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FICHA || EL 'PATRÁS'.—En condiciones normales de mercado, el precio de la vivienda se forma 'palante' (para adelante). El primer coste es el suelo. El segundo, la construcción. Y el tercero, el margen del promotor. No hay más que estos tres conceptos principales de coste de la vivienda: suelo, constructor y promotor. Además, hay dos costes secundarios entrelazados o diseminados en cada fase y subfase del proceso de promoción-construcción: financieros y tributarios.Pero desde mediados de los 1980 no estamos en condiciones normales de mercado, sino que hemos montado una estafa.Bajo la estafa del Ladrillo, en la adquisición de vivienda, ya sea de la propiedad, ya del uso, hay presente un impuesto privado, es decir, un ingreso coactivo que no es público: la renta que el agente privado «saca» (en efecto, así se dice vulgarmente): el dinero que extrae el transmitente o cedente a modo de gravamen o arancel, que parasita la renta previa del adquirente o cesionario.Tan es así que el enfoque fiscal correcto empezó distinguiendo dos tramos en el precio: el razonable 'de mercado' y lo otro, que al principio de la estafa incluso llegó a calificarse oficialmente como donación (Disposición adicional cuarta de la Ley 8/1989, de 13 de abril, de Tasas y Precios Públicos, ya derogada: «En las transmisiones onerosas por actos 'inter vivos' [...], cuando el valor comprobado a efectos del Impuesto sobre Transmisiones Patrimoniales [valor real] exceda del consignado por las partes en el correspondiente documento [...], [el exceso] tendrá para el transmitente y para el adquirente las repercusiones tributarias de los incrementos patrimoniales derivados de transmisiones a título lucrativo».).La coactividad está en que la vivienda es un producto de primera necesidad y consumo obligatorio. El carácter no público, en que el destino del plus a pagar coactivamente no es el fisco de ninguna administración pública, sino el bolsillo del agente privado, aunque su establecimiento, gestión, recaudación, y régimen sancionador, es inviable sin la colaboración de estas.Suele creerse que el coste del suelo «es» el impuesto privado inmobiliario ('private taxation'). Pero no es así. Lo que ocurre es que el suelo es el único concepto de coste que permite crear la ilusión de que no hay estafa, sino mercado. El suelo es la única coartada.¿Qué es el impuesto privado, entonces? Ya lo hemos dicho. El impuesto privado es lo que le sobra al precio: el tique para participar obligatoriamente en el timojuego de dinero sin trabajar del Ladrillo. Para entenderlo no hay que poner el foco al principio del proceso productivo (promoción-construcción), sino al final (comercialización).«El suelo 'vale' en función de lo que se pueda sacar vendiendo el producto inmobiliario final», como dicen los promotores cuando se sinceran. Si se les regala el suelo, entonces, sencillamente, no trabajan, porque, «¿para qué trabajar si construcción y promoción son actividades industriales que no pueden dar la nota?: no vamos a poder incrementar apenas nuestro patrimonio... mejor invertir en deuda pública estadounidense».Como se dice en la calle, «el suelo vale lo que se le puede sacar al bicho por la vivienda que se construye sobre él».La cuestión ni siquiera está en de qué depende lo que se te puede sacar. Lo que se hace es simplísimo, como corresponde en toda estafa: llevar el nivel de valores de catálogo a límites absurdos para, después, ir bajando la presión (a poder ser, poco a poco), hasta que el bicho cree estar ante una oportunidad de entrar en la rueda de la estafa, y se vuelve a dejar exprimir. La lógica de mercado no es aplicable. Lo que funciona es la irracionalidad de toda estafa. No hay nada que sea ni «de 1.º de Económicas» ni «de 5.º». Todo es «de 'kie'», es decir, rudimentos del cabecilla carcelario, que obtiene poder a través del miedo y la violencia sobre el resto de reclusos.Si el bicho se revuelve, se le ahorma mediante acciones ejemplarizantes en los tres frentes cómplices: mediático, político y judicial.En suma, el suelo es el último elemento del 'patrás' de la estafa del Ladrillo. Los precios de la vivienda que tú pagas no se fijan 'palante', es decir, por el método del coste incrementado (suma de costes más los márgenes de produccción), sino 'patrás', con la estrategia de descremado mediante manipulación de valores de catálogo, tanteando «cuánto podemos sacar».Se parte, pues, de la cantidad que a extraer o extraída. Y, a continuación, para conseguir la impunidad de la estafa, se restan costes (construcción y promoción no pueden ser nada más que 'de mercado' por razones de moral y orden público), hasta situar el presunto 'problema de la vivienda' en eso que llamamos suelo (terreno edificable), es decir en la órbita de la responsabilidad de los poderes públicos competentes en materia de vivienda y urbanismo; y, así, el estafador no solo queda exculpado, sino convertido en falsa víctima... forrada.El suelo es el único concepto de coste capaz de absorber las fortunas con las que se despluman de por vida a los desgraciados jugadores de la estafa del Ladrillo: los trabajadores... y sus empleadores, que son quienes en definitiva tienen que financiar este crimen vía salarios.
José Luis Cárpatos · 2025.11.30 · Economía en K. Desde el COVID toda la ayuda solo ha ido a unos pocos. Esto puede cambiar pronto.CitarThe 'K-Shaped' Economy In One GraphTyler Durden · 2025.11.30Tuesday’s weak Consumer Confidence report was a good reminder of why some economists are calling our economy the K shaped economy.As RealInvestmentAdvice.com reports, The Conference Board Consumer Confidence Index fell 6.8 points to 88.7 in November, below expectations of 93.Moreover, it sits at levels similar to those of early 2020, when the pandemic shuttered the economy. Similarly, the University of Michigan Consumer Sentiment survey is slightly above 70-year lows.Both surveys indicate that a large majority of consumers are struggling.Within the surveys, the outlook on current jobs and job availability is low.Inflation, tariffs, politics, and the government shutdown are also weighing on the consumer and limiting big-ticket spending plans.A K shaped economy describes a post-crisis recovery where different parts of the economy and society are performing at sharply diverging rates, forming the two arms of the letter “K.”:The upper arm (going up): Sectors, companies, assets, and people that benefit from the recovery and, in many cases, are wealthier than before the pandemic. This includes investors in technology stocks, big tech companies, the luxury sectors, high-income professionals, and asset owners.The lower arm (going down): Sectors, small businesses, and people that continue to decline or stagnate even as the overall economy appears to improve. Examples include: the hospitality and travel industries, many lower-priced retail outlets, low-wage service workers, small businesses, and many middle-class and lower-income households.The graph below showing the stark divergence between the S&P 500 and the University of Michigan consumer survey best depicts the K shaped economy.You can make similar K shaped plots comparing stock markets, GDP, and megacap corporate profits versus small business closures, wage growth for low-income workers, and economic activity in the manufacturing sector.The question is - how do the jaws of that widening alligator's mouth snap shut? Sentiment surge or equity purge?Saludos.
The 'K-Shaped' Economy In One GraphTyler Durden · 2025.11.30Tuesday’s weak Consumer Confidence report was a good reminder of why some economists are calling our economy the K shaped economy.As RealInvestmentAdvice.com reports, The Conference Board Consumer Confidence Index fell 6.8 points to 88.7 in November, below expectations of 93.Moreover, it sits at levels similar to those of early 2020, when the pandemic shuttered the economy. Similarly, the University of Michigan Consumer Sentiment survey is slightly above 70-year lows.Both surveys indicate that a large majority of consumers are struggling.Within the surveys, the outlook on current jobs and job availability is low.Inflation, tariffs, politics, and the government shutdown are also weighing on the consumer and limiting big-ticket spending plans.A K shaped economy describes a post-crisis recovery where different parts of the economy and society are performing at sharply diverging rates, forming the two arms of the letter “K.”:The upper arm (going up): Sectors, companies, assets, and people that benefit from the recovery and, in many cases, are wealthier than before the pandemic. This includes investors in technology stocks, big tech companies, the luxury sectors, high-income professionals, and asset owners.The lower arm (going down): Sectors, small businesses, and people that continue to decline or stagnate even as the overall economy appears to improve. Examples include: the hospitality and travel industries, many lower-priced retail outlets, low-wage service workers, small businesses, and many middle-class and lower-income households.The graph below showing the stark divergence between the S&P 500 and the University of Michigan consumer survey best depicts the K shaped economy.You can make similar K shaped plots comparing stock markets, GDP, and megacap corporate profits versus small business closures, wage growth for low-income workers, and economic activity in the manufacturing sector.The question is - how do the jaws of that widening alligator's mouth snap shut? Sentiment surge or equity purge?
https://www.eldiario.es/cultura/debate-abundancia-debe-izquierda-atajar-problema-vivienda-ganar-elecciones_1_12803142.html
El debate de la abundancia o qué debe hacer la izquierda para atajar el problema de la vivienda y ganar eleccionesEl libro 'Abundancia' de Ezra Klein y Derek Thompson ha reabierto dilemas sobre la construcción, la regulación y las prioridades en los mensajes de los partidos progresistas que también llegan a España con 'Tres millones de viviendas' de Jorge Galindo y otrosMaría Ramírez · 2025.11.30Ilustración / Fede YankelevichEn el bizarramente cordial encuentro entre Donald Trump y Zohran Mamdani hace unos días, el presidente de Estados Unidos y el alcalde electo de Nueva York coincidieron en una prioridad para la ciudad. En medio de la escena hipnótica, era fácil no reparar en la defensa que hicieron ambos de la construcción de más viviendas y la eliminación de obstáculos en la regulación.“El presidente y yo hemos hablado de la importancia no solo de construir más viviendas, sino de asegurarse de que la regulación del sector inmobiliario sea manejable, que se pueda tramitar de verdad, y que no sea la causa de otra espera más en nuestra ciudad”, dijo Mamdani, de pie, muy tieso y con las manos entrelazadas junto a Trump, sentado y que le miraba a ratos con aire embelesado. “Una de las cosas que he descubierto hoy es que él quiere que baje el precio de la vivienda idealmente construyendo más casas”, dijo el presidente que tanto había atacado a Mamdani. “Está de acuerdo con eso y yo también. Pero si leo los periódicos, no lo veo. Hoy le he escuchado decirlo”.Ese momento abordó durante unos segundos un debate intenso en la política pública en la izquierda de Estados Unidos, que va mucho más allá de la vivienda y que se puede trasladar con matices a España y otros países europeos. No era la primera vez, pero Mamdani estaba apoyando con sus palabras en el Despacho Oval uno de los núcleos de la “agenda de la abundancia”, llamada así a partir del libro de los periodistas Ezra Klein y Derek Thompson que ha agitado al Partido Demócrata.El libro debatidoAbundancia, publicado en España por la editorial Capitán Swing, ofrece una crítica y en cierta medida una guía para los demócratas -y otros partidos progresistas- con la defensa de un Estado más eficaz, más centrado en poner recursos en la construcción y en la invención que en la regulación y la redistribución de la “escasez”. La vía para que el Partido Demócrata vuelva al poder, según ellos, es priorizar las necesidades más cercanas a la vida diaria sobre otros debates, un argumento a menudo repetido por el senador Bernie Sanders, aunque no esté de acuerdo en el cómo. La tesis principal del libro es que los demócratas deben defender un Estado fuerte, pero se deben concentrar más en que cumpla las promesas que cambian la vida de la gente y para ello apostar también por una agenda más ambiciosa y más flexible de crecimiento que ponga menos trabas para “hacer”.Abundancia tiene también algo de utopía tecnológica de un mundo de inteligencia artificial para el bien, casas sostenibles, energía limpia al 100%, cultivos verticales y carne producida en laboratorio, con una descripción que suena un poco a la novela distópica Un mundo feliz (que no lo era). El libro defiende el papel del sector público, pero también el de las empresas privadas, y critica la gestión demócrata en lugares como California, donde se ha disparado el porcentaje de las personas que duermen en la calle más que en estados mucho más pobres y con más problemas de adicción a las drogas, como Virginia Occidental, o Nueva York, con costes de construcción prohibitivos. “Décadas de ataques al Estado han convertido a los liberales en paladines automáticos del gobierno. Sin embargo, si se cree en él, hay que hacer que funcione. Y, para que funcione, hay que ver con claridad cuándo falla y por qué”, escriben los autores en Abundancia. “Esta historia debe asentarse en ladrillos, acero, paneles solares y redes de alta tensión, no solo en palabras”.La concentración de poderMamdani, del grupo socialista dentro del Partido Demócrata, es en cierto sentido una excepción en el ala más a la izquierda del partido, que critica el libro de Klein y Thompson por no insistir más en la limitación del poder de las grandes empresas y los ultrarricos. Abundancia, sin duda interesante, pero que resume ideas ya existentes, ha sido presentado como la salvación del Partido Demócrata, su perdición o el motivo de su ruptura.“Antes de que saliera el libro, me preocupaba que su argumento fuera demasiado aceptable como para generar mucho debate”, escribe Klein en un artículo para contestar a sus numerosos críticos y en el que dice que no esperaba una brecha con aire apocalíptico en el partido.Zephyr Teachout, catedrática de Derecho y ex candidata demócrata del ala izquierda del partido a gobernadora de Nueva York, contesta en una conversación con Klein, que los demócratas deben atender sobre todo al “problema de la concentración de poder y la manera en la que está haciendo imposible hacer cosas”. Otros incluso ridiculizan el libro por creer que el “gran problema” del país son los “cuellos de botella” en lugar de las grandes corporaciones. Y de ahí otra reflexión de Klein: “Los demócratas no están teniendo dificultades principalmente porque elijan mensajes equivocados. Están teniendo dificultades porque no logran resolver problemas”. También sostiene que ayuda poco dividir todas las esferas de la sociedad en buenos y malos, entre otras cosas porque en la práctica la división nunca es tan fácil de identificar: “Se pierde mucho cuando reduces los intereses complejos de la política a un simple juego de moralidad. A menudo, hay empresas en bandos diferentes del mismo asunto. A menudo, hay sindicatos en bandos diferentes del mismo asunto”.El puzzle de la viviendaBuena parte de Abundancia se centra en el problema de la escasez y el precio de la vivienda en las grandes ciudades. Klein insiste en que no hay nada más progresista que intentar resolver el puzzle con todas las opciones disponibles: “Si quieres ayudar a la clase trabajadora, el lugar para empezar es la vivienda. ¿Puedes arreglar el mercado inmobiliario debilitando el poder de las empresas?”En España, el libro publicado este otoño que explora este debate en profundidad es Tres millones de viviendas de Jorge Galindo, politólogo y director adjunto del Centro de Políticas Económicas de Esade. El libro también describe cómo el marco de prohibiciones por defecto, la pasividad a la hora de construir viviendas sociales y el miedo a los fantasmas de la burbuja provocada por el exceso de crédito en la década pasada han impedido mensajes políticos y acciones más contundentes.Ahora, según explica a elDiario.es, en España se construye lento y caro, incluso cuando interviene el Estado con recursos, y pone como ejemplo la Operación Campamento, en Madrid, y otros proyectos urbanísticos en antiguos terrenos militares donde la construcción está siendo “extremadamente dificultosa” en muchas ciudades.Galindo cree que el debate etiquetado como “abundancia” lleva al menos desde 2019, pero que ahora está madurando por las condiciones políticas y económicas. “Es un giro que se ha ido consolidando en una izquierda que estaba demasiado preocupada por la redistribución y demasiado poco por agrandar la tarta, demasiado preocupada por protegernos contra riesgos, y demasiado poco por lo que nos estábamos perdiendo cuando no nos protegíamos contra riesgos”, explica. “En un contexto inflacionario, se vuelve más visible la importancia de focalizarnos en el crecimiento”.Aidan Regan, catedrático de Economía Política de la Universidad de Dublín y autor de una investigación académica sobre políticas progresistas para la vivienda, también dice a elDiario.es que los partidos progresistas se deben centrar en la vivienda tirando de todos los resortes, aunque sin perder de vista que no solo basta con construir más, sino cómo y dónde hacerlo dentro de un programa claro de construcción de vivienda social.Por ejemplo, el Partido Laborista en el Reino Unido ha apostado por la construcción de nuevas viviendas e incluso nuevas ciudades, pero su éxito depende en gran medida de mano de obra y materiales de construcción que escasean en el país del Brexit. Además, Regan ve un problema en la manera demasiado “financiera” con la que se sigue abordando el asunto.“En el Reino Unido y, en cierta medida, en Irlanda, nadie quiere decir públicamente que quiere que bajen los precios de los alquileres y los costes de la vivienda”, explica Regan. “Porque si dicen eso, están cuestionando todo el modelo financiero sobre el que se construye la vivienda en estos países, que se basa en el supuesto de que los precios suben y se solicita un préstamo asumiendo un aumento del valor. Cualquier modelo que presione los precios a la baja tendrá que enfrentarse al sector bancario y financiero”, explica. “Al menos en el mundo angloparlante, los progresistas no quieren afrontar la realidad de que el sistema económico tiene que cambiar para que la vivienda sea asequible”.A la vez, sí cree que parte de la solución es construir más y que los miedos a la burbuja inmobiliaria de hace 15 años en España y en Irlanda no deben parar los planes ahora. Regan cuenta que va a menudo a Zaragoza y Tarragona y cree que España está en mejor posición que Irlanda o el Reino Unido para construir porque tiene un sector de la construcción “sólido y muy desarrollado”. “Francamente, delegaría y con gusto la construcción de viviendas irlandesas a constructoras e ingenieros españoles, porque España no solo es buena construyendo, sino que construye con alta calidad y de forma muy estética”, dice. “Es un gran error que los partidos de izquierda en España, ya sea a nivel local, regional o nacional, se opongan a la agenda de construir más viviendas. Eso es un favor a la derecha”, explica el profesor Regan. “Pero al mismo tiempo, también es muy importante que construyamos el tipo de vivienda adecuada: viviendas de alta densidad, asequibles, con servicios y conectadas al transporte público. Entiendo por qué no se quiere volver a un modelo como el que se dio en España y en Irlanda, donde se construyeron casas en medio de la nada, donde nadie iba a vivir, y se terminó con esos activos abandonados y la burbuja de la construcción”.También insiste en que la inmigración ha cambiado la demanda desde entonces. “Gran parte del crecimiento poblacional en España, Irlanda y el Reino Unido se debe a la inmigración”, dice. “El centroizquierda debe centrarse en la capacidad del Estado para lograr resultados y reducir el coste de la vida. Un elemento clave debe ser la vivienda”.Los 'nimbis'Uno de los obstáculos para la construcción viene de los llamados nimbis, del acrónimo en inglés de Not in My Backyard (NIMBY), “no en mi patio trasero”, un movimiento que empezó en Estados Unidos a finales de los años 70 contra la construcción de plantas nucleares o centros de desechos cerca de núcleos de población y evolucionó en la década siguiente hacia la resistencia a la construcción de viviendas de protección oficial, cárceles y hasta residencias para personas con discapacidad. Ahora se identifica con la resistencia de vecinos a cualquier construcción que pueda poner en riesgo el entorno natural. Si bien uno de los ejes de Abundancia es cómo acelerar la transición hacia energías y una vida menos contaminante, otra de las grandes críticas al libro viene de ecologistas y defensores del decrecimiento como única opción. Pero, incluso sin apostar por el decrecimiento, cabe recordar que las regulaciones nacieron para corregir los excesos del boom y la construcción del siglo pasado, que trajeron bienestar material, pero también contaminación, productos químicos peligrosos y riesgos para la salud hasta la ola de leyes que arrancó en los años 70.Regan entiende por eso a la resistencia de la llamada agenda de la abundancia: “Es un mensaje simple. Y quizá eso sea lo que necesita la izquierda. Pero también corre el riesgo de pasar por alto cuestiones muy importantes en torno a la regulación ambiental en términos de planificación y regulación”, explica. “La pregunta realmente es: ¿podemos ser más como China y lograr resultados con rapidez, escala y a menor costo sin socavar los principios fundamentales de una democracia liberal, es decir que los procesos son importantes porque no queremos construir casas baratas que se desmoronen y generen problemas de salud, seguridad y regulación?”La lucha para preservar los recursos naturales y la calidad de vida fue uno de los puntos que crearon divergencia respecto a la idea original de Karl Marx y la visión tradicionalmente positiva del crecimiento y la tecnología de parte de la izquierda.“La abundancia supone un retorno a una tradición más antigua del pensamiento izquierdista”, escriben Klein y Thompson en su libro, recordando que Karl Marx y Friedrich Engels reconocían que “el capitalismo era superior a su predecesor, el feudalismo, en la producción de bienes y riqueza” y “no querían poner fin a esa revolución productiva”, sino que “querían acelerarla”. Una de las inspiraciones de Abundancia es Comunismo de lujo completamente automatizado, donde el pensador Aaron Bastani retoma la idea de un mundo más igualitario y a la vez liberado del trabajo, sostenible y con acceso a todos los servicios gracias a la tecnología. ¿El partido ideal?Uno de los aspectos del debate es si la gran corriente política emergente es un nuevo partido centrado en el coste de la vida y menos ligado a las divisiones tradicionales de izquierda y derecha sobre el papel del Estado o los impuestos.Una encuesta en Estados Unidos de Strength In Numbers del periodista de datos Elliott Morris es reveladora: pidiendo a los votantes que describan en sus propias palabras las ideas de su partido ideal, el “partido” que más adeptos tiene es el centrado en el coste de la vida, el bienestar general y no “ideológico” (el 38%), por delante del que describen como de izquierda o de derecha (ambos el 26%). Esto tampoco equivale a buscar “el centro”: mirando datos de Estados Unidos, que en niveles de polarización emocional es muy similar a España, los identificados como “moderados” son una minoría. Morris sostiene que las elecciones ya no se ganan en el centro, apelando a esos votantes menos partidistas y dispuestos a cambiar de voto, pero tampoco vale con movilizar a la minoría más convencida. Él sugiere concentrarse de manera intensa en los problemas concretos y locales, y que eso puede ser una respuesta al mensaje más destructivo, anti-establishment que ha ayudado a políticos como Trump. Los mensajes sobre el peligro para las libertades parecen tener un recorrido más limitado.“El mensaje centrado en la democracia, aunque importante, es más difícil”, explica a elDiario.es Dorothee Bohle, catedrática de Ciencia Política en la Universidad de Viena y autora de un estudio sobre políticas de la derecha radical y la vivienda en Europa. “Las democracias liberales actuales parecen haber decepcionado mucho a los ciudadanos, la confianza en la democracia es bastante baja y a la gente que vota por los partidos de la derecha radical, aunque valoran la democracia, no se la convence fácilmente con que la democracia está en juego”.Pero disputa que se pueda separar la agenda a favor del bienestar de los ejes ideológicos tradicionales: “Para mí, la cuestión de la asequibilidad es un asunto genuinamente de izquierdas”, dice Bohle. “El asunto pueden llevarlo partidos nuevos o más pequeños en la izquierda, ya que muchos partidos de izquierda tradicional no tienen un historial convincente en atajar el asunto... Pero es difícil ver cómo puedes hacer campaña sobre esto sin afrontar los asuntos de la redistribución y la reducción del peso del sector financiero”.La teoría de Abundancia es que la ineficacia del Estado para mejorar la vida diaria es lo que allana el camino para el ascenso de populistas que prometen respuestas simples o incluso arrasar un sistema que los ciudadanos sienten no cumple con sus expectativas y que no merece mantenerse. Una pregunta para el debate es si puede haber ahora más espacio para un líder autoritario que tenga un programa eficaz para resolver problemas cotidianos: es más fácil construir viviendas o carreteras si hay menos protecciones medioambientales y laborales o si hay menos libertades para oponerse a proyectos o a cuestionar la autoridad, como bien atestigua China. Si se olvidan los debates sobre derechos, igualdad y democracia ese líder autoritario tendrá incluso más fácil gobernar sin resistencia popular masiva.Pero las voces expertas consultadas en este artículo creen que, en la práctica, ese no es el principal riesgo, al menos en Europa.“Si la abundancia es tu única brújula puedes acabar en la falacia autoritaria”, explica Galindo. “Pero el pluralismo asociado, incluso en el debate de las ideas y conciencias, correctamente entendido es el camino hacia la abundancia”.Regan, el profesor de Dublín, también dice que el mayor riesgo en Occidente “no es tanto que los autoritarios se apoderen de este asunto y socaven la democracia para conseguir resultados y un Estado empresarial estilo trumpiano”, sino que a medida que la vivienda es cada vez más inasequible, los ciudadanos se sienten “más inseguros, hartos y enojados” y apoyen a populistas sin soluciones.La cuestión es qué pasa después: “No estoy segura sobre si esto va de democracia o autocracia, pero ciertamente cualquier partido de la derecha radical populista puede hacer campaña sobre la asequibilidad apuntando al exceso de regulación o corrupción”, dice Dorothee Bohle, de la Universidad de Viena. “Pero, ¿cumplirán? No creo que tengamos ningún ejemplo de esto en Europa”.
The Banished Bottom of the Housing MarketHow America Destroyed Its Cheapest HomesRyan Puzycki · 2025.11.14Today, a young man down on his luck in a new city is more likely to land in jail or on the street than on his feet. Fifty years ago, he had another option. A place to wash up, get a hot meal, meet other young men—even start over. All he had to do was put his pride on the shelf and get himself to—well, you can spell it out: the YMCA.The Village People’s 1978 disco hit celebrated one of the less-remembered services offered by the YMCA. From the 1860s, the YMCA began building single-room occupancy (SRO) units “to give young men moving from rural areas safe and affordable lodging in the city.” At its peak in 1940, the YMCA had more than 100,000 rooms—“more than any hotel chain at the time.” The Y wasn’t the only provider of such housing; indeed, there was a vibrant market for hotel living that existed well into the twentieth century.Variously and derogatively known by many names—rooming houses, lodging houses, flophouses—SROs provided affordable, market-rate housing to those at the bottom of the socioeconomic ladder. SROs were the cheapest form of residential hotels, specializing in furnished single rooms for individuals, usually with shared kitchens and bathrooms. A typical SRO rent in 1924 was $230 per month—in today’s dollars.1As late as 1990, as many as two million people lived in residential hotels—more than lived “in all of America’s public housing”—according to Paul Groth, author of Living Downtown.2 Today, not so much. SROs like those offered by the YMCA were the safety net that kept many people off the streets—and their disappearance from the housing supply explains much of modern-day homelessness. What we destroyed wasn’t just a housing type but an entire urban ecosystem: one that provided flexibility, independence, and affordability at scale.As with so much of our urban history, this destruction was by design.From the mid-1800s to the early 1900s, hotel living was a normal way of life for people of all socioeconomic backgrounds. As hotelkeeper Simeon Ford colorfully put it in 1903, “We have fine hotels for fine people, good hotels for good people, plain hotels for plain people, and some bum hotels for bums.” SROs, the “bum hotels,” were the backbone of affordable housing, serving “a great army” of low-paid but skilled workers. Clustered in lively downtown districts with restaurants and services that acted as extensions of the home, SROs offered liberation from family supervision and the constraints of Victorian mores. Rooming house districts let young people mix freely and even allowed same-sex couples to live discreetly—signs of a more secular, modern urban culture. Downtown hotel life, Groth notes, “had the promise to be not just urban but urbane.”And therein lay the problem: the urbanity of SROs collided head-on with the moralism of the Progressive Era.Reformers drew on a long tradition of anti-urban bias, seeing the emergent twentieth-century city as a problem, with cheap hotels at its heart. They pathologized hotel dwellers as “friendless, isolated, needy, and disabled” and cast SROs as “caldrons of social and cultural evil.” Some of the cheapest hotels were unsafe and exploitative, but reformers cared less about improving conditions than about what the hotels symbolized. They blamed rooming houses for loneliness, sexual licentiousness, civic apathy—even suicide. To them, the presence of “social misfits” proved that hotels caused moral disorder. In reality, people lived in SROs because they were cheap and offered greater independence—especially for career-oriented young women. Firm in their belief in the “One Best Way to live,” the reformers exalted the single-family home as the “bulwark of good citizenship” and succeeded in stigmatizing hotel life.By the turn of the century, they set their sights on changing the law.Beginning in the late 19th century, reformers used building and health codes to erase what they saw as “aberrant social lives.” San Francisco’s early building ordinances targeted Chinese lodging houses, while later codes outlawed cheap wooden hotels altogether. By the early 1900s, cities and states were classifying lodging houses as public nuisances. Other laws increased building standards and mandated plumbing fixtures, raising costs and slowing new construction. Urban reformers next embraced exclusionary zoning to separate undesirable people and noxious uses from residential areas. SROs were deemed inappropriate in residential zones, and many codes banned the mixed-use districts that sustained them. In cities like San Francisco, zoning was used to erect a “cordon sanitaire” around the prewar city “to keep old city ideas from contaminating the new.”The cordon sanitaire “protecting” single-family homes (Source: Living Downtown)Residential hotels, like apartments, were swept into the same category of “mere parasitic” uses that Euclid v. Ambler—the 1926 case that upheld zoning—treated as potential health hazards. Redlining and federal loan criteria starved urban hotels of capital, while planners simply omitted them from surveys and censuses—as if their residents didn’t exist. By the urban renewal era, the existence of the old city was itself seen as an affront, and it, too, had to be destroyed.In effect, SROs became a “deliberate casualty” of the new city.Economic and policy shifts hastened their decline. Industrial jobs moved to peripheral locations only accessible by car, urban highway expansion targeted lodging-house neighborhoods, and cities encouraged office development on increasingly valuable downtown land. The “moral blight” of hotel districts had increasingly become economic blight, necessitating renewal. And because SROs didn’t count as “permanent housing” in official statistics, clearance programs could claim to displace no one. San Francisco’s urban renewal experience was typical: redevelopment in and around the Yerba Buena/Moscone Center area ultimately eliminated an estimated 40,000 hotel rooms. The public housing that replaced hotel districts—if it was built at all—often failed to accommodate single adults. To bureaucrats, the bulldozer was salubrious, “eliminating dead tissue” and “clearing away the mistakes of the past.” To the people who lived there, it wiped out their last foothold in the housing market.In San Francisco, a blighted SRO neighborhood, and what was to replace it (Source: Living Downtown)By the mid-twentieth century, “millions” of SRO hotel rooms disappeared through closures, conversions, and demolition across major cities, and the modest hotel market that remained was shrinking fast. With almost no new SROs built since the 1930s, the remaining stock was vanishing by the thousands in the 1970s. New York City had 200,000 SROs when it banned new hotel construction in 1955; only 30,000 remained by 2014. As tenants changed and land values climbed, owners who once fought to save their lodging houses now wanted out; it was officials who suddenly wanted to preserve them. Tenant movements and new government programs emerged in the 1970s and ’80s, but Reagan-era cuts gutted funding, and many remaining hotels decayed into the “street hotels” opponents had long imagined: unsanitary, unsafe, and unfit for all but the city’s most desperate residents.At the same time, demand for SRO housing was rising sharply. In the 1970s, states emptied mental hospitals without funding alternatives, pushing thousands of people with serious needs into cheap downtown hotels unequipped to support them. What was left of the SRO system became America’s accidental asylum network—the last rung of shelter for those the state had abandoned.Thousands of people were barely hanging on, and a full-blown homelessness crisis had emerged in American cities for the first time since the Great Depression.The SRO crisis was no accident, Groth argues, but the result of government policy at all levels that picked winners and losers in the housing market. The people we now call “chronically homeless” were once simply low-income tenants, housed by the private market in cheap rooms rather than by public programs. Once that market was dismantled, the result was predictable: the homelessness wave of the late 1970s and 1980s followed directly from the destruction of SROs. Today’s crisis—nearly 800,000 unhoused people in 2024—is the long tail of that loss, compounded by decades of underbuilding in expensive cities and soaring rents. As one advocate put it, “The people you see sleeping under bridges used to be valued members of the housing market. They aren’t anymore.”As Alex Horowitz of The Pew Charitable Trusts writes, if SROs had “grown since 1960 at about the same rate as the rest of the U.S. housing stock, the nation would have roughly 2.5 million more such units”—more than three times the number of homeless individuals. While we can’t rebuild the old SRO market we destroyed, cities now face a new opportunity: a vast surplus of obsolete office space that could be converted into inexpensive rooms.Horowitz argues cities should make shared housing—“co-living,” in today’s parlance—legal again. Office vacancies are soaring at the same time deeply affordable housing is vanishing. Horowitz and the architecture firm Gensler modeled what cities could actually build. Their analysis suggests that a vacant office tower could be converted into deeply affordable rooms for half the per-unit cost of new studio apartments. A typical 120–220 square foot unit with shared kitchens and bathrooms could rent to people earning 30–50% of area median income. Urban development has become so expensive that such conversions are likely to only be feasible if subsidized, but Horowitz argues that conversions offer a better way to leverage scarce public dollars: for instance, a $10 million budget might produce 125 co-living rooms instead of 35 studios, providing a way to scale deeply affordable housing much more quickly.It’s a great idea—but in many cities, it’s illegal.While several cities have made efforts to undo SRO prohibitions, in many American metropolises, restrictions abound—from zoning that bans shared housing or residential uses in office districts to minimum-unit-size rules that outlaw SRO-scale rooms. Building codes with strict egress and corridor rules and ventilation requirements make conversions technically infeasible, while parking mandates add unnecessary costs. Meanwhile, “unrelated occupancy” limits prohibit the very household types SROs serve.None of these barriers is structural; every one is a policy choice.We talk endlessly about the “missing middle.” But the real catastrophe was the “banished bottom”—the deliberate destruction of the cheapest rung of the housing ladder. Re-legalizing SROs won’t instantly restore a once deeply affordable housing market that provided housing at scale, but it would at least make it possible for cities to create a much cheaper form of housing that could benefit some of the 11 million extremely low-income renter households and the 800,000 homeless people in America. No city will meaningfully address the need for deeply affordable housing until it restores this missing rung—and accepts that not everyone needs a full apartment to have a full life. Surely, an SRO is better than a sidewalk.Incidentally, while the YMCA is generally not in the SRO business anymore, its Austin branch is redeveloping itself as a mixed-use center with 90 deeply discounted affordable units for families. It’s a worthy project—but it highlights the gap: more than 80% of Austin’s homeless residents are single adults, the very group the Y once housed. We used to have a place they could go—but what happened to that?The Y is as much a question as an answer._____1 Cited in Pew: https://www.pew.org/en/research-and-analysis/issue-briefs/2025/07/how-states-and-cities-decimated-americans-lowest-cost-housing-option2 Quotations pulled from Living Downtown: The History of Residential Hotels in the United States by Paul Groth.
China desafía al dólar en África: Algunos países negocian pagar su deuda en yuanesCarlos Lopez · 2025.11.24¿Y si parte de la deuda externa se pudiera pagar en yuanes, en lugar de dólares? Parece una pregunta técnica, pero en realidad podría redefinir las reglas del juego económico global. Y eso es justo lo que ha comenzado a explorar Etiopía, que ha iniciado conversaciones con China para convertir parte de su deuda —más de 5.000 millones de dólares— a préstamos denominados en yuanes.Este movimiento no es casual ni aislado. Sigue los pasos de Kenia, otro país africano que ya ha dado el salto hacia el yuan, y se alinea con una estrategia clara de Pekín: convertir al yuan en una moneda internacional de peso, rivalizando con el dólar y el euro.¿Qué está haciendo exactamente Etiopía?En octubre, durante las reuniones anuales del Fondo Monetario Internacional (FMI) en Washington, Eyob Tekalign, gobernador del banco central de Etiopía, confirmó que había iniciado conversaciones en Pekín con el Banco de Exportación e Importación de China (Exim Bank) y el Banco Popular de China. El objetivo es negociar un swap de divisas o un refinanciamiento parcial de su deuda en yuanes.Etiopía debe a China aproximadamente 5.380 millones de dólares, una cifra que representa un peso considerable para un país que ha enfrentado conflictos armados, crisis humanitarias y una elevada inflación en los últimos años. Pasar parte de esta deuda al yuan podría aliviar la presión sobre sus reservas en dólares, facilitar los pagos y reforzar su relación económica con Pekín.¿Por qué pagar en yuanes y no en dólares?Tradicionalmente, el dólar estadounidense ha sido la moneda reina en el comercio y las finanzas internacionales. Pero en los últimos años, China ha intensificado sus esfuerzos por impulsar el uso del yuan en los mercados globales, sobre todo entre países con los que mantiene fuertes lazos comerciales o financieros.Pagar en yuanes puede ofrecer ventajas para países como Etiopía:Reduce la exposición al tipo de cambio del dólar, que puede ser volátil y encarecer el servicio de la deuda.Fortalece la cooperación con China, principal socio comercial e inversor en infraestructuras clave del país africano.Permite acceder a condiciones más favorables, como tipos de interés más bajos o periodos de gracia más amplios.Y para China, esta jugada refuerza su ambición de posicionar el yuan como moneda de referencia global, especialmente en el llamado “Sur Global”.China y África: una relación cada vez más en yuanesLa presencia de China en África ha crecido de forma exponencial en las últimas dos décadas. Desde la construcción de puentes y carreteras hasta la financiación de trenes y presas, Pekín ha canalizado miles de millones de dólares en inversiones y préstamos a países africanos. Y ahora, muchos de estos países buscan formas más flexibles de gestionar esa deuda.Kenia, por ejemplo, ya firmó un acuerdo con China para realizar intercambios comerciales y pagos de deuda en yuanes. Nigeria, Sudáfrica y Ghana también han explorado opciones similares. Y el interés de Etiopía no hace más que confirmar esta tendencia hacia una “yuanización” parcial de las finanzas africanas.¿Estamos ante el principio del fin del dominio del dólar?Aunque es pronto para hacer sonar las alarmas en Washington, no se puede ignorar el simbolismo. Cada vez que un país opta por el yuan en lugar del dólar, China gana terreno en la batalla monetaria global.Según datos del SWIFT, el sistema de pagos internacional, el yuan representa todavía menos del 4% de las transacciones globales, frente al más del 40% del dólar. Pero el ritmo de crecimiento es constante, especialmente en regiones donde la influencia económica de China es mayor.Para países con economías emergentes, esta diversificación monetaria puede ser una vía para reducir su dependencia del dólar y mejorar su margen de maniobra financiera.
[...]No sólo por este ejemplo sino por todos los que ponen en los post anteriores, parecería que primero han obtenido la imagen y luego han hecho el promt.