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Autor Tema: La Leyenda de los Lagomorfos  (Leído 583 veces)

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conejo

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La Leyenda de los Lagomorfos
« en: Mayo 29, 2026, 14:26:14 pm »

La Leyenda de los Lagomorfos

Capítulo I

En el antiguo reino de Conejistán todos sus habitantes crecían escuchando la misma promesa:

—“Algún día tendrás tu propia madriguera.”

Y así comenzaba la gran carrera.

Los conejos jóvenes y llenos de vida encontraban pareja pronto. Requerían de una madriguera grande con espacio para las crías porque las futuras camadas necesitaban estar a resguardo.

Llenaron sus nuevas madrigueras con pequeños gazapos y en los comederos no faltaban zanahorias en aquellas primaveras largas y felices. Todo parecía destinado a durar para siempre. Durante años —décadas incluso—, aquello funcionó con un ritmo que todos consideraban perfectamente conveniente y normal.

Abundaban las zanahorias y aquellas madrigueras, a pesar de estar construidas con alambre tejido y chapa, y amontonadas unas sobre otras formando grandes prismas —como extrañas colinas cuadradas—, tenían todo el espacio necesario: reproducirse tenía todo el sentido del mundo. Las crías corrían por los túneles llenando el espacio con el ruido de sus patitas, y la vida parecía explotar en cada rincón.

La civilización conejil vivió el sueño de una armonía disfuncional con la naturaleza, y terminó por creer que aquella abundancia era el estado natural del mundo, llegando a pensar que las zanahorias jamás dejarían de aparecer en sus comederos.

Pero en Conejistán nadie quería admitir que la vida, aunque transcurra a la velocidad de una tortuga, siempre termina por adelantar a los conejos que se duermen.

(Continuará)


conejo

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Re:La Leyenda de los Lagomorfos
« Respuesta #1 en: Hoy a las 22:05:37 »

La Leyenda de los Lagomorfos

II

Con el tiempo, las nuevas generaciones de crías nacidas en aquellas colinas de aristas afiladas abandonaron sus hogares buscando crear sus propias familias.

Los que ya no estaban en edad de reproducirse envejecían juntos, con zanahorias frescas que aparecían cada mañana a la puerta de su morada.

Muchos fueron quedándose solos. Cada vez había más conejos mayores que, manteniendo su antiguo estilo de vida, continuaban habitando en su gran madriguera —diseñada para 4 o 6 conejos—, la cual los nuevos y abundantes miembros de la población envidiaban de forma soterrada.

Los nuevos conejos necesitaban un espacio que ya escaseaba para poder tener y criar a sus descendientes. Pero ahora, progresar al mismo ritmo al que ellos habían sido procreados y llevar el mismo estilo de vida que tuvieron sus padres resultaba cada vez más difícil. La tasa de reproducción de la especie comenzaba a tambalearse.

No era solo que no encontraran madrigueras nuevas, no. Había, además, un gran problema de fondo: los conejos jóvenes de esta generación no habían aprendido (al igual que sus padres tampoco lo hicieron) cómo construir sus propias madrigueras. Una habilidad primordial en la especie, un conocimiento transmitido de padres a hijos durante generaciones y que los hacía libres, había sido olvidado.



No era extraño ver a un único conejo anciano durmiendo solitario en lo más profundo de la madriguera —antes llena de pelusa que abrigaba a sus pequeños—, calentando una sola esquina y caminando, despacio y torpe, entre paredes llenas de recuerdos.

Mientras tanto, al otro lado del camino, grandes cantidades de conejos jóvenes que deseaban abandonar de forma instintiva su lugar de nacimiento y cría no encontraban una madriguera decente adonde ir a vivir. Cualquier nuevo hueco en las viejas madrigueras era ocupado rápidamente por varios ejemplares desconocidos entre sí.

Cada vez era más normal que la formación de parejas para tener crías se postergase hasta edades impensables apenas una o dos generaciones atrás, mientras nuevas costumbres de emparejamiento comenzaban también a extenderse por Conejistán.

Era habitual compartir pequeñas madrigueras en desuso con varios ejemplares desconocidos; asimismo, muchos otros conejos de diferente pelaje, llegados de tierras lejanas donde escaseaban las zanahorias, terminaban amontonados en madrigueras diminutas. En sus praderas de origen los depredadores acechaban y, agotados tras cruzar desiertos y montañas, usaban viejos cajones de zanahorias o pagaban, por un simple hueco en un túnel sin ventanas, hasta su último bocado de heno.



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