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Autor Tema: La Crisis hoy con explicaciones de los clásicos de ayer.  (Leído 1357 veces)

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La Crisis hoy con explicaciones de los clásicos de ayer.
« en: Marzo 01, 2012, 16:04:25 pm »
Hola amigos.

Abro este nuevo hilo con la finalidad de poner reflexiones, artículos o declaraciones que os parezcan curiosas y realtivas a la crisis actual, con la salvedad de que fueron hechas por personas claramente que han influenciado en el mundo, pero en el pasado, para ver si el pensamiento ha evolucionado o lo que dijeron algunos hace cientos de años aún está vigente.

La idea se me ha ocurrido cuando he leído este interesante artículo que os pongo a continucación. Que lo disfruteis.

http://www.rebelion.org/noticia.php?id=145466
Citar
Leyendo a Adam Smith para entender la situación actual

Federico Aguilera Klink
Rebelión


Decía en 1973 Galbraith, un lúcido economista de origen canadiense, que "Adam Smith es demasiado sabio y entretenido para relegarlo entre los conservadores, pocos de los cuales lo han leído alguna vez" (Anales de un liberal impenitente). El problema es que parece que tampoco lo han leído los que dicen no ser conservadores y así, en mi opinión, nos estamos perdiendo a una persona cuyas lúcidas y atinadas reflexiones nos podrían ayudar a entender mejor qué es lo que está pasando a la vez que disfrutar de su lectura. Además, Adam Smith prestaba atención a las motivaciones que podían explicar el comportamiento de las personas, no tratando de etiquetarlas sino de entenderlas para poder comprender mejor en qué tipo de sociedad se encuentra uno y qué podemos esperar de nosotros y de los demás. Para empezar, y frente al cliché de que defendía el egoísmo cómo motivo fundamental del comportamiento humano, creo que merece la pena destacar algunos párrafos de su Teoría de los sentimientos morales, publicada originalmente en 1759.

El ser humano: egoísmo y compasión

Así, en la primera página de este libro escribe, “Por más egoísta que se pueda suponer al hombre, existen evidentemente en su naturaleza algunos principios que le hacen interesarse por la suerte de otros, y hacen que la felicidad de éstos le resulte necesaria, aunque no derive de ella nada más que el placer de contemplarla. Tal es el caso de la lástima o la compasión, la emoción que sentimos ante la desgracia ajena cuando la vemos o cuando nos la hacen concebir de forma muy vívida (…) este sentimiento (…) no se halla en absoluto circunscrito a las personas más virtuosas y humanitarias (…) no se halla desprovisto de él totalmente ni el mayor malhechor ni el más brutal violador de las leyes de la sociedad (…) Como carecemos de la experiencia inmediata de lo que sienten las otras personas, no podemos hacernos ninguna idea de la manera en que se ven afectadas, salvo que pensemos cómo nos sentiríamos nosotros en su misma situación (…) nos vemos afectados por lo que siente la persona que sufre, al ponernos en su lugar”.

Es muy interesante ver que estas reflexiones intuitivas basadas en la observación y hechas hace más de dos siglos coinciden, básicamente, con lo que actualmente se sabe sobre el comportamiento humano. Así, Frans de Waal, en El mono que llevamos dentro (2005) defiende que somos “monos bipolares” y que “la visión que nos retrata como egoístas y mezquinos, con una moralidad ilusoria, debe revisarse. Si somos esencialmente antropoides (…) o al menos descendientes de antropoides, entonces nacemos con una gama de tendencias, desde las más básicas hasta las más nobles. Lejos de ser un producto de la imaginación, nuestra moralidad es el resultado del mismo proceso de selección que conformó nuestro lado competitivo y agresivo”.

Por eso, somos egoístas y, a la vez, compasivos. Y por eso, Smith estudia el egoísmo y también la compasión o la empatía. Es decir, la capacidad de ponernos en el lugar de los demás es una de las cuestiones a las que Smith le dedica una gran atención, llegando a precisar que hay otro sistema que “intenta explicar el origen de nuestros sentimientos morales a través de la compasión pero que es diferente del que he procurado exponer ya que defiende que la virtud consiste en la utilidad”.

Economía, justicia y prudencia

Es decir, Smith se desmarca de la utilidad como base de un comportamiento virtuoso o deseable e insiste en que “el hombre prudente mejora lo propio sólo cuando no afecta injustamente a los demás”, haciendo de la justicia la base de todo el sistema. Por eso llega a afirmar que “en la carrera hacia la riqueza…él podrá correr con todas sus fuerzas (…) Pero si empuja o derriba a alguno, la indulgencia de los espectadores se esfuma. Se trata de una violación del juego limpio, que no podrán aceptar (…) la sociedad nunca puede subsistir entre quienes están constantemente prestos a herir y dañar a otros (…) La beneficiencia, por tanto, es menos esencial para la existencia de la sociedad que la justicia. La sociedad puede mantenerse sin beneficiencia, aunque no es la situación más confortable; pero si prevalece la injusticia, su destrucción será completa (…) La beneficiencia…es el adorno que embellece el edificio….La justicia, en cambio, es el pilar fundamental en el que se apoya todo el edificio. Si desaparece, entonces el inmenso tejido de la sociedad humana…en un momento será pulverizada en átomos”. Esta distinción entre benevolencia, o caridad, y justicia es, desde mi punto de vista, de una gran relevancia en un momento en el que se ha definido a la familia como una ONG y en el que parece que la “solidaridad” está muy bien para “tapar” u ocultar la injusticia intrínseca a un sistema económico y la injusticia de una situación definida como crisis pero que en un lenguaje más preciso no es nada más que un saqueo de lo público y de los derechos sociales y humanos por parte de los empresarios, algo que tampoco es ajeno a lo que ya observaba Adam Smith en su época. La diferencia consiste en que ahora se utiliza una supuesta situación “democrática” para “legitimar” el citado saqueo, “por el bien de todos”.

Los efectos dañinos de los beneficios elevados

Quizás sea esa insistencia en la importancia de los “sentimientos morales” y su enojo con el comportamiento de los empresarios la que le hace expresarse con una virulencia que, desde mi punto de vista, refleja la enorme lucidez que no se ha querido ver en el Smith “etiquetado” como el “inventor” de la mano invisible. En este sentido sus reflexiones sobre el comportamiento de los empresarios, recogidas en La riqueza de las naciones, publicado en 1776, son antológicas y de una enorme actualidad. Por ejemplo, es poco conocida su crítica a los empresarios por quejarse éstos habitualmente de que la economía vaya mal debido, según ellos, a los altos salarios, excusa que se sigue repitiendo una y otra vez en una situación cuya causa original nada tiene que ver con salarios elevados, por lo que no están dispuestos a reconocer que los elevados beneficios pueden ser un problema más serio. “Nuestros comerciantes e industriales se quejan mucho de los efectos perjudiciales de los altos salarios, porque suben los precios y por ello restringen la venta de sus bienes en el país y en el exterior. Nada dicen de los efectos dañinos de los beneficios elevados. Guardan silencio sobre las consecuencias perniciosas de sus propias ganancias”.

¿Les suena esto? Parece muy apropiado para contextualizar las recientes reformas laborales, incluida la de Zapatero. De hecho, da la impresión de que no es necesario saber nada de economía pues, sea cual sea la causa del problema a resolver, la solución impuesta por los diferentes gobiernos (da igual que sea el PSOE, el PP o las posibles combinaciones de cualquiera de ellos con los partidos llamados nacionalistas) siempre consiste en bajar los salarios y las pensiones. ¿A qué gobierno le interesa debatir y profundizar honestamente sobre las causas del saqueo pudiendo bajar salarios y pensiones?

El control de los salarios (y del Parlamento) por los empresarios

¿Y cómo se forman los salarios? ¿Tienen algo que ver con la productividad? No es eso lo que parece pensar Smith pues “los patronos están siempre y en todo lugar en una especie de acuerdo, tácito pero constante y uniforme, para no elevar los salarios sobre la tasa que existe en cada momento. Violar este concierto es en todo lugar el acto más impopular, y expone al patrono que lo comete al reproche entre sus vecinos y sus pares. Es verdad que rara vez oímos hablar de este acuerdo, porque es el estado de cosas usual, y uno podría decir natural, del que nadie oye hablar jamás (…) Los patronos a veces entran en uniones particulares para hundir los salarios por debajo de esa tasa. Se urden siempre con el máximo silencio y secreto hasta el momento de su ejecución, y cuando los obreros, como a veces ocurre, se someten sin resistencia, pasan completamente desapercibidas.”

Por otro lado, sabe que el Parlamento está al servicio de los empresarios. “Los trabajadores desean conseguir tanto, y los patronos entregar tan poco, como sea posible. No resulta difícil prever cuál de las dos partes se impondrá habitualmente en la puja, y forzará a la otra a aceptar sus condiciones. Los patronos, al ser menos, pueden asociarse con más facilidad; y la ley, además, autoriza o al menos no prohíbe sus asociaciones, pero sí prohíbe las de los trabajadores (…) No tenemos leyes del Parlamento contra las uniones que pretenden rebajar el precio del trabajo; pero hay muchas contra las uniones que aspiran a subirlo (…) Además, en todos estos conflictos los patronos pueden resistir durante mucho más tiempo”.

Los intereses empresariales, las reglas y los intereses sociales

Y tampoco quedan muchas dudas sobre lo que según él podemos esperar de las regulaciones y leyes propuestas por los empresarios como hipotéticos interesados en el bien común. Al contrario, lo habitual es esperar de ellos engaños y opresión. En una sabia viñeta de El Roto, un político le dice a otro: “Ya no se creen las mentiras“ y el otro le contesta: “Así no se puede gobernar”. Y, efectivamente, Smith escribió: “ Cualquier propuesta de una nueva ley o regulación comercial que venga de esta categoría de personas (los empresarios) debe siempre ser considerada con la máxima precaución, y nunca debe ser adoptada sino después de una investigación prolongada y cuidadosa, desarrollada no sólo con la atención más escrupulosa, sino también con el máximo recelo. Porque provendrá de una clase de hombres cuyos intereses nunca coinciden exactamente con los de la sociedad, que tienen generalmente un interés en engañar e incluso oprimir a la comunidad, y que de hecho la han engañado y oprimido en numerosas oportunidades”. Más claro parece que no se puede decir y, sin embargo, en Lecciones de jurisprudencia, que constituyen los apuntes tomados por uno de sus estudiantes en el curso 1762/63, llega a afirmar de manera más contundente aún, y posiblemente siguiendo a Tomás Moro en la parte final de su Utopía, que “las leyes y el gobierno pueden ser considerados…, en todos los casos, como una coalición de los ricos para oprimir a los pobres y mantener en su provecho la desigualdad de bienes que, de otra forma, no tardaría en ser destruida por los ataques de los pobres”.

Desde luego estas citas no se corresponden con el Adam Smith que se “despacha” como ese supuesto acérrimo defensor del supuesto mercado libre que, supuestamente, guiaba la mano invisible. Como decía Galbraith refiriéndose a Smith, “pocos escritores jamás, y ciertamente ningún economista desde entonces, han sido tan divertidos, lúcidos o ricos en recursos, o, según el caso, tan devastadores (…) Con su desprecio por los subterfugios teóricos y su vivo interés por las cuestiones prácticas, hubiera tenido dificultades para obtener una cátedra con titularidad plena en una universidad moderna de primer rango”. Por eso animo a leerlo, a disfrutar de su sabiduría y a no dejárselo a aquellos que lo manipulan, bien despreciándolo o bien apropiándoselo, eso sí, sin haberlo leído en ningún caso.

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Re:La Crisis hoy con explicaciones de los clásicos de ayer.
« Respuesta #1 en: Marzo 02, 2012, 09:52:38 am »
Buena iniciativa.  La lectura de las fuentes originales y su análisis, libre de la influencia de "lo que dicen otros sobre lo que dice éste o aquél" es una de las primeras obligaciones de un buen transicionista y de toda persona que quiera tener un pensamiento propio, crítico e independiente.  Además de ser muy divertido.

Hay un buen libro al respecto de David Denby (creo que se escribía así).

A propósito, el propio Galbraith es una lectura excelente, el tío tenía muy buen humor, bastante socarrón a ratos, que lo hace muy agradable de leer.  Recomiendo entre otros "La cultura de la satisfacción".

Y sobre el texto aportado, totalmente de acuerdo.

Saludos.

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Re:La Crisis hoy con explicaciones de los clásicos de ayer.
« Respuesta #2 en: Marzo 06, 2012, 12:12:30 pm »
http://www.rebelion.org/noticia.php?id=86862

Citar
Adam Smith está más cerca de Karl Marx que de los que actualmente lo ensalzan

Eric Toussaint
CADTM

En las siguientes citas descubrimos que lo que escribió Adam Smith en los años de 1770 no está tan alejado de lo que escribieron Karl Marx y Friedrich Engels setenta años después, en el famoso Manifiesto comunista.

Según Adam Smith: «Por lo general, el trabajador de la manufactura añade, al valor de los materiales sobre los que trabaja, el de su propio mantenimiento y el beneficio de su patrono.»[2] Traducido en términos marxistas, eso significa que el obrero reproduce en el transcurso de su trabajo el valor de una parte del capital constante (es decir, los medios de producción —la cantidad de materias primas, de energía, la fracción del valor del equipo técnico utilizado, etc.— que entran en la producción de una mercadería determinada) al que se agrega el capital variable correspondiente a su salario y el beneficio de su patrono, que Marx denominó la plusvalía. Karl Marx y Adam Smith, en épocas diferentes, consideraron que el patrono no produce valor, cuando, por el contrario, es el obrero el que lo produce.

Según Adam Smith, el obrero crea valor... sin ningún coste para el capitalista: «Aunque el patrono adelante los salarios a los trabajadores, en realidad éstos no le cuestan nada, ya que el valor de tales salarios se repone junto con el beneficio en el mayor valor del objeto trabajado.»[3]

En el siguiente pasaje, Adam Smith analizó los conflictos de interés y la lucha de clases entre capitalistas y obreros

«Los salarios corrientes del trabajo dependen del contrato establecido entre dos partes cuyos intereses no son, en modo alguno, idénticos. Los trabajadores desean obtener lo máximo posible, los patronos dar lo mínimo. Los primeros se unen para elevarlos, los segundos para rebajarlos.

»No es difícil, sin embargo, prever cuál de las partes vencerá en la disputa y forzará a la otra a aceptar sus condiciones. Los patronos, al ser menos en número, pueden unirse fácilmente; y además la ley lo autoriza, o al menos no lo prohíbe, mientras que prohíbe las uniones de los trabajadores. No tenemos leyes parlamentarias contra la asociación para rebajar los salarios; pero tenemos muchas contra las uniones tendentes a aumentarlos. Además, en tales confrontaciones los patronos pueden resistir durante mucho más tiempo. Un terrateniente, un colono, un comerciante o un fabricante pueden, normalmente, vivir un año o dos con los capitales que ya han adquirido, y sin tener que emplear a ningún trabajador. En cambio, muchos trabajadores no podrían subsistir una semana, unos pocos podrían hacerlo durante un mes, y un número escaso de ellos podría vivir durante un año sin empleo. A largo plazo, el trabajador es tan necesario para el patrono como éste lo es para él, pero la necesidad del patrono no es tan inmediata.

»Se suele decir que la unión de los patronos es muy rara y que la de los trabajadores es muy frecuente. Pero los que, de acuerdo con estos dichos, piensen que los patronos raramente se unen, son tan ignorantes de lo que pasa en el mundo como de este asunto. Los patronos están siempre y en todas partes en una especie de acuerdo tácito, pero constante y uniforme, para no elevar los salarios por encima de su nivel actual. La violación de dicho acuerdo es, en todas partes, impopular, y somete a quien así procede al reproche de sus vecinos e iguales. De hecho, oímos poco de estas uniones porque es lo normal, incluso se puede decir que es el estado natural de cosas de las que nunca se oye hablar. Los patronos constituyen, a veces, incluso uniones específicas para reducir los salarios por debajo de aquel nivel. Estos acuerdos se llevan a cabo siempre con el más absoluto silencio y secreto hasta que se ejecutan, y nunca se hacen públicos cuando los trabajadores se someten, como a veces ocurre, sin resistencia. No obstante, estas uniones se encuentran a menudo frente a uniones defensivas de los trabajadores, quienes en ocasiones, sin existir siquiera una provocación de este tipo, se unen para elevar los salarios. Las razones que esgrimen estriban a veces en el alto precio de los bienes de subsistencia y, a veces, en los grandes beneficios que los patronos sacan de su trabajo. Ahora bien, sean sus uniones defensivas u ofensivas, se suele hablar mucho de ellas. Para precipitar una solución recurren siempre a grandes alborotos y a veces a la violencia y a los atropellos más sorprendentes. Están desesperados y proceden con el frenesí propio del hombre en ese estado, cuya alternativa es morirse de hambre o forzar a sus patronos a que, por miedo, cumplan sus exigencias. En estas ocasiones los patronos reclamen tanto como ellos y exigen la ayuda de los magistrados civiles y el cumplimiento riguroso de las leyes establecidas con tanta severidad contra la asociación de sirvientes, trabajadores y jornaleros.»[4]

 

Lo que motiva al capitalista según Adam Smith

«El único motivo que mueve al poseedor de cualquier capital a emplearlo en la agricultura, en la manufactura, o en alguna rama del comercio mayorista o detallista, es la consideración a su propio beneficio particular. Las diferentes cantidades de trabajo productivo que puede poner en movimiento y los diferentes valores que puede añadir al producto anual de la tierra y trabajo de la sociedad, según se emplee de una u otra forma, nunca entran en sus pensamientos.»[5]

Adam Smith considera que hay tres clases sociales fundamentales: 1º. La clase de los terratenientes que vive de la renta; 2º. La que vive de los salarios y 3º. La clase capitalista que vive de los beneficios. Adam Smith identifica a su manera la conciencia y los intereses de estas tres clases sociales.

«Todo el producto anual de la tierra y el trabajo de cualquier país o, lo que viene a ser lo mismo, el precio conjunto de dicho producto anual, se divide de un modo natural, como ya se ha dicho, en tres partes: la renta de la tierra, los salarios del trabajo y los beneficios del capital, constituyendo, por tanto, la renta de tres clases de la sociedad: la que vive de la renta, la que vive de los salarios y la que vive de los beneficios. Estas son las tres grandes clases originarias y principales de toda sociedad civilizada, de cuyas rentas se deriva, en última instancia, la de cualquier otra clase. [...]»

Hablando de la clase de los rentistas, o sea, de los terratenientes, Adam Smith afirmaba: « Es la única de las tres clases, que percibe su renta sin que le cueste trabajo ni desvelos, sino que la percibe de una manera en cierto modo espontánea, independientemente de cualquier plan o proyecto propio para adquirirla. Esa indolencia, consecuencia natural de una situación tan cómoda y segura, no sólo convierte [a los miembros de esta clase] a menudo en ignorantes, si no en incapaces para la meditación necesaria para prever y comprender los efectos de cualquier reglamentación pública.

» El interés de la segunda clase, la que vive de los salarios, está tan vinculado con el interés general de la sociedad como el de la primera. [...] Sin embargo, aun cuando el interés del trabajador está íntimamente vinculado al de la sociedad, es incapaz de comprender ese interés o de relacionarlo con el propio. Su condición no le deja tiempo suficiente para recibir la información necesaria, y su educación y sus hábitos son tales que le incapacitan para opinar, aun en el caso de estar totalmente informado. Por ello, en las cuestiones públicas su opinión no se escucha ni considera, excepto en las ocasiones en que los patronos fomentan, apoyan o promueven sus reclamaciones, no por defender los intereses del trabajador, sino los suyos propios.

»La tercera clase la constituyen los patronos, o sea, los que viven de beneficios. El capital empleado con intención de obtener beneficios pone en movimiento la mayor parte del trabajo útil en cualquier sociedad. Los planes y proyectos de aquellos que emplean el capital regulan y dirigen las operaciones más importantes del trabajo, siendo el beneficio el fin perseguido con todos aquellos planes y proyectos. [...] Dentro de esta clase, los comerciantes y fabricantes son las dos categorías de personas que habitualmente emplean los mayores capitales, y que con su riqueza atraen la mayor parte de la consideración de los poderes públicos hacia sí. Como durante toda su vida están ocupados en hacer planes y proyectos, frecuentemente tienen mayor agudeza y talento que la mayor parte de los terratenientes. [...] Los intereses de los comerciantes que trafican en ciertos ramos del comercio o de las manufacturas siempre son distintos de los generales, y muchas veces totalmente opuestos. El interés del comerciante consiste siempre en ampliar el mercado y reducir la competencia. La ampliación del mercado suele coincidir con el interés público, pero la reducción de la competencia siempre está en contra de dicho interés, y sólo sirve para que los comerciantes, al elevar los beneficios por encima de su nivel natural, impongan, en beneficio propio, una contribución absurda sobre el resto de los ciudadanos. Cualquier propuesta de una nueva ley o reglamentación del comercio que provenga de esta clase deberá analizarse siempre con gran precaución, y nunca deberá adoptarse sino después de un largo y cuidadoso examen, efectuado no sólo con la atención más escrupulosa sino con total desconfianza, pues viene de una clase de gente cuyos intereses no suelen coincidir exactamente con los de la comunidad y que tienden a defraudarla y a oprimirla, como ha demostrado la experiencia en muchas ocasiones.»[6]

También encontramos en Adam Smith otros juicios que producen urticaria a los gobernantes y a los ideólogos que reivindican su herencia: «Nuestros comerciantes se quejan con frecuencia de los altos salarios del trabajo británico como la causa de que sus manufacturas no se vendan tan baratas en los mercados foráneos, pero no dicen nada de los altos beneficios del capital. Se quejan de las generosas ganancias de otra gente, pero no dicen nada de las propias. No obstante, los altos beneficios del capital británico pueden contribuir a elevar el precio de las manufacturas británicas, tanto, y en algunos casos quizá más, que los altos salarios del trabajo.»[7]

Esta declaración es una verdadera herejía para los patronos que adjudican a los costes salariales —siempre demasiados altos para su gusto— la responsabilidad de la inflación y de la falta de competitividad.

Estos elementos, tan esenciales en el pensamiento de Adam Smith (o incluso más) que la famosa mano invisible (que sólo menciona tres veces en su obra), son sistemáticamente pasados por alto por el pensamiento económico dominante.[8]

Una de las diferencias fundamentales entre Adam Smith y Karl Marx es que el primero, si bien era conciente de la explotación del obrero por el patrono, apoyaba a los patronos mientras que el segundo estaba por la emancipación de los obreros.

El preámbulo de los estatutos de la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT)[9] redactado por Karl Marx expresa el meollo de su posición:

«Considerando:

»Que la emancipación de los trabajadores debe ser obra de los trabajadores mismos;

que la lucha por la emancipación no ha de tender a constituir nuevos privilegios y monopolios, sino a establecer para todos los mismos derechos y los mismos deberes; y a la abolición de todos los regímenes de clase;

»Que el sometimiento del trabajador a los que monopolizan los medios de trabajo —o sea, la fuente de la vida— es la causa fundamental de la servidumbre en todas sus formas: miseria social, degradación intelectual y dependencia política;

»Que por lo mismo la emancipación económica de los trabajadores es el gran objetivo al que debe subordinarse todo movimiento político;

»Que todos los esfuerzos hechos hasta ahora han fracasado por falta de solidaridad entre los obreros de las diferentes profesiones en cada país, y por la ausencia de una unión fraternal entre los trabajadores de diversas regiones;

»Que la emancipación de los trabajadores no es un problema local o nacional, sino que, al contrario, es un problema social, que afecta a todos los países donde exista una sociedad moderna; estando necesariamente subordinada su solución al concurso teórico y práctico de los países más avanzados;

»Que el movimiento que resurge entre los obreros de los países más industriosos de Europa, al engendrar nuevas esperanzas, advierte solemnemente que no se incurra de nuevo en antiguos errores, y llama a la coordinación de todos los movimientos hasta ahora aislados;

»Por estas razones,

se funda la Asociación Internacional de Trabajadores.

Y declara:

»Que todas las sociedades y todos los individuos que se adhieran a ella reconocerán como la base de su conducta hacia todos los hombres, sin distinción de color, creencia o nacionalidad, la Verdad, la Justicia y la Moral,.

»Y por lo tanto, ningún derecho sin deberes, ningún deber sin derechos.»

[1] Eric Toussaint, doctor en ciencias políticas, es presidente del CADTM Bélgica (Comité para la anulación de la deuda del tercer mundo, www.cadtm.org ). Es coautor con Damien Millet del libro 60 preguntas 60 respuestas sobre la deuda, el FMI y el Banco Mundial, Icaria/Intermón, Barcelona, próxima edición.

[2] Adam Smith, La Riqueza  de las Naciones, (1776), Editorial Oikos-Tau, Barcelona, 1988, Libro II cap.III, pág. 387.

[3] Adam Smith, idem.

[4] Adam Smith, op. cit., libro I capítulo VIII, pp. 149, 150.

[5] Adam Smith, op. cit., libro II capítulo V, p. 428.

[6] Adam Smith, op. cit., libro I, capítulo XI, pp. 324-326.

[7] Adam Smith, op. cit.,libro IV capítulo VII, p. 640.

[8] Es el caso, por ejemplo, de Alan Greenspan, quien en su biografía La era de las turbulencias, aparecida en 2007, dedica siete páginas elogiosas a Adam Smith, pero expurga de su pensamiento cualquier referencia al trabajo asalariado como creador del beneficio, a la teoría del valor trabajo y a la lucha de clases. (Alan Greenspan, La era de las turbulencias: aventuras de un nuevo mundo, Ediciones B, SA, Barclona, 2008.)

[9] La Asociación Internacional de Trabajadores (AIT), conocida como la Primera Internacional, fue fundada en 1864. En ella participaron Karl Marx y Friedrich Engels. Allí se encontraban colectivistas antiautoritarios (la corriente internacional de Mijail Bakunin), colectivistas marxistas, mutualistas (partidarios de Pierre-Joseph Proudhon) y otros. Colaboraron conjuntamente militantes políticos, sindicalistas y cooperativistas. La AIT se dividió después de la derrota de la Comuna de París.
No es signo de buena salud el estar bien adaptado a una sociedad profundamente enferma

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Re:La Crisis hoy con explicaciones de los clásicos de ayer.
« Respuesta #3 en: Marzo 21, 2012, 13:46:37 pm »
http://dfc-economiahistoria.blogspot.com.es/2011/10/la-crisis-actual-desde-el-punto-de.html

La crisis actual desde el punto de vista de las "profecías" de Marx.

Nota: lo siento pero el autor del blog tiene bloqueado la posibildad de seleccionar el texto y no os lo puedo pegar aquí, así que tendreis que ir al enlace que os dejo, pero es muy buen artículo, además para quien no conozca el blog le gustará mucho seguro, echarle un buen vistazo.

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