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Autor Tema: COVID-19  (Leído 404310 veces)

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Saturio

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Re:COVID-19
« Respuesta #2790 en: Diciembre 29, 2021, 23:33:29 pm »
Yo pienso que a cualquier dirigente incompetente y malintencionado le viene bien el lío porque así siempre puede echarle la culpa de los problemas a algo y escurrir el bulto mientras parece que está muy ocupado convocando a la nación para dar mensajes y teniendo reuniones inútiles. Y ya si tiene el espantajo de "la ciencia" o "los científicos" para justificar las decisiones, ni te cuento.

También viene bien para decir que ha conseguido que Uropa nos de chorrocientosmil millones con los que va a solucionar todos los problemas y ponernos en órbita hasta saturno y que los ministros le hagan pasillo aplaudiendo.

Si el virus es inflacionista pues mejor que mejor pero no creo que ni lo tuviesen pensado ni nada.


El_loco_de_las_coles

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Re:COVID-19
« Respuesta #2791 en: Enero 05, 2022, 10:10:31 am »
Macron ha dicho que piensa "joder" (sí, ha utilizado esa expresión en francés) a los no vacunados todo lo que pueda.

Una vez mas, muchas gracias a todos los que nos han traido hasta aquí, ya teneis la sociedad que queriais. Espero que esteis contentos. Yo no digo lo que os haría para que no me cierren la cuenta, pero bueno, ya lo imaginais.

CHOSEN

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Re:COVID-19
« Respuesta #2792 en: Enero 05, 2022, 11:07:13 am »
Ha perdido el norte.
A falta de un enemigo externo en Europa -que los hay- están buscando enemigos dentro de las fronteras, cometiendo el error estratégico de atacar a sus propios ciudadanos. Es un error histórico.
No por la relevancia, sino por la simbología del ataque.
Están completamente locos.
Exigiendo carnets digitales a personas que ni siquiera tienen obligación de tener smartphone. Pretendiendo expulsar de la vida social a ingenieros, arquitectos, abogados, jueces... que no quieren o no pueden ser parte del ensayo clínico de una multinacional extranjera.

Son unos iluminados que pretenden salvar al planeta, y luego no son capaces ni de sincronizar los semáforos de una ciudad.
« última modificación: Enero 05, 2022, 11:09:24 am por CHOSEN »

wanderer

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Re:COVID-19
« Respuesta #2793 en: Enero 05, 2022, 12:04:55 pm »
Yo no soy antivacunas (de hecho, estoy vacunado, y cuando pueda, me vacunaré con una nueva dosis de refuerzo), pero soy antiantivacunas. ¡Menuda gentuza los pro-vacunas!

Y negar (o minimizar) los efectos secundarios de las vacunas es tan oscurantista como peligroso. De hecho, yo he sufrido efectos adversos probablemente relacionados con la vacunación, y no estoy en contra de ella por ello, pero lo que no voy a hacer es negar su existencia (estoy seguro de que hay toda una gama de efectos relacionados con ellas, y con una prevalencia no desdeñable en conjunto, pero será muy difícil averiguarlo por la poca voluntad de estudiar aquellos efectos que no sean más graves).

Además, como la propia OMS reconoce, estar o no vacunado no es realmente relevante en lo que a la capacidad de contagio se refiere.

Israel ya se está planteando que vacunación sí, pero contagio masivo, también, para poder adquirir inmunidad natural.
"De lo que que no se puede hablar, es mejor callar" (L. Wittgenstein; Tractatus Logico-Philosophicus).

Saturio

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Re:COVID-19
« Respuesta #2794 en: Enero 05, 2022, 13:26:25 pm »

Israel ya se está planteando que vacunación sí, pero contagio masivo, también, para poder adquirir inmunidad natural.

Pero es que eso tampoco está claro. Hay gente reinfectada (o al menos eso dicen los test).

CHOSEN

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Re:COVID-19
« Respuesta #2795 en: Enero 05, 2022, 13:42:35 pm »
Nada de lo que está sucediendo tiene sentido lógico identificable a primera vista.
No tiene sentido el interés en vacunar contra un virus NUEVO con una vacuna NUEVA sin saber ni siquiera como van a evolucionar, ni el virus ni la vacuna.
-La primera cuestión, la evolución del virus NUEVO (hago énfasis en lo de nuevo) ya hemos visto que ha derivado a una variante fantástica dizque resfriado, contra la que las vacunas no tienen eficacia.
-La segunda cuestión rspecto a la novedad del tratamiento, la comprobaremos dentro de 10 años, como siempre se ha hecho con los medicamentos.

Por lo tanto, no tiene ninguna lógica ese interés en inyectar a la gente con una vacuna nueva pero anticuada contra un virus que ya no está, sin saber cómo va a ser la evolución de ambos. Es decir, no se pueden juntar estas dos proposiciones y obtener un resultado lógico. Si A entonces No B.

Yo puedo entender una vacunación obligatoria (no la apoyaría, pero la entiendo) contra la difteria, contra la meningitis, contra un montón de enfermedades conocidas que sabemos que no han mutado mágicamente, y para las cuales existe vacuna de eficacia contrastada. Repito: puedo llegar a entender la obligatoriedad "social" en estos casos, aunque no lo defendería.

¿Pero esto?
¿Obligatoriedad de un tratamiento/vacuna nuevo y experimental contra un virus que ha dejado las primeras vacunas inservibles en 6 meses?
No hay por donde cogerlo.
« última modificación: Enero 05, 2022, 13:44:14 pm por CHOSEN »

Marv

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Re:COVID-19
« Respuesta #2796 en: Enero 05, 2022, 15:04:59 pm »
No "se" han vuelto locos, nos hemos vuelto locos. "Ellos" hacen lo de siempre, contentar a las masas y sacar partido.

Lo explica brillantemente el gordito rancio:

https://www.abc.es/xlsemanal/firmas/juan-manuel-de-prada-chivos-expiatorios.html

Citar
En el capítulo 16 del Levítico se nos cuenta el caso del chivo o macho cabrío que los israelitas expulsaban de la ciudad y enviaban al desierto, en el Día de la Expiación, con todas las faltas e impurezas del pueblo cargadas simbólicamente sobre sus lomos; y de este modo el pueblo quedaba purificado.

Seguramente quien más a fondo haya estudiado esta figura del chivo expiatorio haya sido el filósofo francés René Girard, que dedicó gran parte de su obra a analizar los mecanismos de la violencia ritual tanto en las sociedades primitivas como en las contemporáneas. En su ensayo El chivo expiatorio, por ejemplo, Girard analiza los «estereotipos de la persecución» que afloran en las sociedades humanas cuando entran en un estado de crisis que tarde o temprano acaba resolviéndose mediante la proyección de la culpa sobre uno o varios inocentes. Las circunstancias que detonan estas persecuciones pueden ser internas (disturbios políticos o conflictos religiosos, por ejemplo) o bien externas (epidemias, sequías o inundaciones); y muy frecuentemente las circunstancias internas y externas forman amalgama –como ha ocurrido con motivo de la plaga coronavírica–, incendiando de pánico a los pueblos. En este clima de pánico se produce invariablemente una disolución de los vínculos sociales, de los afectos y solidaridades que se entablan en una comunidad sana, hasta que los pueblos degeneran en masa amorfa, en multitud o turba de perseguidores que necesitan achacar a alguien su infortunio, hasta convencerse –citamos de nuevo a Girard– «de que un pequeño número de individuos, o incluso uno solo, puede llegar, pese a su debilidad, a ser extraordinariamente nocivo para el conjunto de la sociedad». El pánico degenera siempre en eclipse de la conciencia, en irracionalidad rampante y orgullosa que sólo se aplaca cuando encuentra una diana que satisfaga su apetito de violencia. Y esa diana es el chivo expiatorio, a quien por supuesto los demagogos se apresuran a señalar, para hacer creer a la masa que velan por ella. Es exactamente lo que hace el cabrón de Caifás, ante el miedo y la confusión que padecen los fariseos y los miembros del Sanedrín: «Nos conviene que uno muera por el pueblo», afirma. Y es que nada conviene tanto a los demagogos como los chivos expiatorios.

Los ‘no vacunados’ se han convertido hoy en los ‘enemigos’ de una sociedad pastoreada por demagogos que comercian con sus miedos

El pánico desatado por la plaga coronavírica, convenientemente azuzado por los demagogos, ha favorecido la construcción de un ‘responsable’ del infortunio colectivo. Primeramente un ‘responsable’ externo, el malhadado virus que nos golpea incansablemente, haciendo caso omiso de la protección de las llamadas ingenuamente ‘vacunas’, que poco a poco se revelan por completo ineficaces. Pero, una vez inoculados, no podemos aceptar que aquella ‘vacuna’ que se nos presentó como un antídoto infalible se revele un mejunje inane; y entonces nuestra conciencia moral se ofusca y nos convencemos de que necesitamos construir también un ‘enemigo’ interno, un chivo expiatorio sobre cuyos lomos podamos cargar nuestra frustración rabiosa.  Ese chivo expiatorio es el ‘no vacunado’, que ninguna culpa tiene de que las llamadas ‘vacunas’ hayan resultado un fiasco; pero supersticiosamente hemos llegado a creerlo así, sobre todo después de que los demagogos lo señalen y estigmaticen. Se trata de un eclipse completo de la razón, de una emergencia de atavismos infames que los demagogos están utilizando a conciencia –como Caifás empleó el miedo del Sanedrín–, para que su incompetencia y perversidad queden impunes. Y aquellos ‘valores’ democráticos antaño adorados (en realidad, engañifas para consumo de ingenuos) han quedado de repente conculcados para el chivo expiatorio, que aparece como un delincuente a los ojos de las masas cretinizadas, mientras los medios de propaganda del régimen aplauden psicopáticamente esta persecución, que consideran una labor cívica. Como en otro tiempo los cristianos fueron calumniados de incendiarios de Roma –no sólo por la plebe, sino incluso por un historiador tan cultivado como Tácito– los ‘no vacunados’ se han convertido hoy en los ‘enemigos’ de una sociedad pastoreada por demagogos que comercian con sus miedos e inventan los bulos más burdos, con tal de poder desviar hacia los ‘no vacunados’ su frustración rabiosa, que así no se dirige contra los auténticos causantes de su mal (que entretanto se pueden seguir forrando tranquilamente). Y, mientras expulsan de la vida social a los ‘no vacunados’, mientras los denigran y señalan, mientras los estigmatizan y convierten en apestados, se enorgullecen de su civismo, como los paganos de antaño se enorgullecían de crucificar cristianos, en la seguridad de que su sangre aplacaría la cólera de los dioses. Pobres ilusos.
« última modificación: Enero 05, 2022, 15:07:15 pm por Marv »

El_loco_de_las_coles

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Re:COVID-19
« Respuesta #2797 en: Enero 07, 2022, 11:33:22 am »
CHOSEN estás pensando en términos lógicos, "no tiene sentido lo que están haciendo", "se han vuelto locos" y demás.

Nadie se ha vuelto loco.

Estamos siendo testigos de la mayor psy-op de la historia de la humanidad. Basta con encender la televisión para verlo. Cualquier persona que consuma la televisión todos los días está siendo sometida a una tortura psicológica sin precedentes. Pero esto no es debido a una mano negra que mueva los hilos, es debido a las propias dinámicas perversas del sistema.

Ejemplos: El trabajo de los periodistas es generar interacciones, clicks y audiencias, y cuanto más catastrófica sea la situación más audiencia tienen. Los periodistas llaman a sus programas a "expertos" para analizar la situación. A un epidemiólogo que llaman desde televisión le conviene que la epidemia siga manteniendose, si no se mantiene no le llaman más. Un político que asuma que la situación de crisis ocurrida en 2020 ya se ha acabado está perdiendo el poder que ha obtenido. Un policía que asuma que la situación de crisis ocurrida en 2020 ya se ha acabado está perdiendo el poder que ha obtenido.

Hay demasiados actores con demasiado poder que están muy cómodos en la distopía totalitaria que estamos viviendo. Y hay otro punto fundamental: un vacunado es una persona que se ha involucrado personalmente tanto que NECESITA creer que los "anti-vacunas" no tengan razón. Da igual que la realidad esté demostrando día tras día que varias de las objeciones de los anti-vacunas son ciertas, el caso es que la mayoría de la gente ha sido sometida a terrorismo psicológico y encima se ha inyectado en el cuerpo una sustancia que le prometieron que serviría para parar todo esto. Quizá no sea "lógico" que esa persona, cuando ve que todo esto no se acaba, se vuelva contra los anti-vacunas en vez de contra quien le dijo lo que tenía que hacer, quizá no sea "lógico", sí, pero es lo normal.

Quien siga intentando analizar esta situación bajo el prisma de "la lógica" o "la ley" las va a pasar muy putas. Estamos metidos de lleno en la situación más fea desde la Segunda Guerra Mundial (muchos hemos entendido lo que pasó entonces a raiz de la pandemia) y no tiene ninguna pinta de que vayamos a salir de esta psicosis colectiva en los próximos años.

CHOSEN

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Re:COVID-19
« Respuesta #2798 en: Enero 07, 2022, 12:55:28 pm »
Ojo, que no digo que no haya lógica.
Digo que no es apreciable a simple vista. Es decir, la lógica está oculta.
Luego, dentro de esta ofuscación de la lógica, tenemos dos posibilidades:
- Que exista un plan oculto y la lógica responda a ese plan oculto. Conspiración.
- Que la dinámica del sistema -la cual no es visible a simple vista- desemboca en un desarrollo de los acontecimientos tal cual los estamos viviendo. Teoría del caos interconectado y global. Una serie de intereses personales que se amplifican por los engranajes del mismo sistema. Justo lo que tu estás diciendo, que coincide también con lo que yo creo.
--> Por ejemplo, las bajas "semi-incentivadas" y vacaciones del personal sanitario del sist. público, justo en las fechas previas a las fiestas (verano, semana santa, navidades) desembocan en una saturación hospitalaria caótica cuando se suman al pánico de tests barateros que dan positivo por gripe, junto a la alerta machacona de un virus 24h en televisión. Lo uno lleva a lo otro, lo otro a lo uno, se retroalimentan, y obtenemos el huracán provocado por una mariposa.

Entre bambalinas, los sacerdotes aztecas ejercen como muñidores del eclipse.
La realidad es que el eclipse no es obra suya, pero evidentemente... no van a dejar pasar la oportunidad de aprovecharse de ello.
Esto hace que gente ilusa pueda caer en la Opción 1, la del plan oculto.
No hay nada de oculto en Bill Gates invirtiendo en farmacéuticas, en un mundo globalizado donde 3.000 millones de chinos e indios van a empezar a acceder a sistemas sanitarios públicos (pagados con impuestos) los próximos 30-50 años.
Si yo tuviera dinero también lo estaría haciendo.

torre01

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Re:COVID-19
« Respuesta #2799 en: Enero 07, 2022, 20:07:33 pm »
Judge Rejects FDA's 75 Year Delay On Vax Data, Cuts To Just 8 Months
https://www.zerohedge.com/covid-19/judge-rejects-fdas-75-year-delay-vax-data-cuts-8-months

BY TYLER DURDEN
FRIDAY, JAN 07, 2022 - 06:11 AM

A federal judge has rejected a request by the FDA to produce just 500 pages per month of the data submitted by Pfizer to license its Covid-19 vaccine - and has ordered them to produce 55,000 pages per month. Assuming there are roughly 450,000 pages, that means it will take just over eight months for the world to see what's under the hood.

On behalf of a client, my firm requested that the FDA produce all the data submitted by Pfizer to license its Covid-19 vaccine.  The FDA asked the Court for permission to only be required to produce at a rate of 500 pages per month, which would have taken over 75 years to produce all the documents.

I am pleased to report that a federal judge soundly rejected the FDA’s request and ordered the FDA to produce all the data at a clip of 55,000 pages per month!

This is a great win for transparency and removes one of the strangleholds federal “health” authorities have had on the data needed for independent scientists to offer solutions and address serious issues with the current vaccine program – issues which include waning immunity, variants evading vaccine immunity, and, as the CDC has confirmed, that the vaccines do not prevent transmission.

No person should ever be coerced to engage in an unwanted medical procedure.  And while it is bad enough the government violated this basic liberty right by mandating the Covid-19 vaccine, the government also wanted to hide the data by waiting to fully produce what it relied upon to license this product until almost every American alive today is dead.  That form of governance is destructive to liberty and antithetical to the openness required in a democratic society.

In ordering the release of the documents in a timely manner, the Judge recognized that the release of this data is of paramount public importance and should be one of the FDA’s highest priorities.  He then aptly quoted James Madison as saying a “popular Government, without popular information, or the means of acquiring it, is but a Prologue to a Farce or a Tragedy” and John F. Kennedy as explaining that a “nation that is afraid to let its people judge the truth and falsehood in an open market is a nation that is afraid of its people.”

The following is the full text of the Judge’s order, a copy of which is
https://www.sirillp.com/wp-content/uploads/2022/01/ORDER_2022_01_06-9e24e298ae561d16d68a3950ab57077b.pdf

(Aviso: el link da aviso de página web peligrosa, se accede al *.pdf)



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Re:COVID-19
« Respuesta #2800 en: Enero 11, 2022, 12:02:00 pm »
Les dejo comunicado de la Sociedad Española de Medicina Familiar y Comunitaria (SEMFYC).


Citar

Hacia el fin de la excepcionalidad

El cambio de año viene marcado por el sexto período epidémico de COVID-19 en España. Esta ola ha sido distinta a todas las demás: la llegada de ómicron está dejando una gran cantidad de infecciones con niveles máximos de incidencia, pero con pocos casos graves en términos relativos. Según datos del Instituto de Salud Carlos III, actualmente la mitad de las infecciones detectadas son asintomáticas y los indicadores de hospitalización y muerte están en mínimos históricos1. Esto se debe en parte a la menor patogenicidad intrínseca de ómicron respecto a variantes previas, y también a su mayor facilidad para infectar a personas con inmunidad previa (por infección o por vacuna) y que, por tanto, presentan un riesgo bajo de enfermedad grave.

La baja frecuencia de enfermedad grave, junto a la saturación tanto de la Atención Primaria como de Salud Pública por casos leves, nos debe llevar a replantearnos cómo afrontar la pandemia a partir de este momento. Desde el Comité de Redacción de AMF queremos contribuir a este debate a partir de cinco ideas clave.
El virus no va a desaparecer

El escenario más probable es que el SARS-CoV-2 conviva con nosotros durante muchos años. Hasta el momento se ha presentado en forma de períodos epidémicos con alta concentración de infecciones durante un período corto de tiempo (8-10 semanas). No sabemos si en el futuro seguirán existiendo este tipo de olas ni con qué cadencia (por ejemplo, la gripe o el virus respiratorio sincitial (VRS) se presentan en una única epidemia anual) o si entrará en una endemia estacional con una circulación más o menos constante durante los meses fríos (como hacen muchos otros virus respiratorios, entre ellos los cuatro coronavirus catarrales que afectan a los humanos). Tampoco es descartable, aunque resulta poco probable, que acabe desapareciendo como sucedió con el SARS-CoV-1, que circuló entre 2002 y 2004.

Hay cuatro factores que determinan el nivel de circulación de un virus respiratorio en cada momento: factores del propio microrganismo (aparición de mutaciones que lo hacen más contagioso, por ejemplo), la inmunidad desarrollada por la población (ya sea por infección previa o por vacunación), la estacionalidad (cada virus tiene sus meses predilectos) y el comportamiento humano (factores no solo individuales, sino también sociales y culturales). Del equilibrio de estos factores dependerá el futuro de la epidemia.

Los virus mutan constantemente y la selección natural favorece aquellas mutaciones que devienen en una mayor contagiosidad (y, en menor medida, aquellas que provocan menos gravedad). La variante ómicron cumple ambas condiciones, y podría representar un paso en la evolución de SARS-CoV-2 hacia un coronavirus catarral; solo el tiempo dirá si es así. En sentido inverso, los humanos nos infectamos (o más recientemente nos vacunamos) y en este proceso desarrollamos una respuesta inmunológica que nos protege de nuevas infecciones y especialmente de enfermar de forma grave en el futuro. De esta forma se llega a un equilibrio o conllevancia entre virus y humanos: infecciones leves y repetidas durante la infancia y la juventud van construyendo una buena inmunidad que nos protege de infecciones potencialmente graves en la edad avanzada.

La aparición súbita de un nuevo microrganismo rompe temporalmente este equilibrio, ya que muchas personas sin inmunidad previa tienen su primer contacto con el virus a una edad con más riesgo de enfermedad grave; este hecho, junto a la gran sincronización de muchos casos iniciales por ser toda la población susceptible, puede llevar al colapso al sistema sanitario. Por suerte, vivimos en una época donde las vacunas pueden simular esas infecciones leves iniciales y generar inmunidad en personas mayores sin los riesgos que representaría una infección natural. Lo esperable sería que, una vez vacunadas las personas vulnerables, todos nos contagiemos múltiples veces en nuestros repetidos contactos con el virus, y que este hecho vaya mejorando nuestra inmunidad tanto individual como colectiva. Cada nueva ola aumenta la inmunidad poblacional hasta lograr un equilibrio entre la evolución del virus y la capacidad de nuestro sistema inmunitario para combatirlo.
Vacunación basada en la evidencia y la equidad

Desde el principio de la pandemia sabemos que el riesgo de enfermedad grave no es homogéneo, siendo la edad avanzada el principal factor de riesgo para hospitalización y muerte. Desde finales de 2020 disponemos de varias vacunas que han demostrado ser muy efectivas para la prevención de la enfermedad grave. Los ensayos clínicos iniciales se han visto corroborados por los datos de uso en el mundo real, que han arrojado una efectividad que pocos habríamos imaginado unos meses atrás.

No obstante, aunque las vacunas siguen siendo muy efectivas contra la enfermedad grave, no lo son tanto contra la infección y la enfermedad leve, especialmente con ómicron2. Mientras la protección contra la infección, mediada por la inmunidad humoral, tiende a disminuir con el tiempo y la aparición de nuevas variantes, la protección contra la enfermedad grave se mantiene gracias a la inmunidad celular.

Como profesionales sanitarios, debemos intentar convencer a todas las personas de riesgo de que se vacunen, muy especialmente a aquellas que aún no se han infectado, porque estamos seguros del beneficio de las vacunas. A la gente joven y sana se les debe ofrecer la vacuna, pero vacunarlos no debe ser una prioridad del sistema de salud; en este caso hay que introducir valoraciones de beneficio-riesgo y de número de personas a vacunar para evitar una hospitalización o muerte. En el caso particular de la población infantil, la vacunación debería valorarse caso a caso entre la familia y su equipo de salud.

El papel de las dosis de recuerdo debe estudiarse con más detalle para analizar en qué grupos poblaciones pueden contribuir a una disminución adicional del riesgo de enfermedad grave. Necesitamos más estudios para aclarar a quién deben administrarse, cada cuánto tiempo, y si sería conveniente hacerlo con vacunas adaptadas a las nuevas variantes. En cualquier caso, parece claro que las dosis de recuerdo deberían reservarse para las poblaciones más vulnerables.

La disminución de la protección contra infección y enfermedad leve, especialmente con ómicron, tiene implicaciones importantes para la política de vacunación2. Vacunar a toda la población, incluyendo a la de muy bajo riesgo y la infantil, no va a evitar la circulación del virus. Vacunarse o no es una decisión individual, y no se debe presionar a nadie para que se vacune en aras de un beneficio colectivo que no sabemos hasta qué punto existe y cuánto tiempo podría durar. No lo hemos hecho nunca antes y no debemos hacerlo ahora. Los certificados de vacunación para acceder a ciertos servicios, más allá de las dudas éticas sobre su implantación, carecen de evidencia científica sobre su utilidad en la disminución de contagios y casos graves.

La situación de la vacunación a nivel mundial es profundamente inequitativa. Mientras los países ricos están vacunando a niños y niñas o administrando dosis de recuerdo a gente joven, algunos países pobres aún no han podido completar la vacunación de los mayores o los profesionales sanitarios; en África solo el 10% de la población ha completado la vacunación3. Siendo las vacunas un bien finito, entre todos tenemos el deber de racionalizar su uso en función del beneficio esperado de cada dosis administrada.
Comunicación para una sociedad adulta

Algunos gobiernos, «expertos» en COVID y medios de comunicación siguen usando el miedo como estrategia comunicativa. Los peores escenarios y las previsiones más catastrofistas siempre gozan de mayor espacio comunicativo. Errar por exceso de alarma siempre penaliza menos que errar por defecto. En general, sobra alarmismo y falta análisis y contexto.

Se retransmiten en directo cifras récord de contagios sin aclarar que la mitad son asintomáticos y que la inmunidad conseguida y la llegada de ómicron han roto por completo la relación entre contagios, enfermos, ingresos y muertes. Nunca antes ha existido tanta confusión entre el número de personas contagiadas, detectadas, contagiosas y enfermas. Tenemos que dejar de contar y reportar el número de infecciones diarias, que ya no tienen ningún interés: la sexta ola puede haber infectado a más del 10% de la población en pocas semanas, mientras que los casos graves se han mantenido en valores relativamente bajos1.

Lo importante siempre deberían haber sido las defunciones, y en este sentido nunca volveremos a la situación catastrófica de marzo y abril de 2020. En la comunicación de las defunciones es importante introducir conceptos como el exceso sobre la mortalidad esperada, los años potenciales de vida perdidos, y distinguir si las defunciones son por COVID o con COVID. Por otro lado, tendremos que admitir como sociedad (igual que hacemos con la gripe, el tabaquismo, los suicidios o los accidentes, entre otras muchas causas) que durante los próximos años habrá un número de defunciones por o con COVID que serán inevitables. La pandemia no acabará cuando no haya defunciones, sino cuando los medios y gobiernos les den el mismo tratamiento que al resto de causas.

Se ha usado también el miedo a un posible colapso hospitalario que obligue a demorar la atención a otras patologías, como sucedió durante la primera ola. Esa situación no se ha vuelto a producir o lo ha hecho de forma muy puntual, aunque continúa siendo cierto que una proporción muy pequeña de casos graves en un contexto de un número muy grande de infecciones simultáneas puede acabar por causar un número importante de hospitalizaciones. Habrá que homogeneizar protocolos de ingreso tanto convencional como a unidades de críticos, así como distinguir si hablamos de ingresos por COVID (cuadros de infección grave), con COVID (descompensaciones de otras patologías), hallazgos casuales (por ejemplo en las pruebas de ingreso por otros procesos) o infecciones nosocomiales. Conocer la estancia media y el porcentaje de pacientes que requieren ventilación mecánica también ayudarían a comprender mejor la dimensión del problema, así como la ocupación hospitalaria global (no solo el número de pacientes con un test positivo). Sea como fuere, ha habido tiempo suficiente para elaborar planes de contingencia que permitan ampliar la capacidad hospitalaria del sistema público de forma rápida si fuera necesario; no podemos colapsar la Atención Primaria indefinidamente y seguir hipotecando la vida social y económica del país para evitar un hipotético colapso hospitalario en el futuro.

Al miedo se le une a menudo la culpabilización. Contagiarse o contagiar un virus respiratorio no es culpa de nadie. Si los casos suben, no es porque «nos hayamos relajado» o porque «nos portemos mal». Como se ha visto, la dinámica de una epidemia es mucho más compleja y en ella influyen multitud de factores. No se pueden obviar además los determinantes sociales que contribuyen a la infección: imposibilidad de teletrabajar, necesidad de desplazarse en transporte público, hacinamiento o imposibilidad de aislarse en la vivienda, dificultad laboral para hacer aislamientos y cuarentenas, etc. Los gobiernos no pueden traspasar a los ciudadanos sus responsabilidades en estos ámbitos.
Recuperación de la (vieja) normalidad

Durante 2020 y 2021 se han ensayado multitud de medidas poblacionales para tratar de reducir la interacción social, con la asunción de que eso reduciría la circulación del virus y por ende las formas graves de la COVID-19. Estas medidas incluyen desde el confinamiento domiciliario inicial hasta confinamientos perimetrales, limitación de aforos o cierre de negocios, toques de queda, uso obligatorio de mascarillas, educación superior no presencial o limitación de reuniones. Los distintos países y comunidades autónomas han ensayado varias de estas medidas en distintos momentos, sin que hasta el momento tengamos una evaluación clara y rigurosa de cuál es la efectividad de cada una de ellas en términos de hospitalizaciones y defunciones, y cuáles son sus potenciales efectos nocivos: pérdidas económicas y de puestos de trabajo, conculcación de derechos fundamentales (circulación, reunión, propia imagen, educación), aumento de trastornos de salud mental, etc. En definitiva, ha faltado una correcta evaluación de la relación beneficio-riesgo de cada una de las medidas adoptadas y un verdadero debate social sobre su implantación. En el momento actual ya no tiene sentido mantenerlas y debe planificarse su eliminación, empezando por la absurda recuperación de la obligatoriedad de la mascarilla en espacios exteriores4.

Los gobiernos deben centrar sus esfuerzos en proteger a las personas más vulnerables en lugar de tratar de frenar, probablemente con poco éxito, la circulación del virus a nivel poblacional, circulación que, por otra parte, sabemos que mejora nuestra inmunidad. Esta protección focalizada se puede conseguir a partir de tres ejes: vacunación de las personas de riesgo, recomendaciones específicas para las personas vulnerables (minimizar contactos cercanos con personas con sintomatología respiratoria, valorar el uso de mascarillas FFP2 en situaciones de alto riesgo de contagio en momentos de incidencia elevada) y actuaciones específicas en ámbitos como las residencias geriátricas, que en algunas comunidades autónomas han concentrado más de la mitad de todas las defunciones por COVID-19. Cualquier política de salud debe contemplar la correcta atención a las residencias como una de sus prioridades.

Debemos recuperar cuanto antes la «vieja» normalidad, es decir, la vida como la conocíamos antes de marzo de 2020: sin mascarillas ni limitaciones de la interacción social. La prevención cuaternaria también debe aplicarse a la salud pública, y es especialmente urgente en el ámbito escolar. Sabemos que los niños y niñas no sufren las formas graves de la enfermedad ni son transmisores particularmente efectivos5, pero a pesar de ello tuvimos las escuelas cerradas durante meses, y luego les hemos impuesto las medidas más severas: uso de mascarilla durante toda la jornada, prohibición de mezcla entre grupos y pruebas y cuarentenas cada vez que se detecta un positivo. Estas medidas provocan dificultades en el aprendizaje y la socialización, además de dificultar la conciliación familiar al no existir ninguna ayuda para mantener las cuarentenas infantiles. El balance beneficio-riesgo es desfavorable y en estos casos la prudencia no es hacer muchas cosas, sino que, como sabemos en Atención Primaria, a menudo lo prudente es no hacer nada.
Dejar de hacer para poder hacer

La mayoría de países, entre ellos España, han implantado un sistema de control individual de los contagios basado en el testeo de los casos sospechosos y su aislamiento domiciliario en caso de resultar positivos, junto con el rastreo y cuarentena domiciliaria de sus contactos. Este sistema consume mucho tiempo y recursos y, como se ha vuelto a demostrar en la sexta ola, cuando aumenta de forma importante el número de casos deja de ser viable y colapsa rápidamente.

En España, el sistema pivota sobre la Atención Primaria. La detección de casos, el estudio de los contactos más cercanos, la prescripción de las bajas correspondientes y la atención a los enfermos de COVID-19, añadida a la atención habitual, han supuesto una carga en muchas ocasiones insoportable para los centros de salud. Esta sobrecarga, añadida a una ya muy precaria situación anterior, ha hecho imposible mantener nuestras señas de identidad: accesibilidad, longitudinalidad, presencialidad y equidad. Mantener el sistema de testeo y rastreo, gestionar los casos positivos por autodiagnóstico en asintomáticos, asumir la vacunación y afrontar las consecuencias de la pandemia han desplazado las actividades preventivas, el diagnóstico de nuevas enfermedades graves o el control de enfermedades crónicas6. Las consecuencias negativas de todo ello se verán en un futuro inmediato.

Como apuntaba Juan Simó en una excelente entrada en su blog7, ha llegado el momento de dejar de hacer para poder hacer: dejemos de visitar y testar a personas sanas con síntomas menores, dejemos de rastrear y testar a sus contactos, abandonemos los aislamientos y las cuarentenas. Todas estas actividades, que tuvieron sentido en el pasado, se han visto superadas con la inmunidad adquirida (tanto por infección como por vacunación) y la llegada de ómicron.

El objetivo debe ser tratar la COVID como hacemos con la gripe: diagnóstico clínico y recomendaciones generales sobre autocuidado y prevención de contagios a personas vulnerables, reservando la atención sanitaria para las personas que lo necesiten por su sintomatología o vulnerabilidad. Solo así podremos atender debidamente a quien de verdad lo necesite, por COVID o por cualquier otra dolencia.

La sexta ola y el colapso que ha producido en la Atención Primaria y en Salud Pública en muchas partes del país nos han hecho avanzar en esta dirección. El Consejo Interterritorial ha propuesto medidas8 como establecer criterios de priorización para el testeo en función de la sintomatología o la vulnerabilidad, la limitación del rastreo a ámbitos vulnerables, el acortamiento de los aislamientos o la eliminación de las cuarentenas en las personas vacunadas. Estas medidas deben consolidarse y mantenerse más allá de la actual situación de colapso, además de establecer un calendario realista para el cese progresivo del sistema de control de contagios. Es necesario un mensaje contundente y coordinado desde todas las instituciones para revertir la necesidad que hemos creado de realizar diagnóstico etiológico de las infecciones respiratorias leves, ya sea en los centros de salud o con test de autodiagnóstico; el diagnóstico etiológico debe reservarse solo para los sistemas centinela de vigilancia epidemiológica. La incapacidad temporal merece una mención especial: es el momento de apostar definitivamente por las bajas autodeclaradas para la patología aguda leve, como ya se hace en otros estados, asegurando la equidad de acceso.

Ni el sistema de salud ni la sociedad en su conjunto pueden permitirse continuar testando a personas asintomáticas o con síntomas leves y aislando a todos los positivos, con las consecuencias que ello conlleva a nivel social y económico por las bajas laborales masivas de personas sanas. Debemos acabar con la excepcionalidad: la COVID-19 debe ser tratada como el resto de enfermedades. La inmunidad adquirida y la llegada de ómicron así lo permiten.
En definitiva, 2022 debe ser el año de la recuperación no solo de la Atención Primaria, sino de nuestra vieja normalidad.

https://amf-semfyc.com/web/article/3063

salud
En hispanistán, todo lo que por ser impepinable para la vida humana sea susceptible de cortijo, será cortijeado.

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Re:COVID-19
« Respuesta #2801 en: Enero 11, 2022, 16:01:56 pm »
Les dejo comunicado de la Sociedad Española de Medicina Familiar y Comunitaria (SEMFYC).


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Hacia el fin de la excepcionalidad

El cambio de año viene marcado por el sexto período epidémico de COVID-19 en España. Esta ola ha sido distinta a todas las demás: la llegada de ómicron está dejando una gran cantidad de infecciones con niveles máximos de incidencia, pero con pocos casos graves en términos relativos. Según datos del Instituto de Salud Carlos III, actualmente la mitad de las infecciones detectadas son asintomáticas y los indicadores de hospitalización y muerte están en mínimos históricos1. Esto se debe en parte a la menor patogenicidad intrínseca de ómicron respecto a variantes previas, y también a su mayor facilidad para infectar a personas con inmunidad previa (por infección o por vacuna) y que, por tanto, presentan un riesgo bajo de enfermedad grave.

La baja frecuencia de enfermedad grave, junto a la saturación tanto de la Atención Primaria como de Salud Pública por casos leves, nos debe llevar a replantearnos cómo afrontar la pandemia a partir de este momento. Desde el Comité de Redacción de AMF queremos contribuir a este debate a partir de cinco ideas clave.
El virus no va a desaparecer

El escenario más probable es que el SARS-CoV-2 conviva con nosotros durante muchos años. Hasta el momento se ha presentado en forma de períodos epidémicos con alta concentración de infecciones durante un período corto de tiempo (8-10 semanas). No sabemos si en el futuro seguirán existiendo este tipo de olas ni con qué cadencia (por ejemplo, la gripe o el virus respiratorio sincitial (VRS) se presentan en una única epidemia anual) o si entrará en una endemia estacional con una circulación más o menos constante durante los meses fríos (como hacen muchos otros virus respiratorios, entre ellos los cuatro coronavirus catarrales que afectan a los humanos). Tampoco es descartable, aunque resulta poco probable, que acabe desapareciendo como sucedió con el SARS-CoV-1, que circuló entre 2002 y 2004.

Hay cuatro factores que determinan el nivel de circulación de un virus respiratorio en cada momento: factores del propio microrganismo (aparición de mutaciones que lo hacen más contagioso, por ejemplo), la inmunidad desarrollada por la población (ya sea por infección previa o por vacunación), la estacionalidad (cada virus tiene sus meses predilectos) y el comportamiento humano (factores no solo individuales, sino también sociales y culturales). Del equilibrio de estos factores dependerá el futuro de la epidemia.

Los virus mutan constantemente y la selección natural favorece aquellas mutaciones que devienen en una mayor contagiosidad (y, en menor medida, aquellas que provocan menos gravedad). La variante ómicron cumple ambas condiciones, y podría representar un paso en la evolución de SARS-CoV-2 hacia un coronavirus catarral; solo el tiempo dirá si es así. En sentido inverso, los humanos nos infectamos (o más recientemente nos vacunamos) y en este proceso desarrollamos una respuesta inmunológica que nos protege de nuevas infecciones y especialmente de enfermar de forma grave en el futuro. De esta forma se llega a un equilibrio o conllevancia entre virus y humanos: infecciones leves y repetidas durante la infancia y la juventud van construyendo una buena inmunidad que nos protege de infecciones potencialmente graves en la edad avanzada.

La aparición súbita de un nuevo microrganismo rompe temporalmente este equilibrio, ya que muchas personas sin inmunidad previa tienen su primer contacto con el virus a una edad con más riesgo de enfermedad grave; este hecho, junto a la gran sincronización de muchos casos iniciales por ser toda la población susceptible, puede llevar al colapso al sistema sanitario. Por suerte, vivimos en una época donde las vacunas pueden simular esas infecciones leves iniciales y generar inmunidad en personas mayores sin los riesgos que representaría una infección natural. Lo esperable sería que, una vez vacunadas las personas vulnerables, todos nos contagiemos múltiples veces en nuestros repetidos contactos con el virus, y que este hecho vaya mejorando nuestra inmunidad tanto individual como colectiva. Cada nueva ola aumenta la inmunidad poblacional hasta lograr un equilibrio entre la evolución del virus y la capacidad de nuestro sistema inmunitario para combatirlo.
Vacunación basada en la evidencia y la equidad

Desde el principio de la pandemia sabemos que el riesgo de enfermedad grave no es homogéneo, siendo la edad avanzada el principal factor de riesgo para hospitalización y muerte. Desde finales de 2020 disponemos de varias vacunas que han demostrado ser muy efectivas para la prevención de la enfermedad grave. Los ensayos clínicos iniciales se han visto corroborados por los datos de uso en el mundo real, que han arrojado una efectividad que pocos habríamos imaginado unos meses atrás.

No obstante, aunque las vacunas siguen siendo muy efectivas contra la enfermedad grave, no lo son tanto contra la infección y la enfermedad leve, especialmente con ómicron2. Mientras la protección contra la infección, mediada por la inmunidad humoral, tiende a disminuir con el tiempo y la aparición de nuevas variantes, la protección contra la enfermedad grave se mantiene gracias a la inmunidad celular.

Como profesionales sanitarios, debemos intentar convencer a todas las personas de riesgo de que se vacunen, muy especialmente a aquellas que aún no se han infectado, porque estamos seguros del beneficio de las vacunas. A la gente joven y sana se les debe ofrecer la vacuna, pero vacunarlos no debe ser una prioridad del sistema de salud; en este caso hay que introducir valoraciones de beneficio-riesgo y de número de personas a vacunar para evitar una hospitalización o muerte. En el caso particular de la población infantil, la vacunación debería valorarse caso a caso entre la familia y su equipo de salud.

El papel de las dosis de recuerdo debe estudiarse con más detalle para analizar en qué grupos poblaciones pueden contribuir a una disminución adicional del riesgo de enfermedad grave. Necesitamos más estudios para aclarar a quién deben administrarse, cada cuánto tiempo, y si sería conveniente hacerlo con vacunas adaptadas a las nuevas variantes. En cualquier caso, parece claro que las dosis de recuerdo deberían reservarse para las poblaciones más vulnerables.

La disminución de la protección contra infección y enfermedad leve, especialmente con ómicron, tiene implicaciones importantes para la política de vacunación2. Vacunar a toda la población, incluyendo a la de muy bajo riesgo y la infantil, no va a evitar la circulación del virus. Vacunarse o no es una decisión individual, y no se debe presionar a nadie para que se vacune en aras de un beneficio colectivo que no sabemos hasta qué punto existe y cuánto tiempo podría durar. No lo hemos hecho nunca antes y no debemos hacerlo ahora. Los certificados de vacunación para acceder a ciertos servicios, más allá de las dudas éticas sobre su implantación, carecen de evidencia científica sobre su utilidad en la disminución de contagios y casos graves.

La situación de la vacunación a nivel mundial es profundamente inequitativa. Mientras los países ricos están vacunando a niños y niñas o administrando dosis de recuerdo a gente joven, algunos países pobres aún no han podido completar la vacunación de los mayores o los profesionales sanitarios; en África solo el 10% de la población ha completado la vacunación3. Siendo las vacunas un bien finito, entre todos tenemos el deber de racionalizar su uso en función del beneficio esperado de cada dosis administrada.
Comunicación para una sociedad adulta

Algunos gobiernos, «expertos» en COVID y medios de comunicación siguen usando el miedo como estrategia comunicativa. Los peores escenarios y las previsiones más catastrofistas siempre gozan de mayor espacio comunicativo. Errar por exceso de alarma siempre penaliza menos que errar por defecto. En general, sobra alarmismo y falta análisis y contexto.

Se retransmiten en directo cifras récord de contagios sin aclarar que la mitad son asintomáticos y que la inmunidad conseguida y la llegada de ómicron han roto por completo la relación entre contagios, enfermos, ingresos y muertes. Nunca antes ha existido tanta confusión entre el número de personas contagiadas, detectadas, contagiosas y enfermas. Tenemos que dejar de contar y reportar el número de infecciones diarias, que ya no tienen ningún interés: la sexta ola puede haber infectado a más del 10% de la población en pocas semanas, mientras que los casos graves se han mantenido en valores relativamente bajos1.

Lo importante siempre deberían haber sido las defunciones, y en este sentido nunca volveremos a la situación catastrófica de marzo y abril de 2020. En la comunicación de las defunciones es importante introducir conceptos como el exceso sobre la mortalidad esperada, los años potenciales de vida perdidos, y distinguir si las defunciones son por COVID o con COVID. Por otro lado, tendremos que admitir como sociedad (igual que hacemos con la gripe, el tabaquismo, los suicidios o los accidentes, entre otras muchas causas) que durante los próximos años habrá un número de defunciones por o con COVID que serán inevitables. La pandemia no acabará cuando no haya defunciones, sino cuando los medios y gobiernos les den el mismo tratamiento que al resto de causas.

Se ha usado también el miedo a un posible colapso hospitalario que obligue a demorar la atención a otras patologías, como sucedió durante la primera ola. Esa situación no se ha vuelto a producir o lo ha hecho de forma muy puntual, aunque continúa siendo cierto que una proporción muy pequeña de casos graves en un contexto de un número muy grande de infecciones simultáneas puede acabar por causar un número importante de hospitalizaciones. Habrá que homogeneizar protocolos de ingreso tanto convencional como a unidades de críticos, así como distinguir si hablamos de ingresos por COVID (cuadros de infección grave), con COVID (descompensaciones de otras patologías), hallazgos casuales (por ejemplo en las pruebas de ingreso por otros procesos) o infecciones nosocomiales. Conocer la estancia media y el porcentaje de pacientes que requieren ventilación mecánica también ayudarían a comprender mejor la dimensión del problema, así como la ocupación hospitalaria global (no solo el número de pacientes con un test positivo). Sea como fuere, ha habido tiempo suficiente para elaborar planes de contingencia que permitan ampliar la capacidad hospitalaria del sistema público de forma rápida si fuera necesario; no podemos colapsar la Atención Primaria indefinidamente y seguir hipotecando la vida social y económica del país para evitar un hipotético colapso hospitalario en el futuro.

Al miedo se le une a menudo la culpabilización. Contagiarse o contagiar un virus respiratorio no es culpa de nadie. Si los casos suben, no es porque «nos hayamos relajado» o porque «nos portemos mal». Como se ha visto, la dinámica de una epidemia es mucho más compleja y en ella influyen multitud de factores. No se pueden obviar además los determinantes sociales que contribuyen a la infección: imposibilidad de teletrabajar, necesidad de desplazarse en transporte público, hacinamiento o imposibilidad de aislarse en la vivienda, dificultad laboral para hacer aislamientos y cuarentenas, etc. Los gobiernos no pueden traspasar a los ciudadanos sus responsabilidades en estos ámbitos.
Recuperación de la (vieja) normalidad

Durante 2020 y 2021 se han ensayado multitud de medidas poblacionales para tratar de reducir la interacción social, con la asunción de que eso reduciría la circulación del virus y por ende las formas graves de la COVID-19. Estas medidas incluyen desde el confinamiento domiciliario inicial hasta confinamientos perimetrales, limitación de aforos o cierre de negocios, toques de queda, uso obligatorio de mascarillas, educación superior no presencial o limitación de reuniones. Los distintos países y comunidades autónomas han ensayado varias de estas medidas en distintos momentos, sin que hasta el momento tengamos una evaluación clara y rigurosa de cuál es la efectividad de cada una de ellas en términos de hospitalizaciones y defunciones, y cuáles son sus potenciales efectos nocivos: pérdidas económicas y de puestos de trabajo, conculcación de derechos fundamentales (circulación, reunión, propia imagen, educación), aumento de trastornos de salud mental, etc. En definitiva, ha faltado una correcta evaluación de la relación beneficio-riesgo de cada una de las medidas adoptadas y un verdadero debate social sobre su implantación. En el momento actual ya no tiene sentido mantenerlas y debe planificarse su eliminación, empezando por la absurda recuperación de la obligatoriedad de la mascarilla en espacios exteriores4.

Los gobiernos deben centrar sus esfuerzos en proteger a las personas más vulnerables en lugar de tratar de frenar, probablemente con poco éxito, la circulación del virus a nivel poblacional, circulación que, por otra parte, sabemos que mejora nuestra inmunidad. Esta protección focalizada se puede conseguir a partir de tres ejes: vacunación de las personas de riesgo, recomendaciones específicas para las personas vulnerables (minimizar contactos cercanos con personas con sintomatología respiratoria, valorar el uso de mascarillas FFP2 en situaciones de alto riesgo de contagio en momentos de incidencia elevada) y actuaciones específicas en ámbitos como las residencias geriátricas, que en algunas comunidades autónomas han concentrado más de la mitad de todas las defunciones por COVID-19. Cualquier política de salud debe contemplar la correcta atención a las residencias como una de sus prioridades.

Debemos recuperar cuanto antes la «vieja» normalidad, es decir, la vida como la conocíamos antes de marzo de 2020: sin mascarillas ni limitaciones de la interacción social. La prevención cuaternaria también debe aplicarse a la salud pública, y es especialmente urgente en el ámbito escolar. Sabemos que los niños y niñas no sufren las formas graves de la enfermedad ni son transmisores particularmente efectivos5, pero a pesar de ello tuvimos las escuelas cerradas durante meses, y luego les hemos impuesto las medidas más severas: uso de mascarilla durante toda la jornada, prohibición de mezcla entre grupos y pruebas y cuarentenas cada vez que se detecta un positivo. Estas medidas provocan dificultades en el aprendizaje y la socialización, además de dificultar la conciliación familiar al no existir ninguna ayuda para mantener las cuarentenas infantiles. El balance beneficio-riesgo es desfavorable y en estos casos la prudencia no es hacer muchas cosas, sino que, como sabemos en Atención Primaria, a menudo lo prudente es no hacer nada.
Dejar de hacer para poder hacer

La mayoría de países, entre ellos España, han implantado un sistema de control individual de los contagios basado en el testeo de los casos sospechosos y su aislamiento domiciliario en caso de resultar positivos, junto con el rastreo y cuarentena domiciliaria de sus contactos. Este sistema consume mucho tiempo y recursos y, como se ha vuelto a demostrar en la sexta ola, cuando aumenta de forma importante el número de casos deja de ser viable y colapsa rápidamente.

En España, el sistema pivota sobre la Atención Primaria. La detección de casos, el estudio de los contactos más cercanos, la prescripción de las bajas correspondientes y la atención a los enfermos de COVID-19, añadida a la atención habitual, han supuesto una carga en muchas ocasiones insoportable para los centros de salud. Esta sobrecarga, añadida a una ya muy precaria situación anterior, ha hecho imposible mantener nuestras señas de identidad: accesibilidad, longitudinalidad, presencialidad y equidad. Mantener el sistema de testeo y rastreo, gestionar los casos positivos por autodiagnóstico en asintomáticos, asumir la vacunación y afrontar las consecuencias de la pandemia han desplazado las actividades preventivas, el diagnóstico de nuevas enfermedades graves o el control de enfermedades crónicas6. Las consecuencias negativas de todo ello se verán en un futuro inmediato.

Como apuntaba Juan Simó en una excelente entrada en su blog7, ha llegado el momento de dejar de hacer para poder hacer: dejemos de visitar y testar a personas sanas con síntomas menores, dejemos de rastrear y testar a sus contactos, abandonemos los aislamientos y las cuarentenas. Todas estas actividades, que tuvieron sentido en el pasado, se han visto superadas con la inmunidad adquirida (tanto por infección como por vacunación) y la llegada de ómicron.

El objetivo debe ser tratar la COVID como hacemos con la gripe: diagnóstico clínico y recomendaciones generales sobre autocuidado y prevención de contagios a personas vulnerables, reservando la atención sanitaria para las personas que lo necesiten por su sintomatología o vulnerabilidad. Solo así podremos atender debidamente a quien de verdad lo necesite, por COVID o por cualquier otra dolencia.

La sexta ola y el colapso que ha producido en la Atención Primaria y en Salud Pública en muchas partes del país nos han hecho avanzar en esta dirección. El Consejo Interterritorial ha propuesto medidas8 como establecer criterios de priorización para el testeo en función de la sintomatología o la vulnerabilidad, la limitación del rastreo a ámbitos vulnerables, el acortamiento de los aislamientos o la eliminación de las cuarentenas en las personas vacunadas. Estas medidas deben consolidarse y mantenerse más allá de la actual situación de colapso, además de establecer un calendario realista para el cese progresivo del sistema de control de contagios. Es necesario un mensaje contundente y coordinado desde todas las instituciones para revertir la necesidad que hemos creado de realizar diagnóstico etiológico de las infecciones respiratorias leves, ya sea en los centros de salud o con test de autodiagnóstico; el diagnóstico etiológico debe reservarse solo para los sistemas centinela de vigilancia epidemiológica. La incapacidad temporal merece una mención especial: es el momento de apostar definitivamente por las bajas autodeclaradas para la patología aguda leve, como ya se hace en otros estados, asegurando la equidad de acceso.

Ni el sistema de salud ni la sociedad en su conjunto pueden permitirse continuar testando a personas asintomáticas o con síntomas leves y aislando a todos los positivos, con las consecuencias que ello conlleva a nivel social y económico por las bajas laborales masivas de personas sanas. Debemos acabar con la excepcionalidad: la COVID-19 debe ser tratada como el resto de enfermedades. La inmunidad adquirida y la llegada de ómicron así lo permiten.
En definitiva, 2022 debe ser el año de la recuperación no solo de la Atención Primaria, sino de nuestra vieja normalidad.

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A ver si lo entiendo.. depués de dos años metiéndonos miedo y haciéndonos desconfiar del vecino por culpa de los pelígrosísimos asintomáticos, ¿ahora dicen que no se puede aislar a positivos asintomáticos?
Pero sí se podía encerrar a los sanos aunque fueran negativos ¿verdad?
Por esa misma regla el salvoconducto es un papel inútil ¿no?

¿Esta gente se ha caído del guindo después de dos años o ahora el daño supera a los beneficiones y toca un cambio de discurso?

puede ser

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Re:COVID-19
« Respuesta #2802 en: Enero 11, 2022, 17:52:37 pm »
El Malo: cambia el discurso porque cambian las circunstancias. Omicron es una bendición y los vulnerables ya están vacunados. También es verdad que en el texto se pueden intuir muchas críticas a excesos en las medidas tomadas en el pasado.
Me parece un muy buen comunicado, además realizado por los que saben de este asunto.

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Re:COVID-19
« Respuesta #2803 en: Enero 11, 2022, 19:26:57 pm »
El problema es que tanto tiempo de histeria, como todo en la vida, ha creado también sus intereses y sus dinámicas. Se ha jugado con este tema y ahora a ver quien para la bola. Los medios tendrían que empezar a desinflar el suflé del miedo atavico. Pero igual que los políticos, no tienen incentivo alguno para parar. Todo lo contrario.

En el caso de los médicos de familia, deben haber visto algún resquicio dentro del monolítico discurso oficial para osar salirse de la linde y no ser vilipendiados ipso facto. A parte de que deben estar de curro hasta el cuello. Y no subestimemos el artisteo nacional de bajas a gogo.... Una especie de great resignation para probes.....

Por cierto, igual que traían el otro día que el número de suicidios superaba los muertos por o con covid, me dice un familiar sanitario que el personal está colapsando los teléfonos de urgencias con el sacrosanto covi y que las verdaderas urgencias como llamadas al 112 o 061 por infartos, accidentes..... No pueden contactar con la diligencia requerida. Es lo que tiene hacer cundir el pánico..... Cuando baje la marea, vamos a flipar. Espero que por lo menos de aquí salga un nunca mais..... Iluso que es uno....

Salud

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Re:COVID-19
« Respuesta #2804 en: Enero 12, 2022, 09:04:39 am »
pedagógico.... e ilustrativo.


https://youtu.be/hFrUqXEUOY0

salud

pd. disculpen pero no consigo incrustar el vídeo
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