La Leyenda de los Lagomorfos
Capítulo I
En el antiguo reino de Conejistán todos sus habitantes crecían escuchando la misma promesa:
—“Algún día tendrás tu propia madriguera.”
Y así comenzaba la gran carrera.
Los conejos jóvenes y llenos de vida encontraban pareja pronto. Requerían de una madriguera grande con espacio para las crías porque las futuras camadas necesitaban estar a resguardo.
Llenaron sus nuevas madrigueras con pequeños gazapos y en los comederos no faltaban zanahorias en aquellas primaveras largas y felices. Todo parecía destinado a durar para siempre. Durante años —décadas incluso—, aquello funcionó con un ritmo que todos consideraban perfectamente conveniente y normal.
Abundaban las zanahorias y aquellas madrigueras, a pesar de estar construidas con alambre tejido y chapa, y amontonadas unas sobre otras formando grandes prismas —como extrañas colinas cuadradas—, tenían todo el espacio necesario: reproducirse tenía todo el sentido del mundo. Las crías corrían por los túneles llenando el espacio con el ruido de sus patitas, y la vida parecía explotar en cada rincón.
La civilización conejil vivió el sueño de una armonía disfuncional con la naturaleza, y terminó por creer que aquella abundancia era el estado natural del mundo, llegando a pensar que las zanahorias jamás dejarían de aparecer en sus comederos.
Pero en Conejistán nadie quería admitir que la vida, aunque transcurra a la velocidad de una tortuga, siempre termina por adelantar a los conejos que se duermen.
(Continuará)