilla, la cotidianidad de Yulitza Zambrano se mide en turnos de cocina y en el espacio exacto que ocupa una cama individual. A sus 39 años, esta venezolana gestiona una intendencia doméstica imposible. Comparte una habitación pequeña, diseñada para una sola persona, con su hijo de 16 años. “Él a veces llora, se pone triste porque quiere su propio espacio y se imagina otro hogar”, relata. Paga 450 euros al mes por este espacio, tras haber sufrido acoso y xenofobia por parte de un casero anterior que aprovechó su vulnerabilidad por ser migrante. En total, hay 10 personas conviviendo en cuatro habitaciones, con un solo cuarto de baño y un frigorífico cuya capacidad no alcanza para almacenar los alimentos de todos.Con tantas personas en un mismo piso, la vivienda ha dejado de ser un espacio de intimidad para convertirse en una mera parada logística. Yulitza se levanta a las cinco y media de la mañana para cocinar antes de irse a trabajar. Tiene dos empleos; de 10:00 a 16:00 horas trabaja como teleoperadora en un call center, y de las 17:00 hasta las 21:00 horas, como limpiadora en distintos hogares. No vuelve a su habitación hasta bien entrada la noche, justo el tiempo necesario para dormir y volver a repetir la operación. Su hijo se las ingenia durante esas horas para hacer los deberes y comer en el mismo cuarto, el único espacio que tienen disponible, porque la vivienda está tan saturada que ni siquiera dispone de salón.Su caso no es una anomalía estadística. Por el contrario, se trata de una realidad habitacional que ha ido ganando terreno en España. Los últimos datos publicados por Eurostat, la agencia estadística de la Unión Europea, muestran que el 20,5% de los inquilinos que alquilan a precios de mercado vive en condiciones de hacinamiento, lo que supone un incremento superior al 25% respecto a las cifras previas a la pandemia. España se ha consolidado como el segundo país europeo donde más ha crecido la sobreocupación residencial desde 2019, solo por detrás de Irlanda, en un fenómeno que los expertos vinculan a una brecha cada vez más profunda entre unos salarios estancados y unas rentas que han escalado hasta un 30% en el último lustro.Para Juan Antonio Módenes Cabrerizo, profesor del Departamento de Geografía de la UAB e investigador en el Centro de Estudios Demográficos, estos datos no responden a un bache pasajero, sino a una desconexión entre la demografía y la política habitacional. Según el experto, mientras no cambien los parámetros del sistema actual, la situación empeorará porque “el crecimiento de los hogares potencialmente es mayor que el meramente de la población y no encuentra un crecimiento de la oferta en consonancia”. Esta falta de vivienda suficiente está creando, según Módenes, un “paradigma de necesidades insatisfechas de vivienda” que lastra la capacidad de ahorro y bloquea las decisiones estratégicas de vida de miles de residentes.Aunque la tasa de hacinamiento general del país (9,5%) se mantiene por debajo de la media europea debido a la acumulación histórica de patrimonio residencial en las familias, esta cifra actúa como un espejismo estadístico que oculta la emergencia habitacional de quienes no tienen acceso a la propiedad.Las organizaciones que trabajan en la primera línea de la exclusión social han detectado este cambio. Carmen Ruiz, coordinadora estatal del área de inclusión de la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR), explica que la organización busca cada vez más habitaciones y menos pisos, “incluso para familias de dos o más personas, porque no se pueden pagar viviendas solas”. Este retroceso en los estándares de vida afecta de manera desproporcionada a los migrantes, que a menudo se ven obligados a aceptar condiciones abusivas.En Madrid, la precariedad está encontrando un nicho en la ilegalidad de los locales reconvertidos. Laura Prieto, de 47 años, habita junto a su perro en lo que describe como un “zulo” de apenas 10 metros cuadrados. Se trata de un antiguo local comercial sin cédula de habitabilidad por el que paga más de 500 euros mensuales. Su caso es una ventana a un ecosistema de explotación. En su edificio, propiedad de un rentista con otros edificios en la zona de Sol, conviven familias enteras en espacios idénticos al suyo. Esta extrabajadora de la ONCE relata cómo parejas con niños, entre las que destacan una de origen filipino y otra ecuatoriana, se administran en estos cubículos donde “tienen que usar colchones que se guardan debajo de la cama” para poder moverse durante el día.Para el doctor en antropología económica e investigador en el Instituto de Investigación Urbana IDRA, Jaime Palomera, esta situación no es una consecuencia accidental del mercado, sino una estrategia deliberada de fragmentación del espacio. El analista identifica una lógica empresarial diseñada para obtener más rentabilidad por metro cuadrado, dividiendo las viviendas en unidades mínimas de coliving, a menudo mediante contratos de corta duración que evitan la estabilidad del inquilino y permiten una rotación constante de precios.Otro ejemplo de esta emergencia habitacional es Diana Lora Effio, una madre soltera de origen peruano, que vive con sus tres hijos de 14, 11 y 5 años en una habitación en el distrito madrileño de Usera, por la que paga 500 euros al mes. En los últimos meses, su familia se ha visto envuelta en una tragedia tras otra, primero al verse obligada a dejar su piso después de que el casero le subiera la renta de 600 a 800 euros y, posteriormente, al ser estafada con 4.000 euros por un falso alquiler que terminó en un desalojo policial traumático frente a sus hijos. Esta mujer de 42 años resume su realidad actual con una frase que evidencia el colapso de su privacidad: “Somos cuatro en una habitación y una sola cama”.Para sortear la falta de espacio, esta familia ha optado por pasar la mayor parte del día en el parque a fin de evitar la tensión de un piso compartido entre siete, donde el uso del baño y la cocina es una batalla diaria. “Es frustrante porque ya llevo ocho años aquí y en vez de superarme estoy retrocediendo”, lamenta. Diana sobrevive con menos de 1.000 euros al mes realizando manicuras y limpiando casas, sin contrato, para poder cuidar de su hija menor. Y a pesar de su actual situación, se aferra a la posibilidad de poder encontrar una casa para que sus hijos crezcan en un buen entorno.En Sabadell, Suyapa Orellana, una hondureña de 29 años, comparte una habitación de 12 metros cuadrados con su marido y su hijo de 10 años. A pesar de tener regularizada su situación migratoria y tener trabajo, los requisitos de dos años de empadronamiento y tres nóminas fijas para acceder a un piso público mantienen atrapada a esta familia en una convivencia con otras siete personas.[/b] Suyapa ha tenido que normalizar la falta de intimidad absoluta, instalando dos camas matrimoniales en su cuarto para asegurar que su hijo crezca con cierta estabilidad, mientras ahorra con tenacidad para una futura entrada de un piso cuyo precio difícilmente bajará de los 200.000 euros.Presión habitacionalEl caso de estas mujeres ilustra una tendencia que Módenes califica de crítica. Lo que antes era una fase transitoria para quien llegaba a España, ahora se está cronificando. “La alternativa habitacional que le concedemos [a la población inmigrante] es el hacinamiento, porque de etapa temporal relacionada con la llegada se está convirtiendo en una situación permanente”, advierte el catedrático. A diferencia de los jóvenes españoles, que suelen vivir con sus padres “hasta edades avanzadas”, los migrantes se enfrentan a un mercado que les impide evolucionar vitalmente, lo que para muchos termina siendo el primer paso para asumir un cierto “fracaso en el proyecto migratorio” que podría derivar en un aumento de los retornos.En cualquier caso, la presión habitacional no es un fenómeno exclusivo de la población extranjera. También erosiona la capacidad de movimiento de los nacionales. Los catedráticos advierten de que el sistema está fallando incluso a quienes hasta hace poco tenían una inserción estable. Hoy, las “parejas de doble ingreso” o jóvenes con “buenas perspectivas laborales” se encuentran con que los precios del mercado libre son sencillamente “inasumibles para sus salarios”, insiste Módenes.Es en este punto donde José García Montalvo, catedrático de Economía en la Universitat Pompeu Fabra (UPF), identifica un fenómeno de inmovilidad forzosa y considera que el flujo de salida de las viviendas se ha bloqueado. “Hay muchas parejas, por ejemplo, que querrían divorciarse”, explica Montalvo, pero la realidad material de no poder pagar un segundo alquiler o acceder a otra hipoteca las obliga a mantener la convivencia bajo el mismo techo. Este estancamiento, donde la falta de oferta impide que los hogares se dividan o crezcan de forma natural, es lo que explica que el hacinamiento entre propietarios con hipoteca se haya duplicado en apenas cinco años, escalando del 3,5% al 7,8%.La crisis de vivienda no solo está redefiniendo cómo vive la gente, sino también cuánto está dispuesta a ceder para poder quedarse dentro del mercado. Sus efectos son inmediatos, pero también dejan una huella a largo plazo que probablemente marcará a los hijos de Yulitza, Diana y Suyapa. Todos ellos comparten un síntoma común: la pérdida de un espacio propio para la construcción de su identidad. La precariedad habitacional no solo reduce el espacio, también limita la vida privada y deja a muchas personas expuestas a la arbitrariedad de algunos propietarios.El escenario se enmarca en un momento crítico, pues a lo largo de este año, el país atraviesa una revisión masiva de los contratos de alquiler que se firmaron durante la pandemia, un proceso que amenaza con agravar la crisis tras la anulación por parte del Congreso del decreto que prorrogaba hasta dos años más las condiciones de dichos arrendamientos. Sin este blindaje legal, que buscaba evitar subidas drásticas y mantenía un tope en la actualización de las rentas, miles de hogares se enfrentan a un encarecimiento de sus contratos como el que sufrió Diana. Y al igual que ella, la falta de alternativas habitacionales convierte la sobreocupación en la única salida frente al desahucio.
VIVIENDAS ALQUILER>La crisis de la vivienda eleva el hacinamiento a niveles récord: “Somos cuatro en una habitación y con una sola cama”España es el segundo país europeo donde más ha crecido la sobreocupación residencial desde 2019, solo detrás de IrlandaMadrid - 16 MAY 2026 - 18:38|ACTUALIZADO: 16 MAY 2026 - 18:40CESTEn el cuarto piso de un edificio sin ascensor en Sevilla, la cotidianidad de Yulitza Zambrano se mide en turnos de cocina y en el espacio exacto que ocupa una cama individual. A sus 39 años, esta venezolana gestiona una intendencia doméstica imposible. Comparte una habitación pequeña, diseñada para una sola persona, con su hijo de 16 años. “Él a veces llora, se pone triste porque quiere su propio espacio y se imagina otro hogar”, relata. Paga 450 euros al mes por este espacio, tras haber sufrido acoso y xenofobia por parte de un casero anterior que aprovechó su vulnerabilidad por ser migrante. En total, hay 10 personas conviviendo en cuatro habitaciones, con un solo cuarto de baño y un frigorífico cuya capacidad no alcanza para almacenar los alimentos de todos.Con tantas personas en un mismo piso, la vivienda ha dejado de ser un espacio de intimidad para convertirse en una mera parada logística. Yulitza se levanta a las cinco y media de la mañana para cocinar antes de irse a trabajar. Tiene dos empleos; de 10:00 a 16:00 horas trabaja como teleoperadora en un call center, y de las 17:00 hasta las 21:00 horas, como limpiadora en distintos hogares. No vuelve a su habitación hasta bien entrada la noche, justo el tiempo necesario para dormir y volver a repetir la operación. Su hijo se las ingenia durante esas horas para hacer los deberes y comer en el mismo cuarto, el único espacio que tienen disponible, porque la vivienda está tan saturada que ni siquiera dispone de salón.Su caso no es una anomalía estadística. Por el contrario, se trata de una realidad habitacional que ha ido ganando terreno en España. Los últimos datos publicados por Eurostat, la agencia estadística de la Unión Europea, muestran que el 20,5% de los inquilinos que alquilan a precios de mercado vive en condiciones de hacinamiento, lo que supone un incremento superior al 25% respecto a las cifras previas a la pandemia. España se ha consolidado como el segundo país europeo donde más ha crecido la sobreocupación residencial desde 2019, solo por detrás de Irlanda, en un fenómeno que los expertos vinculan a una brecha cada vez más profunda entre unos salarios estancados y unas rentas que han escalado hasta un 30% en el último lustro.Para Juan Antonio Módenes Cabrerizo, profesor del Departamento de Geografía de la UAB e investigador en el Centro de Estudios Demográficos, estos datos no responden a un bache pasajero, sino a una desconexión entre la demografía y la política habitacional. Según el experto, mientras no cambien los parámetros del sistema actual, la situación empeorará porque “el crecimiento de los hogares potencialmente es mayor que el meramente de la población y no encuentra un crecimiento de la oferta en consonancia”. Esta falta de vivienda suficiente está creando, según Módenes, un “paradigma de necesidades insatisfechas de vivienda” que lastra la capacidad de ahorro y bloquea las decisiones estratégicas de vida de miles de residentes.Aunque la tasa de hacinamiento general del país (9,5%) se mantiene por debajo de la media europea debido a la acumulación histórica de patrimonio residencial en las familias, esta cifra actúa como un espejismo estadístico que oculta la emergencia habitacional de quienes no tienen acceso a la propiedad.Las organizaciones que trabajan en la primera línea de la exclusión social han detectado este cambio. Carmen Ruiz, coordinadora estatal del área de inclusión de la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR), explica que la organización busca cada vez más habitaciones y menos pisos, “incluso para familias de dos o más personas, porque no se pueden pagar viviendas solas”. Este retroceso en los estándares de vida afecta de manera desproporcionada a los migrantes, que a menudo se ven obligados a aceptar condiciones abusivas.En Madrid, la precariedad está encontrando un nicho en la ilegalidad de los locales reconvertidos. Laura Prieto, de 47 años, habita junto a su perro en lo que describe como un “zulo” de apenas 10 metros cuadrados. Se trata de un antiguo local comercial sin cédula de habitabilidad por el que paga más de 500 euros mensuales. Su caso es una ventana a un ecosistema de explotación. En su edificio, propiedad de un rentista con otros edificios en la zona de Sol, conviven familias enteras en espacios idénticos al suyo. Esta extrabajadora de la ONCE relata cómo parejas con niños, entre las que destacan una de origen filipino y otra ecuatoriana, se administran en estos cubículos donde “tienen que usar colchones que se guardan debajo de la cama” para poder moverse durante el día.Para el doctor en antropología económica e investigador en el Instituto de Investigación Urbana IDRA, Jaime Palomera, esta situación no es una consecuencia accidental del mercado, sino una estrategia deliberada de fragmentación del espacio. El analista identifica una lógica empresarial diseñada para obtener más rentabilidad por metro cuadrado, dividiendo las viviendas en unidades mínimas de coliving, a menudo mediante contratos de corta duración que evitan la estabilidad del inquilino y permiten una rotación constante de precios.Otro ejemplo de esta emergencia habitacional es Diana Lora Effio, una madre soltera de origen peruano, que vive con sus tres hijos de 14, 11 y 5 años en una habitación en el distrito madrileño de Usera, por la que paga 500 euros al mes. En los últimos meses, su familia se ha visto envuelta en una tragedia tras otra, primero al verse obligada a dejar su piso después de que el casero le subiera la renta de 600 a 800 euros y, posteriormente, al ser estafada con 4.000 euros por un falso alquiler que terminó en un desalojo policial traumático frente a sus hijos. Esta mujer de 42 años resume su realidad actual con una frase que evidencia el colapso de su privacidad: “Somos cuatro en una habitación y una sola cama”.Para sortear la falta de espacio, esta familia ha optado por pasar la mayor parte del día en el parque a fin de evitar la tensión de un piso compartido entre siete, donde el uso del baño y la cocina es una batalla diaria. “Es frustrante porque ya llevo ocho años aquí y en vez de superarme estoy retrocediendo”, lamenta. Diana sobrevive con menos de 1.000 euros al mes realizando manicuras y limpiando casas, sin contrato, para poder cuidar de su hija menor. Y a pesar de su actual situación, se aferra a la posibilidad de poder encontrar una casa para que sus hijos crezcan en un buen entorno.En Sabadell, Suyapa Orellana, una hondureña de 29 años, comparte una habitación de 12 metros cuadrados con su marido y su hijo de 10 años. A pesar de tener regularizada su situación migratoria y tener trabajo, los requisitos de dos años de empadronamiento y tres nóminas fijas para acceder a un piso público mantienen atrapada a esta familia en una convivencia con otras siete personas.[/b] Suyapa ha tenido que normalizar la falta de intimidad absoluta, instalando dos camas matrimoniales en su cuarto para asegurar que su hijo crezca con cierta estabilidad, mientras ahorra con tenacidad para una futura entrada de un piso cuyo precio difícilmente bajará de los 200.000 euros.Presión habitacionalEl caso de estas mujeres ilustra una tendencia que Módenes califica de crítica. Lo que antes era una fase transitoria para quien llegaba a España, ahora se está cronificando. “La alternativa habitacional que le concedemos [a la población inmigrante] es el hacinamiento, porque de etapa temporal relacionada con la llegada se está convirtiendo en una situación permanente”, advierte el catedrático. A diferencia de los jóvenes españoles, que suelen vivir con sus padres “hasta edades avanzadas”, los migrantes se enfrentan a un mercado que les impide evolucionar vitalmente, lo que para muchos termina siendo el primer paso para asumir un cierto “fracaso en el proyecto migratorio” que podría derivar en un aumento de los retornos.En cualquier caso, la presión habitacional no es un fenómeno exclusivo de la población extranjera. También erosiona la capacidad de movimiento de los nacionales. Los catedráticos advierten de que el sistema está fallando incluso a quienes hasta hace poco tenían una inserción estable. Hoy, las “parejas de doble ingreso” o jóvenes con “buenas perspectivas laborales” se encuentran con que los precios del mercado libre son sencillamente “inasumibles para sus salarios”, insiste Módenes.Es en este punto donde José García Montalvo, catedrático de Economía en la Universitat Pompeu Fabra (UPF), identifica un fenómeno de inmovilidad forzosa y considera que el flujo de salida de las viviendas se ha bloqueado. “Hay muchas parejas, por ejemplo, que querrían divorciarse”, explica Montalvo, pero la realidad material de no poder pagar un segundo alquiler o acceder a otra hipoteca las obliga a mantener la convivencia bajo el mismo techo. Este estancamiento, donde la falta de oferta impide que los hogares se dividan o crezcan de forma natural, es lo que explica que el hacinamiento entre propietarios con hipoteca se haya duplicado en apenas cinco años, escalando del 3,5% al 7,8%.La crisis de vivienda no solo está redefiniendo cómo vive la gente, sino también cuánto está dispuesta a ceder para poder quedarse dentro del mercado. Sus efectos son inmediatos, pero también dejan una huella a largo plazo que probablemente marcará a los hijos de Yulitza, Diana y Suyapa. Todos ellos comparten un síntoma común: la pérdida de un espacio propio para la construcción de su identidad. La precariedad habitacional no solo reduce el espacio, también limita la vida privada y deja a muchas personas expuestas a la arbitrariedad de algunos propietarios.El escenario se enmarca en un momento crítico, pues a lo largo de este año, el país atraviesa una revisión masiva de los contratos de alquiler que se firmaron durante la pandemia, un proceso que amenaza con agravar la crisis tras la anulación por parte del Congreso del decreto que prorrogaba hasta dos años más las condiciones de dichos arrendamientos. Sin este blindaje legal, que buscaba evitar subidas drásticas y mantenía un tope en la actualización de las rentas, miles de hogares se enfrentan a un encarecimiento de sus contratos como el que sufrió Diana. Y al igual que ella, la falta de alternativas habitacionales convierte la sobreocupación en la única salida frente al desahucio.
Presión hipotecaria, precios imposibles y falta de obra nueva: el cóctel que está detonando el mercado de la viviendaLos portales inmobiliarios adelantan una estabilización de precios y creen que la guerra podría condicionar más la evolución de las operacionesEl mercado de compraventa de vivienda ha entrado en un nuevo ciclo y el motivo no ha sido la guerra en Irán. Las operaciones empezaron a caer ya en el último trimestre del año pasado, como recogieron los notarios, y no han dejado de hacerlo hasta el día de hoy. Mientras el Consejo General del Notariado tiene anotados cinco meses consecutivos de descensos en las operaciones (de octubre de 2025 a febrero de 2026), el INE computó ayer el mes de marzo como el tercero seguido en el que las firmas para comprar una casa cayeron, esta vez un 2,2%.La diferencia está en que el CGN se nutre para hacer su estadística de las operaciones de compraventa que se firman ante notario, y el INE recoge los datos de los contratos depositados en los Registros de la Propiedad, dos acciones que ocurren en momento distinto, por lo que al final ambas estadísticas acaban siendo diferentes mes tras mes. Sea como fuere, en el sector inmobiliario reconocen que el mercado ha tocado techo y en ello influyen distintos factores. Pero hay uno que resalta por encima de todos: los precios imposibles que piden ya los propietarios, sobre todo, en las grandes capitales.No es baladí el efecto. El portal inmobiliario Idealista incidió la semana pasada en que el 'stock' de pisos en venta en las principales ciudades españolas empieza a crecer fruto de la parálisis de las operaciones, destacando el caso de Madrid donde se alza un 17%. También Valencia (13%), Santander (6%), Barcelona (6%), Sevilla (5%), Málaga (3%) y Santa Cruz de Tenerife (2%) han visto aumentar el número de casas que están puestas a la venta en sus mercados, pese a que a nivel nacional hay un 10% menos de producto respecto a hace un año, según los datos del primer trimestre.Tras conocer ayer las cifras del INE, el portal inmobiliario ha vuelto a insistir en la misma idea sobre el motivo por el que bajan las operaciones y además apunta a que podría producirse una estabilización de precios tras años de subidas incesantes. «Los altos precios alcanzados por la vivienda, sobre todo en los mercados más dinámicos, y el encarecimiento de la financiación parecen ser los responsables de la retirada de la demanda y adelantan una estabilización de precios a medio plazo», apunta Francisco Iñareta, portavoz de Idealista, que enmarca su previsión en los 8 meses consecutivos de caídas que se registran en los mercados más grandes.Fotocasa también habla de «nuevo ciclo» para el mercado inmobiliario residencial, pero da una visión positiva y dice que este mantiene un notable dinamismo, «con un volumen de compraventas muy elevado que prolonga la inercia positiva iniciada en 2025», según María Matos, directora de Estudios de Fotocasa. «Estamos a las puertas de un cambio de ciclo impulsado por el mercado hipotecario que comienza a mostrar ciertos ajustes. Tras un año de intensa competencia bancaria, las entidades están evolucionando hacia una posición más prudente, con productos más equilibrados y adaptados a un entorno de mayor estabilidad monetaria. Este cambio podría traducirse en una ligera moderación del ritmo de concesión de hipotecas en los próximos meses», explica la experta.A ello, Matos añade otro elemento crucial. La caída de un 10% (13.057 operaciones en marzo) de las ventas de vivienda de obra nueva, fruto de la menor salida de producto al mercado. En ello también incide Yogi Thadhani, country manager de Finteca, quien compara esta estadística con el 0,2% que crece la venta de pisos de segunda mano, y cree que este diferencial refleja un «problema estructural» del mercado: «La obra nueva va a un ritmo totalmente distinto a la vivienda usada. El que se haya caído desplomado, en este caso alrededor de un diez por ciento, hace que la falta de suelo, unido al encarecimiento de los costes, hacen que este segmento se vea totalmente estancado», señala.El efecto de la guerra¿Qué ocurrirá en los próximos meses? Matos de Fotocasa apunta a que ahora sí que podría entrar en juego la circunstancia de la guerra, porque puede derivar en un repunte inflacionista con impacto directo en el mercado inmobiliario. «Un encarecimiento de los costes de construcción dificultaría la generación de nueva oferta y, en paralelo, un posible endurecimiento de la política monetaria por parte del BCE podría encarecer de nuevo la financiación, afectando especialmente a la demanda más dependiente del crédito, que en estos momentos representa al 75% de los compradores», pronostica.Por su parte, el director de estudios de pisos.com, Ferran Font, apunta a la misma idea, porque recuerda que las tensiones geopolíticas ya comienzan a reflejarse en la evolución del euríbor. «La incertidumbre internacional y, sobre todo, la persistente falta de oferta seguirá condicionando la evolución del mercado residencial a corto plazo», prevé.
El camino ha sido largo, pero a todo se llega. Desde 2015 existe la propuesta explícita de conseguir el pleno reproducible, lo que entonces se describía con aquello de «malo para la CIA, bueno para nosotros». La idea era —y sigue siendo— garantizar que cualquiera pueda verificar que un binario es exactamente lo que dice ser, que no ha sido alterado en el proceso de compilación.Desde entonces, el avance ha sido gradual y constante: el hito más reciente que recogimos fue el de las imágenes en vivo de Debian Bookworm alcanzando la reproducibilidad total, hace apenas unos meses. Ahora el proyecto da el siguiente paso lógico, aunque seguramente el más difícil, como es extenderlo a todos sus paquetes.En todo caso, «Forky» se encuentra a mitad de ciclo de desarrollo y no se espera que llegue a estable antes del verano de 2027, así que queda tiempo para que los mantenedores adapten los paquetes que todavía no cumplan con el requisito de marras.
Deutsche Bank detecta el gran problema que se esconde bajo todas las crisis de Reino Unido: una prolongada 'enfermedad del ladrillo'El periodo de mayor crecimiento estuvo ligado al 'efecto riqueza' de la viviendaDB habla de "obsesión de los consumidores por la revalorización de sus inmuebles"En los últimos 20 años, sin embargo, los precios reales han estado estancados19/05/2026El azote de la nostalgia pega fuerte en todas partes, pero el de la nostalgia económica está siendo sonoro en Reino Unido. Testimonios como "antes vivíamos mejor" o "nos lo están quitando todo" se están convirtiendo en divisa común entre las clases medias de las economías avanzadas bajo dolorosos golpes como la carestía de la vida, el estancamiento de los salarios reales, la dificultad de acceso a la vivienda, la utopía de comprarse un coche nuevo y el deterioro de los servicios públicos. Sin embargo, el latigazo está hiriendo con virulencia a unos británicos que recuerdan cómo en los últimos 90 y primeros 2000 su economía era todo lo que está bien en la vida. Víctima tanto de incontables vientos externos que han rasgado también a los demás como de autolesiones tipo el Brexit, la ciudadanía británica parece vivir en una tormenta perfecta en la que cada poco se vuelve a avistar el último y gran abismo económico mientras nadie consigue domar el rabioso caballo de la política, como está comprobando estos días el laborista Keir Starmer. Mucho se ha teorizado y escrito sobre los problemas de alejarse de la Unión Europea, la lacerante caída de la productividad, la irresponsabilidad fiscal y la explosiva deuda o la vulnerabilidad ante las crisis energética. Lo que no se ha contado tanto es que debajo de todo está la vivienda, más en concreto una prolongada 'enfermedad del ladrillo' tan familiar en coordenadas más meridionales.Como cualquiera que se asome mínimamente a la actualidad internacional sabe, el Reino Unido se encuentra actualmente en medio del enésimo huracán político, con el primer ministro Starmer luchando por mantener su cargo tan solo dos años después de haber llegado al poder con una mayoría casi récord. El país ha tenido seis primeros ministros en la última década y corre el riesgo de tener un séptimo desde 2016 antes de que termine el año. "Una combinación de interminables disputas sobre el Brexit, un crecimiento débil, el alto coste de la vida, las crisis (la pandemia, Ucrania y ahora Irán) y el aumento de los tipos de interés han hecho que el cargo sea peligroso para el titular", introducen Jim Reid, Henry Allen y Rajsekhar Bhattacharyya en un breve análisis de Deutsche Bank en el que señalan directamente al inmobiliario."Quizás uno de los principales problemas del Reino Unido fue que su periodo de mayor crecimiento estuvo estrechamente vinculado a la casi obsesión de los consumidores británicos por la revalorización de la vivienda como fuente de riqueza y confianza. Durante años, si no décadas, el aumento del precio de la vivienda superó con creces la inflación, generando riqueza, confianza y un elevado gasto de los consumidores. Las políticas han fomentado esta obsesión, incluida la falta de construcción de viviendas" , reflexionan los tres autores bajo un gráfico que muestra cómo los precios de la vivienda del país en términos reales (esto es, descontando la inflación) han permanecido prácticamente planos en los últimos casi 20 años e incluso han caído en el núcleo central de la capital Londres (Inner London).Para Reid y sus colegas, ese periodo de felicidad espoleado por el 'efecto riqueza' de las subidas en vivienda ya quedó atrás hace tiempo y esa dependencia adquirida ha podido contribuir a los problemas del Reino Unido en la última década. "Los precios reales de la vivienda han vuelto, en general, a los niveles registrados antes de la crisis financiera global, lo que supone un periodo de 20 años sin avances. Si una economía que prosperó gracias al constante aumento de los precios inmobiliarios se topa de repente con un muro, es probable que esto tenga repercusiones económicas y políticas", constatan en su breve nota de investigación. Este análisis puede parecer contradictorio a tenor de las noticias que llegan desde Reino Unido. Al igual que ocurre en geografías como la española, la crisis de acceso a la vivienda se está exacerbando en medio de un acusado repunte de los precios nominales, dinámica espoleada especialmente por una lacerante falta de oferta (se construye muy poco) ante una sólida demanda (inmigración, mayor formación de hogares unipersonales). Sin embargo, esto no es incompatible con la 'planicie' que detecta Deutsche Bank en los precios reales.Lo que ha ocurrido en los últimos años es que, aunque la oferta es escasa y la demanda alta, el resto de la economía (energía, alimentos, servicios) ha subido tan rápido o más que la vivienda. Algunos analistas señalaron en 2022 que la inflación británica aunaba "lo peor de ambos mundos" (una crisis energética como la del resto de Europa y un ajustado mercado laboral como el de EEUU). Por ello, en los gráficos de precios reales, la línea se ve plana: la vivienda solo está 'aguantando el tipo' frente a la pérdida de valor del dinero.En un informe de la semana pasada, Matthew Pointon, analista de inmobiliario de la casa de análisis británica Capital Economics abordaba como fenómeno la disminución del papel de la vivienda como fuente de importantes plusvalías para los propietarios: "No es de extrañar que la vivienda en propiedad fuera tan popular en la década de los noventa y a principios de los 2000, dado que los precios reales de la vivienda aumentaron un 165% entre 1995 y 2004. Sin embargo, los precios reales de la vivienda no han registrado ningún aumento en los 21 años transcurridos desde entonces y, con unas expectativas adaptativas al menos parciales, los hogares estarán menos dispuestos a hacer un esfuerzo para comprar una vivienda si las perspectivas de plusvalías son modestas". Su análisis llevaba aparejada una estadística: a medida que se ha ralentizado el crecimiento de los precios de la vivienda, la proporción de hogares no propietarios que desean comprar cayó al 64% en 2025, su nivel más bajo en una década.Las previsiones apuntan a que estos precios reales se mantengan o incluso caigan. Los dos escenarios sobre los precios de la energía que manejan en Capital Economics serían compatibles con una caída de los precios reales de la vivienda, señalan sus analistas en otro informe separado. Un aumento de la inflación del IPC hasta un máximo del 4,3% en su escenario base y del 7,4% en un escenario adverso sería compatible con una caída de los precios reales de la vivienda de alrededor del 4% desde su máximo hasta su mínimo en el escenario base de Capital y del 6% en su escenario adverso. Aun así, matiza su economista Ashley Webb, tales caídas serían pequeñas en comparación con las caídas del 31%, 21% y 13%, respectivamente, de los precios reales de la vivienda desde su máximo hasta su mínimo a principios de la década de 1990, tras la crisis financiera global y tras la crisis de los precios de la energía de 2022.El contexto histórico casa con los planteamientos del comentario de Deutsche Bank. Tanto en sus gráficos como en los de Capital Economics se puede apreciar cómo entre mediados de los 90 y de los 2000, hasta las puertas de la gran crisis financiera, los precios reales de la vivienda mostraban una destacable tendencia ascendente. Era la época feliz, en la que, con permiso de la muerte de Lady Di, Reino Unido triunfaba tanto en la cultura social como en la economía. El nuevo laborismo de Tony Blair cogía tracción mientras el Manchester United conquistaba Europa con David Beckham como icono mundial, Hugh Grant seducía a todo el planeta y las Spice Girls sonaban en por doquier. En materia económica, pocos números dicen mucho. Según el FMI, el crecimiento tendencial del PIB per cápita -medidor clave de la riqueza de un país- en el Reino Unido fue del 2,5% anual entre 1990 y 2007. Posteriormente, entre 2008 y 2025, se redujo a tan solo un 0,7%. Esta disminución de 1,8 puntos porcentuales es suficientemente elocuente.Aunque parezca cosa de hoy, como telegrafiaban Reid y los suyos, la insuficiente oferta de vivienda opera desde lejos, cimentando en parte la 'enfermedad del ladrillo' que se vivió en los años felices. Un informe del think tank británico Centre for Cities explica que este problema de oferta no se remonta solo a 1980, cuando empezó a caer acusadamente -más de un 80%- la construcción de viviendas sociales a partir de la llegada de la conservadora Margaret Thatcher al poder, sino a 1947, cuando se aprobó la Ley de Planificación Urbana y Rural. "Las tasas de construcción de viviendas en Inglaterra y Gales han caído más de un tercio tras la introducción de la ley, pasando de un crecimiento del 2% anual entre 1856 y 1939 al 1,2% entre 1947 y 2019. Este ha sido un factor clave detrás de la prolongada crisis de la vivienda en el Reino Unido, que ha provocado el aumento de los precios de los inmuebles y el alza de los alquileres en las últimas décadas", señalan desde el think tank.Una también muy nítida perspectiva histórica, además de demográfica, arrojaba hace unos años la columnista económica Merryn Somerset Webb en las páginas del sacrosanto Financial Times. Si se hubieran analizado detenidamente las tasas de natalidad en el G7 durante la posguerra, no habría sorprendido que la inflación y el desempleo aumentaran en la década de 1970, cuando la generación del baby boom comenzó a competir por sus primeros empleos y a consumir recursos globales a gran escala, explicaba Webb. En la década de los 80, cuando esos mismos baby boomers entraron en la treintena y la cuarentena, fue un paso obligado que todos ellos formaran sus propios hogares y que, impulsados por la creciente prosperidad global, desearan hacerlo en casas más grandes y mejores que las de sus padres."A medida que subían los precios, los baby boomers consideraron que las viviendas eran una inversión prometedora y, gracias al auge del sistema monetario fiduciario (el colapso definitivo de cualquier vínculo entre el dólar y el oro en 1971 permitió que la oferta monetaria aumentara al ritmo de la población), compraron más", proseguía su análisis. El contexto ayudaba, incidía Reid ya entonces: "Al ser una isla pequeña con un estricto control sobre la construcción de viviendas nuevas, el alto crecimiento demográfico, sumado a una oferta limitada, ha ejercido una enorme presión alcista sobre los precios durante las últimas décadas".Para Webb, todo esto jamás habría sido posible sin el pleno apoyo de los bancos centrales. "Una de las consecuencias del crecimiento demográfico fue la abolición de la vinculación formal entre las monedas y el oro, lo que ha permitido a los gobiernos y bancos centrales imprimir dinero y manipular los tipos de interés a su antojo. Esto, a su vez, nos ha brindado un largo periodo de tipos de interés muy bajos, lo que ha impulsado enormemente los precios de la vivienda. En el Reino Unido, el coste mensual real de comprar una vivienda cayó drásticamente tras la crisis financiera y se ha mantenido prácticamente estable durante varios años. Incluso con el aumento del precio de las viviendas, la bajada de los tipos de interés ha mantenido el coste de la hipoteca prácticamente invariable", remachaba.Desde el punto de vista económico, cabría esperar que el fin del periodo de dependencia de las ganancias inmobiliarias para impulsar la economía fomentara una mayor inversión en sectores productivos de la economía, inciden ahora Reid y los suyos desde el servicio de análisis del banco alemán. El Reino Unido tiene, de hecho, un bajo nivel de inversión en comparación con sus homólogos. "La obsesión por la vivienda podría ser en parte la culpable. Cómo impulsar esto es un reto al que se enfrentan los líderes políticos actuales. Un rayo de esperanza para quienes no han entrado aún en el mercado inmobiliario debería ser que la vivienda se está volviendo poco a poco más asequible, aunque las subidas de los tipos de interés limiten su asequibilidad en términos de cuotas hipotecarias mensuales", remachan los autores.